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Por Rafael Augusto López

Hoy hace 40 años por Rafael Augusto López



Hoy hace 40 años por Rafael Augusto López

Mi padre decía: el matrimonio es tan mágico, fascinante, atractivo, contagioso, pero también diabólico, que el que está afuera quiere entrar y algunos de los que están adentro quieren salir. Desde que somos niños comenzamos a ser bombardeados acerca de lo que es el matrimonio, sobre todo en función de los intereses religiosos de los padres, de otros familiares, vecinos y hasta de los maestros.

Entonces, se nos enseña que el matrimonio es entre una mujer y un hombre, que debe ser para toda la vida, que hay que casarse por civil y por la Iglesia, que es un pecado divorciarse.

Coincido con quienes piensan que el matrimonio es una lotería, son múltiples los factores que inciden en que la relación sea exitosa o, por el contrario, un fracaso. Desafortunadamente, cuando estamos enamorados (independientemente de la edad o del sexo) todo lo que hacemos o lo que hace nuestra pareja nos parece bien, y no es para menos, pues lo que se persigue es convencer al otro o a la otra de que somos quien le conviene y le garantiza el futuro y la felicidad que persigue.

Son muchas las personas que han confundido gustar con amar, y al contraer matrimonio piensan que la otra persona ha perdido su libertad y por lo tanto no puede hacer nada que no sea lo que él o ella le autorice. Allí comienzan los inconvenientes.

La verdad es que el matrimonio es una sociedad en la que dos personas deciden unirse en función de un objetivo: formar una familia con o sin hijos, con múltiples propósitos, desde amatorios, económicos, de protección, hasta de educación.

Cuando alguno de estos propósitos por alguna razón falla se produce la debacle. Por eso, como toda sociedad, esta del matrimonio tiene que ser voluntaria desde sus inicios hasta el final.

En Venezuela, y es posible que, en otros países, muchas veces se inculca que tener novio o novia es la antesala del matrimonio. Si este se consuma, pero por la razón que sea se acaba la sociedad, entonces la pareja que durante determinado tiempo se amó o se gustó, tiene que acabar siendo enemigos uno del otro, y hay que dejarlo en la calle, es decir, hay que quitarle todos los bienes. Pregunto ¿acaso no se trata de una sociedad? donde cada uno de los socios dio un aporte inicial y, luego si hay ganancias lo lógico es que se dividan en partes iguales.

Cuando ejercía la docencia, en bachillerato tenía a mi cargo una asignatura que se llamaba Guiatura y se orientaba al alumnado sobre el noviazgo, la educación sexual, el matrimonio y sobre todo el respeto que debía tenerse por la pareja. Lamentablemente, al parecer eso ha desaparecido y todo ha quedado en manos de los padres, que muchas veces no se ocupan de orientar a los hijos y al final, la orientación que reciben es por los amigos o amigas y ahora en las redes sociales.

Los que hemos tenido experiencias matrimoniales buenas, regulares o malas debemos comentarlas para que cada quien tenga un espejo donde mirarse.

Mi primera experiencia, siendo menor de edad, fue tan terrible como fugaz, apenas y afortunadamente duró 90 días (3 meses) por lo tanto, nada resaltante para comentar y ya falleció.

La segunda, tengo que confesar que fue excelente, procreamos dos hijos: Rafael Augusto y Nancy Andreína, pero mi conducta exageradamente mujeriego y parrandero, me impidieron valorar y mantener a una gran esposa, por lo que la sociedad apenas duró 12 años.

El 16 de mayo de 1986, exactamente hoy hace 40 años, iniciaba mi tercera experiencia matrimonial, unos la consideraban contra natura, otros estaban asombrados, y hubo quienes se atrevieron a pronosticar que ese matrimonio no duraría ni un año. Y tenían razón, por mis antecedentes y sobre todo porque Nancy tenía 19 años y yo tenía 39 años, una importante diferencia de 20 años. Por supuesto, que hoy cuando cumplimos 40 años de matrimonio, tengo que confesar que no solo su hermosura, también, su carácter, sus principios morales y el amor que me profesa, han sido determinantes para llegar a donde nadie pensaba. El primer sorprendido soy yo, porque a pesar de las anteriores experiencias seguí comportándome de la misma manera, y a pesar de la diferencia de edad, ella demostró una madurez única, que me convenció que, o cambiaba o me quedaría sin nada, incluida mi hija Carla Alexandra. Por supuesto, que en estos 40 años hemos tenido crisis, algunas bien fuertes, pero, siempre con respeto. Hoy tengo que reconocerle y agradecerle a mi amada esposa todo el esfuerzo y empeño que puso para que hoy podamos decir: logrado. Tanto, como haber hecho lo imposible para que la relación se mantenga. Tengo que agradecerle a mi amada esposa Nancy Marquina que, una vez me diagnosticaron el cáncer, se dedicó con alma, vida y corazón las 24 horas del día a atenderme hasta lograr mi curación, más amor imposible. Cada día te amo más.

rafael.tuto@gmail.com