Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 01:26 am

Inicio

Opinión



Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Por Bernardo Moncada Cárdenas,Odio a la arquitectura del amor por Bernardo Moncada Cárdenas
Por Bernardo Moncada Cárdenas

Sueltos de un peregrino

Odio a la arquitectura del amor por Bernardo Moncada Cárdenas



Sueltos de un peregrino

Odio a la arquitectura del amor por Bernardo Moncada Cárdenas

Una iglesia no es solo piedra y mortero. Para millones de personas, es un lugar donde el mundo se aquieta, donde la vida encuentra sentido, donde el dolor puede respirarse de otra manera. Es, en cierto modo, arquitectura del amor: un espacio construido para la paz. Sin embargo, en los últimos años, ese lenguaje silencioso ha sido atacado con fuego, violencia y resentimiento. Desde Canadá hasta África, pasando por Europa y Tierra Santa, las llamas están dejando cicatrices profundas en el paisaje espiritual del mundo.

En Canadá, el punto de quiebre llegó en 2021. El hallazgo de supuestas tumbas no identificadas en antiguos internados aborígenes —muchos vinculados a la Iglesia Católica— desató una reacción cargada de dolor, pero también de ira. En pocas semanas, decenas de templos fueron incendiados o vandalizados, varios de ellos en territorios indígenas. Solo en un día de julio, en Calgary, al menos diez iglesias sufrieron ataques. Líderes nativos denunciaron estos hechos, recordando que el odio no puede ser camino de justicia. Aun así, el daño ya estaba hecho: comunidades enteras perdieron espacios que también eran parte de su vida espiritual.

Con el tiempo, la narrativa inicial empezó a resquebrajarse. Investigaciones más rigurosas, incluidas excavaciones en lugares señalados como “fosas comunes”, no han confirmado la presencia de restos humanos en varios casos. Pero el impacto de aquella primera versión fue inmediato y devastador. El fuego no esperó a la evidencia.

En Europa, la situación tiene otros matices, pero no es menos preocupante. Francia, en particular, registra un número constante de ataques a iglesias: incendios, vandalismo, profanaciones. Algunos casos son accidentales, otros parecen actos aislados, pero el trasfondo sugiere un clima creciente de hostilidad hacia los símbolos cristianos. A esto se suman expresiones más radicales: grupos anticlericales, tensiones políticas y hasta intentos de provocar conflictos religiosos. No es casual que los servicios de inteligencia hayan advertido sobre planeados ataques a catedrales emblemáticas.

Más al sur, en África, la violencia es directa y brutal. En países como Nigeria o Burkina Faso, atacar iglesias no es un gesto simbólico, sino una estrategia deliberada de persecución religiosa. Grupos extremistas han convertido celebraciones como Navidad o Domingo de Ramos en escenarios de terror. Allí, la arquitectura del amor no solo arde: también se llena de sangre.

En Tierra Santa, el drama adquiere otra dimensión. Iglesias históricas han sido dañadas en medio de conflictos armados, como ocurrió en Gaza. En ese contexto, los templos quedan atrapados entre fuerzas que los superan: guerras territoriales, tensiones religiosas, intereses políticos. Las comunidades cristianas —entre las más antiguas del mundo— viven con la fragilidad de saber que sus lugares sagrados pueden desaparecer en cualquier momento.

Lo que une todos estos escenarios es algo inquietante: la pérdida del respeto por el espacio sagrado como patrimonio, amén de lugar de encuentro y de paz. Ya sea por desinformación, ideología, radicalización o guerra, se está erosionando una frontera cultural que durante siglos protegió estos espacios.

También hay que mirar cómo se cuenta esta historia. El tratamiento mediático suele ser desigual. Cuando surge una acusación impactante, la difusión es inmediata y masiva. Pero cuando aparecen matices o desmentidos, el interés disminuye. En Canadá, por ejemplo, la idea de las “fosas comunes” se instaló con rapidez, pero los desmentidos posteriores no recibieron la misma atención. Eso deja una sensación de culpa permanente que, para algunos, parece justificar la violencia.

En Europa, muchos ataques son presentados como incidentes aislados o problemas individuales. En África, la persecución sistemática a cristianos a veces se describe con cautela, como si nombrarla con claridad pudiera resultar incómodo. El resultado es un relato fragmentado que no siempre refleja la gravedad del fenómeno en su conjunto.

Mientras tanto, los templos siguen cayendo. Y con ellos, no solo se pierde patrimonio arquitectónico, sino algo más difícil de reconstruir: la idea de que existen lugares destinados al encuentro, al perdón, a la reconciliación.

Una mentira puede dar la vuelta al mundo antes de que la verdad tenga tiempo de ponerse las botas”. En tiempos de información acelerada, esta frase resuena con fuerza. Porque cuando el error o la manipulación se combinan con el prejuicio y el resentimiento, el resultado puede ser devastador.

Hoy, la arquitectura del amor está siendo puesta a prueba. No solo por quienes la atacan, sino también por la forma en que no la comprendemos, la defendemos —o la dejamos arder.