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Por Ricardo Gil Otaiza

Hotel de paso por Ricardo Gil Otaiza



Hotel de paso por Ricardo Gil Otaiza

“La vida es como un árbol frondoso
que con solo sacudirlo deja caer
los asuntos a montones; pero uno puede
apenas recoger y convertir en arte
unos cuantos, los que verdaderamente
lo conmueven.”

Augusto Monterroso
La vaca


La enseñanza es un arte que muchos disfrutan (yo entre ellos), pero enseñar aquello que todavía nos toca aprender es una osadía mayúscula, y esto a propósito de las clases de literatura (cuento y ensayo) que me propusieron dictar hace ya muchos años (finales del siglo pasado), en una céntrica biblioteca de una institución pública, y sin más credenciales que tener en mi haber unos cuantos libros publicados (en aquel entonces no más de cuatro), acepté, y me veo entonces documentándome, buscando material para fotocopiar y entregar a los alumnos, con la tensión propia de quien hacía frente a un grupo diverso, cuyos miembros indagaban acerca de lo humano y lo divino y me interpelaban en mi propia experiencia literaria, como parte y todo de un nutrido palco: expectante, crédulo e incrédulo, malicioso y también ansioso por aprender.

Como en aquel entonces era profesor universitario activo a dedicación exclusiva, con un férreo horario que cumplir, solo disponía de mis horas de descanso para acometer el compromiso con la palabra escrita, lo que se traducía, como cabría de esperarse, el tener que echar mano de mis horas nocturnas, cuando ya el cansancio del día pesaba sobre mí como una enorme piedra y, así y todo, debía presentarme ante el grupo heterogéneo (gente muy joven, pero también señores y señoras que podrían tener la edad de mis padres) con mi cara bien lavada y fresca como si acabara de levantarme, y con la mente despejada y lúcida para enfrentar las constantes embestidas sapienciales, que me hacían ver como a un tímido reo en el banquillo de los acusados.

Aquella tarde estaba inquieto, no había podido prepararme con la detención acostumbrada, y ya casi tenía encima la hora de inicio de la jornada (7:00 pm), así que decidí ir a la biblioteca a la buena de Dios: confiado en que todo saldría bien, que mi experiencia docente me permitiría zanjar con dignidad las expectativas de aquella noche, en la que estudiaríamos el cuento breve, subgénero nada fácil, como muchos supondrán erróneamente, porque requiere de una concreción y perfección rayanas en lo divino para alcanzarlo, y en este campo hay verdaderos maestros en América Latina que intimidan: Augusto Monterroso, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Salvador Garmendia, Álvaro Mutis, Julio Garmendia, Arturo Uslar Pietri, Denzil Romero y Horacio Quiroga, entre muchos otros.

Al llegar a la biblioteca me sentía aterrado e inseguro, pero lógicamente hacía un enorme esfuerzo para disimularlo y que no lo advirtieran (no le daba la mano a nadie para que no se notara que la tenía helada), porque no hay nada peor que un profesor que no esté a la altura de las circunstancias: se lo comen vivo sus alumnos, y eso no me pasaría por nada de esta vida, así que respiré hondo, di las buenas noches a todos con voz potente, anuncié la temática de la jornada y me paré cerca de una ventana panorámica que daba a una avenida marginal, en cuyos costados había unos cuantos hoteles de paso a los que iban las parejas furtivas a desahogar sus urgencias y apetitos sexuales.

De inmediato, y como ráfaga destellante, aquella imagen me llamó poderosamente la atención y, para mi suerte (el universo conspira a nuestro favor), en ese preciso instante se asomó una pareja a través de la ventana de uno de los hotelitos del frente, y como quien sacude el árbol frondoso del que nos habla Monterroso en el epígrafe, el asunto de aquella noche me cayó del cielo para salvarme en la raya.

Sin hacer alarde ni aspaviento, les dije a los participantes que con cautela y sin llamar la atención, se asomaran uno a uno a la ventana para que vieran a la pareja, y así lo hicieron, luego les dije: tomen lápiz y papel y en una cuartilla cuenten lo que aquella imagen les inspira como historia. Les di media hora para el ejercicio y plena libertad creativa: podían escribir un cuento irónico, satírico, triste, gótico, humorístico, hiperbólico, fantástico, distópico, policial, erótico, épico, urbano, realista, mágico, paródico y hasta político.

Cumplido el plazo, les dije a todos: dejen de escribir y vamos ahora a leer y a comentar cada uno de los cuentos, y así se hizo, y créanme, esta clase, cuya temática cayó de lo alto (o del árbol sacudido), ha sido una de las más divertidas, libérrimas e interesantes que he dictado en el complejo campo de la literatura, porque rompió con la cuadratura de lo meramente académico, para internarse en los hondos intersticios de lo creativo: nos reímos a más no poder, reflexionamos y hasta hubo lágrimas furtivas: hubo cuentos muy buenos, otros geniales, otros meros ejercicios, pero aprendimos aquella noche que la literatura no es ajena a la vida, sino que se realimenta de ella, es su imagen especular, porque por más que echemos mano de lo fantástico y hasta de lo mágico, siempre estará de por medio lo humano.

Pasados los años de todo aquello, y ya cerrado el ciclo de estos talleres de escritura creativa, que durante décadas fueron canteras de autores y de textos narrativos, ensayísticos y poéticos, abrí una prestigiosa revista literaria editada en Buenos Aires y, para mi sorpresa, hallé uno de los cuentos de aquella memorable noche. ¿Qué cómo lo supe? Al pie estaba esta nota: “dedico al joven profesor Ricardo, quien, en un lejano taller de Venezuela, nos hizo ver en una furtiva pareja de un hotel de paso, lo que los demás no podían ver y lo que verdaderamente nos conmueve.”

Me eché a llorar.

rigilo99@gmail.com