Hacia una transformación productiva y soberana.por David Jiménez Pérez
Venezuela ha atravesado dos grandes bonanzas petroleras que dejaron lecciones profundas. La de 1976, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, abrió una etapa de ingresos extraordinarios que no logró consolidar un modelo productivo sostenible. Años después, la bonanza de 2007, bajo la presidencia del Comandante Hugo Chávez, permitió una inversión social significativa que colocó al pueblo en el centro de la acción del Estado, con avances importantes en inclusión y acceso a derechos. No obstante, también se cometieron desaciertos: una alta dependencia de la renta petrolera, controles económicos poco eficientes y una limitada diversificación productiva que debilitó la capacidad de resistencia del país ante escenarios adversos.
Hoy, Venezuela se encuentra ante un nuevo punto de inflexión. Tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro y bajo la conducción institucional de la *Presidenta Encargada Delcy Rodríguez*, los recientes acuerdos petroleros con Estados Unidos abren la posibilidad de un tercer salto. La responsabilidad de administrar este nuevo ciclo de ingresos recae en un liderazgo que deberá combinar firmeza política, capacidad técnica y sentido de Estado.
La Dra. Delcy Rodríguez asume este desafío con una trayectoria que conjuga experiencia en la gestión pública, conocimiento del escenario internacional y una reconocida capacidad de trabajo y disciplina profesional. En un contexto complejo, estas cualidades resultan claves para conducir un proceso que exige decisiones serenas, planificación rigurosa y una visión estratégica de largo plazo.
Venezuela vuelve a encontrarse ante un escenario de aumento significativo de ingresos derivados del petróleo, impulsado por nuevos acuerdos energéticos con Estados Unidos, la recuperación gradual de la producción y un contexto internacional que vuelve a considerar al país como un actor energético relevante. Como en los ciclos anteriores, no se trata solo del precio del barril, sino del acceso a mercados y del flujo de divisas que pueden marcar un nuevo período económico.
La lección del pasado es inequívoca: el petróleo no puede seguir siendo un fin en sí mismo. Esta posible bonanza debe orientarse a la inversión productiva, al desarrollo agrícola, al fortalecimiento de la ciencia y la tecnología, a la modernización de la infraestructura y a políticas sociales sostenibles que no dependan exclusivamente del precio del barril. Más que gasto, se requiere inversión; más que urgencia, visión de futuro.
Venezuela no necesita una nueva ilusión de abundancia, sino una transformación real. Si esta tercera bonanza se gestiona con responsabilidad institucional y compromiso nacional, puede convertirse en la base de un país más moderno, productivo y justo para los próximos 50 años. La historia ya mostró los errores; hoy el desafío es demostrar que también se aprendieron las lecciones.