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Por Ricardo Gil Otaiza

Confesión in pectore por Ricardo Gil Otaiza



Confesión in pectore por Ricardo Gil Otaiza

Nadie miente en su lecho de muerte, a menos que esconda algo tan importante, que cambie el rumbo de la historia, por lo que no podrá jamás conocerse la verdad y el supuesto hecho quedará asentado como fidedigno e inamovible por los siglos de los siglos, pero las estadísticas revelan, con cierta precisión (y digo “cierta”, porque la estadística no es una ciencia exacta sino aplicada; algo así como una herramienta para…), que mucho de lo dicho por agonizantes famosos, era cierto, y encerraba el deseo explícito de redimirse frente a ese “algo” que lo atormentaba por años, y solo deseaba liberarse de esa carga pesada que le quemaba el pecho como un —y con el perdón por el pleonasmo— tizón encendido.

Según los datos que tenemos a la mano, el poeta y dramaturgo William Shakespeare murió en Stratford-upon-Avon (Reino de Inglaterra) el 23 de abril de 1616, esto según el calendario juliano (en vigor para aquel entonces en Inglaterra), y según el calendario gregoriano adoptado por otros países, sería con precisión el 3 de mayo el día de su muerte, y lo hizo a la temprana edad de 52 años, aunque para la época una persona de esa edad era considerada una anciana, porque la esperanza de vida estaba entre los 35 y 40 años.
Pero volviendo al asunto de la muerte de Shakespeare, hemos de precisar, que “coincidió” con apenas un día de diferencia con la de otro grande de las letras, el español Miguel de Cervantes, ya que según el calendario gregoriano, vigente en España desde 1582, su muerte ocurrió el 22 de abril de 1616 y fue enterrado el 23, y, por convenciones asumidas por diversas circunstancias de orden histórico, se toma el 23 (a pesar de la diferencia de días de acuerdo a los dos calendarios) como la fecha de la muerte de ambos hombres, y la misma se adoptó como día del libro.

Volvamos a nuestra historia.

Shakespeare está moribundo aquella aciaga madrugada del día 23 (o del 3, como queramos), y alrededor de su lecho de enfermo hay el corre-corre típico de los infaustos momentos: la luz del candelabro dibuja en las paredes espectros y sombras, y lo más oscuro del ser aflora ante la inminencia de lo impostergable. En el rostro del poeta se otea ya la muerte, produciendo a sus facciones el cambio irreversible y doloroso de quien tiene un pie en el umbral de lo desconocido.

Pero… quienes son testigos de aquello, observan en el moribundo una inquietud acezante, como si quisiera expresar algo y la voz estertórea quedara aletargada, vacilante, bronca y espasmódica; algo que emana desde las profundidades del poeta quiere aflorar, pero el acceso de tos acalla su intención, y a ratos se duerme en el inconfundible sopor de lo improbable, aunque certero.

A hurtadillas, llaman a un cura para que William reciba la extremaunción, porque a pesar de que se definía como miembro de la iglesia anglicana (y era su obligación en la Inglaterra de entonces), la leyenda confirma que era un católico a las sombras, y en ese momento de la verdad no hay espacio para la ambigüedad (paréntesis: esto al parecer había sido su voluntad, cuando aún no había caído en el ingrato sopor de la muerte), así como también —al parecer— tal deseo estaba asentado en su testamento espiritual, que muy pocos conocían y que luego de su muerte no apareció en los archivos.

Aprovechose así la oportunidad de que el cura obrara el milagro de que el poeta dijera algunas palabras, para preguntársele al oído acerca de ese “algo” que desde hacía unas cuantas horas quería expresar, y que no había podido, pero siempre cauto y receloso, aún in extremis, Shakespeare indicó con un dedo que se retirara el clérigo: no deseaba tener a un extraño como testigo de lo que quería confesar a su mujer, por más que lo uniera a él una estrecha amistad de larga data, pero una cosa es lo religioso y otra lo literario. Igual para el médico de cabecera, quien tuvo que salir cabizbajo de la habitación.

Una vez a solas con su mujer, Anne Hathaway, le pide que tome la pluma y el pergamino y transcriba sus palabras:
 
“A mi muy amada esposa, la buena Anne, consuelo de mis días. Sabed, señora mía, que estas palabras no nacen del capricho, sino del peso que por años ha gravado mi pecho. Y así, antes de que el tiempo me reclame como temo ahora, quiero que quede en vuestra memoria lo que jamás osé decir ante otros.

En toda mi vida no he escrito una sola línea de las comedias, tragedias y versos que el vulgo y los señores atribuyen a mi nombre. No fue mi pluma la que dio voz a príncipes atormentados ni a amantes desdichados; no fue mi ingenio el que pobló los teatros de reyes, brujas ni fantasmas.

El verdadero artífice de tales obras es Christopher Marlowe, hombre de genio ardiente y atendimiento sin par. El mundo le cree muerto desde aquel infausto año del Señor de 1593, mas yo afirmo —y ante Dios lo sostengo en esta hora sin par— que no murió entonces, ni yace en tumba alguna. Vive aún, oculto de miradas indiscretas, y bajo mi nombre ha dejado correr su caudaloso talento que por mi intermediación apreciáis.

Yo he sido, en esta empresa, sombra y máscaras; él, la llama secreta. Si algún día la verdad saliera a la luz, sabed que no obré por ambición sino por necesidad, pues tiempos recios exigen ardides extraños.

Guardad esta confesión con prudencia y no la confiéis sino a quien juzguéis digno de tal secreto.

Vuestro esposo que os ama,

William Shakespeare”

Dicho esto, el poeta entregó su alma al Creador y su mujer guardó en su seno la enigmática carta, y a partir de entonces nada se supo de ella, la buena de Anne no dijo ni una sola palabra al respecto y la misiva se perdió en la neblina de los tiempos.

Quien esto cuenta, halló la carta en un antiguo archivo shakespereano, y desea darla a conocer como homenaje póstumo a Christopher Marlowe, el verdadero creador, pero execrado por la gloria. Solo Dios sabe que no miento.

rigilo99@gmail.com