Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 02:29 am
En Mérida, el 8 de marzo del año 2016, a los noventa y seis
años de edad, José Humberto Ocariz decidió morir. Han corrido diez años y estas
líneas, escritas en aquel entonces, son una manera de dejar constancia de su
ausencia.
La última vez que hablamos fue a principios del año 16, el
Día de Reyes, en el porche de su casa en La Otra Banda en Mérida. Ese día
escuchamos música, su música, aprovechando que recientemente un grupo de
artistas amigos y paisanos tachirenses habían juntado esfuerzos para
interpretar buena parte de su obra y grabarla para convertirla en un disco
antológico.
Aquella mañana como muchas otras veces en los últimos
treinta años durante los cuales me regaló su amistad, el profesor Ocariz expuso
los temas que le ocupaban su siempre hiperactiva mente. “Pero mire, hay tres
temas que hay que cambiar”. Y pasó a enumerarlos. “No es posible que la gente
tenga derecho a llenar el planeta de hijos. Debe imponerse un límite en la
cantidad de hijos que cada pareja puede tener. Dos. No es posible que
cualquiera pueda ser Presidente de un país. Hasta para manejar un carro se necesita
presentar exámenes, pero para manejar un país no hace falta exámenes”. Eso no
puede ser. Tres. “No es posible que se siga obligando a la gente a estar viva
cuando ya no tiene sentido que esté viva. No tiene sentido que la medicina
obligue a vivir a personas que ya no tienen remedio a su enfermedad. La gente
tiene derecho a morirse y a que no los mantengan medio vivos. Yo sé que la
muerte asusta a la gente y muchos están dispuestos a gastar lo que tienen para
estar vivos, así sea echados en una cama por años. Pero eso no es vida”.
José Humberto Ocariz, médico, escritor, articulista, orador,
compositor musical, profesor universitario, nunca fue un practicante de ese
adefesio contemporáneo que llaman “lo políticamente correcto” y, seguramente,
por eso Ocariz siempre prefirió dejarles la política a otros.
No está muy claro quién inventó la expresión
“trachiraneidad” o “tachiranidad” para referirse a la especificidad del pueblo
tachirense. Quizás Ocariz no fue el primero en utilizarla, quizás sí. Pero
ciertamente fue uno de quienes le dieron sentido utilitario a la expresión.
Asentado en Mérida, convertido en un prominente profesor universitario en
aquella ciudad donde los profesores universitarios eran prominentes, Ocariz
optó por actuar como el embajador plenipotenciario del Táchira en la meseta
merideña.
Tras un velorio acompañado de cuatros, tiples y guitarras,
con previo y obligado paso por la Iglesia con misa oficiada por monseñor
Baltazar Porras, el cuerpo de Ocariz fue llevado hasta el viejo cementerio de
El Espejo. Con tierra merideña y tachirense sus amigos cubrieron el ataúd.
Avecindado en Mérida desde mediados de los años cuarenta del
siglo XX, Ocariz se convirtió, con el transcurrir de los años, en el más
notable merideño nacido en el estado Táchira.
Se le recuerda, doctor Ocariz.
Raleigh, marzo 2026.