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Por Edgar C. Otálvora

El día que José Humberto Ocariz decidió morir por Edgar C. Otálvora



El día que José Humberto Ocariz decidió morir por Edgar C. Otálvora

En Mérida, el 8 de marzo del año 2016, a los noventa y seis años de edad, José Humberto Ocariz decidió morir. Han corrido diez años y estas líneas, escritas en aquel entonces, son una manera de dejar constancia de su ausencia.

La última vez que hablamos fue a principios del año 16, el Día de Reyes, en el porche de su casa en La Otra Banda en Mérida. Ese día escuchamos música, su música, aprovechando que recientemente un grupo de artistas amigos y paisanos tachirenses habían juntado esfuerzos para interpretar buena parte de su obra y grabarla para convertirla en un disco antológico.

Aquella mañana como muchas otras veces en los últimos treinta años durante los cuales me regaló su amistad, el profesor Ocariz expuso los temas que le ocupaban su siempre hiperactiva mente. “Pero mire, hay tres temas que hay que cambiar”. Y pasó a enumerarlos. “No es posible que la gente tenga derecho a llenar el planeta de hijos. Debe imponerse un límite en la cantidad de hijos que cada pareja puede tener. Dos. No es posible que cualquiera pueda ser Presidente de un país. Hasta para manejar un carro se necesita presentar exámenes, pero para manejar un país no hace falta exámenes”. Eso no puede ser. Tres. “No es posible que se siga obligando a la gente a estar viva cuando ya no tiene sentido que esté viva. No tiene sentido que la medicina obligue a vivir a personas que ya no tienen remedio a su enfermedad. La gente tiene derecho a morirse y a que no los mantengan medio vivos. Yo sé que la muerte asusta a la gente y muchos están dispuestos a gastar lo que tienen para estar vivos, así sea echados en una cama por años. Pero eso no es vida”.

José Humberto Ocariz, médico, escritor, articulista, orador, compositor musical, profesor universitario, nunca fue un practicante de ese adefesio contemporáneo que llaman “lo políticamente correcto” y, seguramente, por eso Ocariz siempre prefirió dejarles la política a otros.

No está muy claro quién inventó la expresión “trachiraneidad” o “tachiranidad” para referirse a la especificidad del pueblo tachirense. Quizás Ocariz no fue el primero en utilizarla, quizás sí. Pero ciertamente fue uno de quienes le dieron sentido utilitario a la expresión. Asentado en Mérida, convertido en un prominente profesor universitario en aquella ciudad donde los profesores universitarios eran prominentes, Ocariz optó por actuar como el embajador plenipotenciario del Táchira en la meseta merideña.

Tras un velorio acompañado de cuatros, tiples y guitarras, con previo y obligado paso por la Iglesia con misa oficiada por monseñor Baltazar Porras, el cuerpo de Ocariz fue llevado hasta el viejo cementerio de El Espejo. Con tierra merideña y tachirense sus amigos cubrieron el ataúd.

Avecindado en Mérida desde mediados de los años cuarenta del siglo XX, Ocariz se convirtió, con el transcurrir de los años, en el más notable merideño nacido en el estado Táchira.

Se le recuerda, doctor Ocariz.

Raleigh, marzo 2026.