A eso del mediodía, Mariluz comió algo frugal, no fuera a darle un paro digestivo con el mecerse de las aguas: pescado sancochado, papas al vapor y arroz seco, cada uno en su justa medida (poco en verdad, ya que con la edad le había entrado una inapetencia que no lograba desterrar de su vida), pero se sintió satisfecha, que es lo más importante, y muy alegre llamó al taxista de confianza para que la llevara a la playa, con el compromiso de que la regresara a casa en unas tres horas como máximo, ya que el frío y las corrientes de aire de las postrimerías del otoño, se hacen fuertes en este lado del mundo al acercarse las fiestas navideñas.
Una vez en el coche, el chofer le preguntó el nombre de la playa a la que deseaba ir, y cuando ella le dijo “llévame a La montaña roja”, el hombre no pudo contener la risa, cuestión que le llamó poderosamente la atención a la doña, porque él siempre había sido callado y discreto, y al notar que seguía riendo, le preguntó el motivo para su risotada: él, sonrojado le dijo: “Ay, mi doña, perdóneme por esto, pero no sé si usted sabe que es una playa…”, y no terminó la oración, y al cabo de unos segundos agregó: “Mi niña, cuando esté en la playa usted sacará sus propias conclusiones”.
Media hora después, el chofer dejó a Mariluz casi a orilla de mar, porque si bien es cierto que los coches quedan aparcados a mucha distancia de la playa, él se tomó el trabajo de acompañarla con paciencia por entre los arenales, montarle la sombrilla y dejarla instalada y lista para el baño y, con respecto al tiempo, ambos notaron que había mejorado: los nubarrones se habían desvanecido muy pronto, y un cielo despejado se abría frente a ellos y daba a la playa un tinte de verano.
Mariluz estaba dichosa, deseaba ardientemente meterse en el mar y así tener la sensación de ingravidez de quien nada: olvidarse por instantes del torturante reumatismo, sentir que sus brazos y piernas se movían con destreza como en sus años juveniles y activar, ¿por qué no?, una que otra técnica de nado aprendidas en su prehistoria, cuando el mundo se mostraba ante ella con el esplendor de la esperanza y de una vida llena de enormes desafíos.
La mujer se quitó con parsimonia la ropa que llevaba encima, y dejó ver el traje de baño: una pieza entera y colorida que su nieta única le había enviado desde una lejana isla griega, y que había reservado para una gran oportunidad, y esa tarde de playa en La montaña roja, sin duda lo era, porque la sacaba del mutismo y del ensimismamiento del piso, que le agarrotaban los huesos y la hundían en una extraña sensación de melancolía que ya tardaba en desaparecer.
Sin mirar a los lados, Mariluz se acercó a la orilla, metió un pie en el agua y la sintió fría, luego metió el otro y soportó con entereza la templanza de aquellas aguas profundas, empozadas en hermosos recodos que las hacía transparentes y diáfanas, y juraba, si sus ojos no la engañaban, que veía hermosos ejemplares de peces de múltiples tamaños y colores, que se acercaban con cautela a ella y luego se marchaban a sus destinos.
Lentamente, la mujer se fue adentrando hasta quedar sumergida en las aguas, que ya no eran gélidas ni paralizantes, sino aclimatadas por la temperatura corporal, y entonces sintió un placer indescriptible.
Pudo bracear y nadar, se sentía renovada y juvenil, las rodillas no le dolían y percibía la liviandad propia del espíritu (pensaba mientras avanzaba y se alejaba de la orilla), y luego, sin percatarse siquiera, fue golpeada bruscamente por una ola y quiso levantarse, pero no fue posible, y con voz estertórea gritó ¡auxilio! para quien pudiera oírla, pero el ruido ensordecedor del mar acallaba su voz y sintió que era el final: que sería devorada por las olas, que su cuerpo inerme sería llevado al fondo donde las algas y otras vidas marinas le harían compañía para siempre.
A duras penas, Mariluz nadó hasta la orilla, pero sus fuerzas pronto la abandonaron y cayó de rodillas en la arena: las olas la golpeaban con furia y no podía levantarse. En ese instante, dos hombres jóvenes que la veían: la tomaron cada uno por un brazo y la ayudaron con rapidez a ponerse de pie. Para su asombro, pudo ver muy cerca de su rostro la desnudez felina de aquellos cuerpos tersos e impávidos, así como el vaivén frenético de los miembros viriles frente a sus ojos, entonces sintió vergüenza, y fue en ese aciago momento cuando comprendió que se hallaba en una playa nudista y, entre dientes, maldijo a su chofer.
rigilo99@gmail.com