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Desclasificándome para sanar mi espíritu (contrición) por Alberto Jiménez Ure

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Alberto Jiménez Ure


Víspera del advenimiento del año 2026, estoy en proceso de ordenar recuerdos, desclasificar mis decisiones de naturaleza personal e intelectual. Para que ello sea exitoso y sanador no puedo discriminar ningún asunto ni ser discrecional. Crecí, viví, me ocurrieron cosas importantes que dejaron tatuajes en mi macerado espíritu en fase vetusta e intento que mi narrativa del horror sea reeditada.

Hace poco un amigo (a quien respeto) me dijo que “no vale la pena recordar ciertas cosas de mi pasado porque, según su opinión, son pendejadas”. Lo dijo por escrito y sentí una mezcla de náusea por su falta de lealtad y lástima hacia él. En la existencia de un hombre que haya dedicado su tiempo terrenal a escribir ficciones o testimonios, todo es trascendental: desde el afecto y aprobación de una madre que, con premeditación, lo haya traído a experimentar la impenitencia de su especie animal hasta su consuelo convertido en casi disculpa.

No tuve mentalidad de individuo capaz de apertrecharse letalmente para junto con otros agavillar (se) impulsado por doctrinas ilusas. Ni siquiera fui destetado, mi madre no pudo amamantarme y una nodriza la sustituyó. En derredor todo me parecía hostil, me urgía hallar un método de sobrevivencia que no tuviera por sustancia el miedo, abrir las puertas del camino donde las espadas no atravesaran mi ser físico. Gradualmente, me hice apóstata frente a la religiosidad de amago y oportunismo. La maldad venía por mí para aniquilarme sin ser culpable de nada, era niño.

Atreví enfrentar mediante la irreverencia e imaginación macabra, pero sin cometer. Fatigaba las horas de mis días en silencio, pero cuando hablaba infundía pánico. No soy un profeta ni lo seré, pero tengo un cerebro tan incisivo y aventajado que numerosas veces pareciera de un vidente. Cuando imploré a Entidad Providencial, vino, me miró y sus ojos eran los de un demonio. No pronuncié palabras, redacté. Tengo por costumbre hablarle, soy gnóstico.

Sin lamentaciones ni quejas prosigo enfrentando a Crueldad Extrema (manténganla con mayúsculas, por favor), que arroga ser infalible virtud a recursos de erario ajeno con impunidad hurtados confiriéndole inmerecido goce o disfrute. El prócer impreso no finge u oculta su fuete, golpea espaldas y compra: deviene en dádivas, mendrugos, lujos, farándula mediática de masificación esclava.

La figura del “pretor” de la Roma Antigua no desaparecerá mientras los demonios seduzcan con el brillo del oro, diamantes.

https://www.samaterials.es/content/six-strategic-metals-widely-used-in-the-military-industry.html y su majestad

https://www.atsdr.cdc.gov/es/toxfaqs/es_tfacts150.html (uranium)

Fui, soy, seré un enemigo peligroso para quienes son desenmascarables. Me he sentido cómodo así porque no traiciono, sino que recorro las entrañas del monstruo antropomórfico. El sendero que transito no es un agujero negro, nunca me absorberá.

albertjure2009@gmail.com





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