Los 21 besos por Ricardo Gil Otaiza
Vio una información en Instagram en la que se decía que las personas besan en la boca un promedio de 21 veces durante toda la vida, y se preocupó, porque hechas las sumas y las restas, y hasta redondeando la cifra al inmediato superior, él no llegaba ni por asomo a lo prescrito, así que tomó lápiz y papel y comenzó a echar cabeza para recordar las veces que había besado en la boca, y tuvo que remontarse a su prehistoria personal (cuando era apenas un imberbe tímido y rollizo), con el afán de asegurarse de que estaba en lo correcto: en su trayectoria vital faltaban besos, y se sintió en minusvalía con respecto al grueso de la humanidad, que sí podía contabilizar con facilidad tal aserto, y pensó que tenía que enmendar la plana y poner manos a la obra o, mejor dicho, sus labios en otras bocas.
Comenzó a trazar estrategias, a urdir tramas, a desgranar hipotéticos escenarios, que le permitieran ponerse al día en tan álgida temática, pero estando en esto una duda lo asaltó, y se llenó de angustia: ¿es lo mismo besar que ser besado? Viéndolo bien, era un buen detalle y hasta quien esto escribe, que no desea entrometerse en los intríngulis de la historia que narra, para ser fiel a los dictámenes de las vidas ajenas, le pareció que aquello tenía su propia lógica, porque no pueden contabilizarse los besos dados y los recibidos como si de una misma cosa se tratara, entonces volvió a la red y notó que la cuestión allí no se aclaraba, por lo que apeló a la inteligencia artificial y halló algo que lo dejó de una sola pieza: la letra de Se necesitan dos, pasodoble compuesto por Billo Frómeta y que fuera popularizado en 1967 por Memo Morales, y allí pudo leer lo que tanto lo atormentaba: “No es lo mismo besar que ser besado / Si no se lleva al mismo tiempo el corazón / Y por eso que al amar y al besar / Se necesitan dos, dos, dos”.
La letra de la canción, en lugar de sosegarlo, lo trastocó aún más, porque puso ante él un problema en el que no se había detenido a reflexionar, como lo es el besar por amor y con el corazón, y no necesariamente el poner los labios en otros labios por cuestiones del momento y hasta del azar, y en este punto determinante sopesó que su cifra de besos se desdibujaba en el aire: no sabía precisar con exactitud en cuáles casos había sido él quien había dado el primer paso, o si habían sido ellas quienes habían tomado la iniciativa, y no dejó de pensar en la cuestión más profunda: ¿había besado por amor o por simple acto reflejo y orgiástico?, y en la situación de haber sido ellas quienes tomaron la iniciativa, ¿lo habían hecho por amor o por pasar el tiempo con un tipo interesante?
Vistas las circunstancias, lo que en un principio había sido una mera constatación aritmética, lo cual era básico y podía solucionarse sin mayores inconvenientes (por lo menos, eso creía), ahora se convertía en un tema de orden filosófico en el terreno de lo moral (y hasta de la espiritualidad), porque las implicaciones de los actos amatorios van más allá de lo pensado y ejecutado en un preciso instante con la otra persona, para adentrarse en lo sentido en lo más hondo, y allí tendría que auscultar su corazón y el de las chicas, y se abría ante él una hondura difícil de desentrañar en el ahora, habida cuenta de que había pasado mucho tiempo de aquello, y no tenía manera de cómo comprobar unas u otras realidades.
Por los años transcurridos, no sabía qué había sido de las chicas, si vivían o no, si estaban en el país o fuera de él, y vista su poca retentiva y lo despistado de su carácter, ya ni recordaba sus rostros y mucho menos sus nombres y había perdido todo contacto con ellas, y debido a la complejidad de las emociones, a estas alturas de su vida no sabía definir con palabras del ahora y de la certeza, si él había besado siempre o si había sido besado, y si lo que sintió por algunas de ellas en aquel entonces, había sido amor del corazón como rezaba el viejo pasodoble, o mero gusto o atracción, igual en el caso de ellas, de allí la imposibilidad que se abría ante sí al no poder deducir con certeza cuántos besos de verdad llevaba a cuestas.
Lo que tenía más o menos claro, era la totalidad de los besos recordados y que no llegaba al número prescrito, en cuanto a si dados o recibidos, del corazón o de la carne, en eso tenía una confusión enorme, por lo cual pensó zanjar las incertidumbres comenzando de nuevo, pero ya estaba viejo, ajado de piel y de alma, y no se creía capaz de rehacer su vida, de volver a enamorarse, de besar y que en ese preciso instante no solo le temblaran los labios, sino también el corazón y las emociones, y se sintió triste y abatido, y si se quiere exhausto: cansado de todo, agotado y vacío por dentro, y para mayor inri había olvidado por completo qué se sentía al besar de veras, a entregarse en ese preciso momento en que se cierran los ojos frente a la otra persona, a dejar de calcular los pros y los contras y a dejarse arrastrar por el ímpetu interior.
Pero intuía que se equivocaba, que no era tarde para darle un nuevo sentido a su vida, y sin pensarlo, a partir de entonces dedicó un tiempo de sus clases universitarias a recomendarles a los jóvenes a besarse con el corazón, a dejar de lado el mero instinto, a marcar sus vidas con huellas verdaderamente profundas y duraderas, a sentir lo que expresaban con palabras, a no ocultar sus emociones ni energías interiores, a besar y a ser besados con el corazón, y no para sumar dígitos en un pinche ranquin, frío y desmadrado, que nada sabía de la vida ni de la gente, que solo buscaba sumar likes y vistas, sin importarle la esencia de lo verdaderamente humano.
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