Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 12:29 am
De cómo una humilde mujer, que creyó en Chávez, admite que los pobres no las tienen todas a su favor en la revolución socialista. Una tras otra, reconoce, han sido muchas las penurias que ha atravesado en su afán de luchar por reivindicaciones para sus compatriotas de las barriadas de La Vega, “donde es más mentira que verdad que al pobre se le ayuda, se le quiere y se le respeta, ahora que el gobierno, Pdvsa y Venezuela es de todos”.
La Vega, en el sureste de Caracas, la capital de la república, es un inmenso territorio que, sin lugar a dudas, conforma la muestra más evidente de un pueblo rebelde, que se esfuerza por superar su condición y sitio en el cual se sueña tan igual como se muere. Lo uno, porque allí la pobreza obliga a rebuscarse la vida y lo otro, porque la marginalidad crece de manera alarmante, por más que la propaganda del régimen diga que sus índices los está reduciendo una acción gubernamental que sólo figura en la mentirosa pero gigantesca publicidad oficial. Durante años, la fábrica de Cemento fue el centro hacia el cual y desde el cual se dirigía ese vasto mundo subdividido en cientos de barriadas de estrechas callejuelas, pasadizos, callejones y escaleras, todos sectores en donde se vive con intensidad la vida. En esa fábrica cifraron su esperanza, para salir de abajo, algunos centenares de familias y algunas de ellas coronaron su ilusión cuando pudieron ver convertidos en profesionales a sus hijos.
Allí igualmente trabajaron muchos activistas políticos que, en su tiempo, y desde sus oficinas, galpones y salas de máquinas procesadoras motivaron, crearon, condujeron y ganaron muchas situaciones favorables a la lucha libertaria. Ejemplo cierto. Douglas Bravo, el histórico dirigente, primero del PCV y luego valiente, inteligente y honesto comandante guerrillero, el último en rendirse. Bravo, desde la fábrica, fue formando cuadros entre los obreros y con ellos llevando a cabo algunas intentonas de desestabilización contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en jornadas que la historia con justicia ya le reconoce. Para la década de los setenta, en La Vega se dieron otros hechos de singular importancia, entre ellos la presencia del padre Witack, sacerdote jesuita que, en el país, promovió la llamada Iglesia de la Liberación. Fue un verdadero activista que no le arredró ni la prohibición de sus superiores eclesiásticos ni menos las autoridades gubernamentales.
Famoso porque a sus actos acudía la pobrería no solo de La Vega sino de las más apartadas barriadas caraqueñas, y el suyo era un mensaje muy revolucionario para ese tiempo, en el cual resplandecía la verdad dicha con crudeza pero intención verdaderamente cristiana, el padre Witack pudo, aunque por poco tiempo, revolucionar esa parte tan importante del tejido social y del entramado urbano caraqueño, hasta que el entonces presidente Rafael Caldera ordenó su detención y expulsión. Quienes le han seguido la pista al comienzo intentaron hacer las cosas bien en una suerte de contraloría social que después fue política y, al tiempo, se convirtió en una tarea francamente atosigante en todo, para todo y contra todo dado el férreo control que quisieron imponer.
La denominada revolución bonita los atrapó y engulló como le sucediera a otros grupos que, picados del sarampión izquierdista, terminaron siendo simples instrumentos para el empleo de la violencia tarifada por parte del chavismo. Sin embargo, por sobre esta realidad, hay que decir que en La Vega cada día aparece otra clase de luchadores sociales a los que mueve una fe honesta y pura en que la revolución sí habrá de traerle felicidad al pueblo. Son estos luchadores gente muy humilde, analfabetos algunos, pero plenos de sapiencia, la que día a da la vida día.
Esta clase de líderes, que para serlo nacen y van por el mundo haciendo el bien, sin que autoridad alguna los limite, son los que en realidad mueven a favor de los suyos lo cotidiano y pelean, desde cualquier frente, por la solución de algún problema en aquella marea humana que tanto los sufre y que se pasan la vida esperando salir de abajo. Son diligentes, perseverantes, hormiguitas. Frontales, no pierden ocasión alguna para poner el dedo en la llaga, porque manejan realidades y no esconden verdades. Tampoco apañan irregularidades. Quizás por eso muchos terminan siendo enemigos para el gobierno, perseguidos, ofendidos y humillados, como un modo –muy propio de las revoluciones- de disminuir al adversario.
Ese es el caso de Ana Silva, una ejemplar mujer, lideresa sobresaliente entre otras muchas en el barrio Los Mangos, de los más extensos y duros de La Vega, un segundo 23 de Enero, sino de Caracas misma.
“En la revolución hay más cosas malas que buenas”
Ana Silva, que se reconoce honesta pero realista, afirma que en el gobierno del presidente Chávez, a quien dice querer y respetar, pero considera estar engañado por quienes le rodean, hay cosas buenas y cosas malas. Pero más malas que buenas, aclara. Según sus cuentas, que son hechos, promesas, denuncias, mentiras que ella carga en organizadas carpetas, que son pruebas, así las califica, que muestra ante la televisión para dejar en claro que sigue siendo revolucionaria pero no estar de acuerdo con mucho de lo que sucede dentro de la revolución que Ana Silva no sabe si es socialista o comunista, pero afirma tener fe en que terminará solucionándole los problemas a todo el mundo, aunque dice, frente a las cámaras, que sus luchas y sus protestas en los organismos oficiales sólo reciben humillaciones, amenazas y calificativos de “farsante”.
Ana Silva añade que su presidente Chávez, “antes que ponerle atención a lo que dice el pueblo, está despidiendo a la poca gente buena que tiene en su gobierno, la que sí escucha el lamento de los pobres porque son pobres y no recién vestidos que llegan a forrarse de billetes y a pavonearse en el poder”.
La autodenominada revolución bonita los atrapó y engulló como les sucediera a los otros grupos que, picados del sarampión izquierdista, terminaron siendo simple instrumento para el empleo de la violencia tarifada por parte del chavismo. Sin embargo, por encima de esta realidad hay que decir que en La Vega cada día aparecen otra clase de luchadores sociales a los que mueve una fe honesta y pura en que la revolución sí habrá de traer felicidad al pueblo. Son estos luchadores gente muy humilde, analfabetas algunos, pero plenos de sapiencia, la que les da la vida día a día.
Esta clase de líderes, que para serlo nacen y van por el mundo haciendo el bien, sin que autoridad alguna los limite, son los que en realidad mueven a favor de los suyos lo cotidiano y pelean, desde cualquier frente, por la solución de algún problema en aquella marejada humana, que tano los tiene y se pasan la vida esperando salir de abajo. Son diligentes, bregadores, perseverantes, verdaderas hormiguitas. Frontales, no pierden ocasión para poner el dedo en la llaga porque manejan realidades y no esconden verdades. Tampoco apañan irregularidades. Quizás por eso muchos terminan siendo enemigos para el gobierno, perseguidos, ofendidos y humillados, como un modo –muy propio de las revoluciones-, de disminuir al adversario. Este es el caso de Ana Silva, una ejemplar mujer lideresa sobresaliente no solo en La Vega, un segundo 23 de Enero, de la Caracas misma.
Camillera en uno de los hospitales más grandes de Caracas, aprendió a leer y a escribir en el Ince y cree tener fuerza a sus cuarenta y tantos años de edad, para ir a la Universidad, pero “la lucha a favor de los pobres, porque tenemos muchos problemas que resolverles todavía” se lo impide por ahora hacerlo”.
El caso de Ana Silva viene al cuento porque en su afán de hacerle el bien a todos los desposeídos, acaba de protagonizar un hecho que conmovió a mucha gente, la que aún tiene corazón para que le duelan los asuntos ajenos. Un caso a todas luces lamentable y que deja al descubierto las miserias de unos hombres que, en el gobierno, han olvidado su procedencia, desde el estrato más humildes la mayoría y, prevalidos de la fuerza enorme que les da el poder, parecieran tener cambiado el corazón por la cartera, lo dice, como recordando la famosa cita bíblica del plato de lentejas.
Resulta que en uno de sus recorridos casi diarios por sectores de La Vega, recabando informaciones y precisando situaciones, Ana Silva se encontró con una joven que, enferma, postrada en su cama, sin más atención que la brindada por una anciana, habitando las dos humildes mujeres algo menos que un rancho, viviendo de la caridad de dos vecinos, estaba desasistida de toda ayuda oficial.
Ana Silva emprende entonces un peregrinar organismo por organismo, buscando en primer lugar el traslado de la enferma, Yuleizi Zamora, de escasos 25 años, a cualquier hospital. De puerta en puerta va la buena samaritana a solicitar ayuda. Pero se le cierran todas porque a donde acude todo el personal se preparaba para marchar al gran desfile rojo que se daría a lo largo de la Avenida Bolívar capitalina y no había tiempo para atender escuálidos…
Ana Silva sube y baja escaleras, incansable, para llevarle comida a Yuleizi y a la anciana, estar pendiente, de atenderlas, darle aunque sea un poco de cariño, de solidaridad pura y sencilla, explica, en medio de aquella pobreza extrema y soledad desesperante. Pero abajo, en la ciudad, nadie le hace caso. La joven se está muriendo de mengua, Ana Silva de impotencia y la anciana de puro llanto, mientras la radio vomita la cuña afirmando que ahora Venezuela sí es de todos y que los reales del petróleo son de los venezolanos.
Ana Silva sale a la calle, detiene un jeep de pasajeros y con la ayuda de vecinos, monta la enferma y se v con ella hacia los hospitales, donde no encontró atención alguna. Entonces rogó al chofer del jeep le llevase al Canal 2 Radio Caracas TV y denunció toda la amarga y vergonzosa historia vivida hasta ese momento. La Opinión Pública quedó impactada y los gobernantes buscando respuestas convenientes, pero nada convincentes del gravísimo error por ellos cometido. Los “servidores públicos” llegaron al rancho buscando con toda prisa, ahora sí, a las dos mujeres, Ana Silva y su protegida que, llevadas, al Hospital, sin embargo Yuleizi falleció, dada la gravedad de su enfermedad. La frágil humanidad de la muchacha no resistió. El grito de Ana Silva todavía retumba en los callejones de La Vega con toda la podredumbre que dejó su huella en el corazón de todos los culpables de lo sucedido, que nadie podrá limpiarla, menos la del alma de cada uno de ellos manchada para siempre.
La miseria humana en su más cruda manifestación
Ana Silva, recordando la historia más triste de su vida, llora. “Quedé muy herida, porque comprobé que esta fulana revolución es más mentirosa que verdadera, y me sentí muy dolorida por todo lo ocurrido. Yo sigo pensando que a Chávez lo está engañando medio mundo. Tengo mucho tiempo sin verlo de cerca, sin hablarle, sin poder acercarme y decirle lo que he visto hacer en su nombre por tanto funcionario, de cualquier nivel para favorecerse él y no a los demás. Una vez Chávez me felicitó por estar entre el grupo de mujeres que más afiche suyos había pegado por toda La Vega. Yo le dije “! Comandante, no me bese, porque estoy llena de sudor…!. Él se sonrió, y abrazándome con más fuerza me dijo: “Ven acá, negra, toma tu beso…!” Cuánto lamento que su vicepresidente, sus ministros y los que lo rodean sean todos insensibles. Esos son los que están dañando la revolución, ocupados como están robándole la plata a la nación”.
Ana Silva reconoce que, con su modo de decir las cosas, “todas ciertas” las que dice, para los que rodean a Chávez pudiera estar perjudicando a.l mandatario. “Pero no es así”, lo afirma. “Sencillamente, digo lo que veo y también lo está viendo la gente; no la que anda detrás del comandante, que ésa sí está ciega, sorda y muda”.
Ana Silva, visto la desidia oficialista presentada en el caso de Yuleizi, ya se dijo, fue a la TV y denunció su odisea que, naturalmente, desató el más fiero rechazo de la opinión pública y la vergonzante verdad para los gobernantes. La historia le fue contada al periodista Miguel Ángel Rodríguez, quien de inmediato la difundió a todo el el país.
NOTA: Este trabajo fue escrito para el diario Cambio de Siglo, de Mérida y publicado el 20.02,2007, hace ya 18 años