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Por María Isabel Schlaefli Grimaldi

Dignidad y la unidad de lo contrario por María Isabel Schlaefli Grimaldi



Dignidad y la unidad de lo contrario por María Isabel Schlaefli Grimaldi

Dignos son los hombres que entran a ser partícipes en la resurrección de Cristo y son ¡hombres vivos eternamente! y gozan de la luz y el rostro de Cristo, por el contrario, el hombre indigno es el ¡hombre muerto! y jamás vio al creador del universo, su vida transcurrió en una vida terrenal, pasajera y son eunucos espirituales que no tuvieron continuidad. Sabio es el que entiende esto. En la vida terrenal vemos como hombres indignos logran posicionarse en cargos jerárquicos dentro de instituciones universitarias, y desde allí, lanzan flechas de muerte para destruir al prójimo, y con ello toda su indignidad se manifiesta.

El hombre es una unidad que consiste en cuerpo,  que es materia y forma, y  espíritu que es de una naturaleza incorporal, que de por sí carece de forma y materia, su espíritu tanto racional o intelectual es informe, pero si se vuelve hacia la causa por las cuales todo fue hecho, es decir, al Evangelio o la Palabra, éste adquiere forma, por el contrario, el indigno es contrario a la verdad, porque no la busca ni le interesa, solo se centra en su superioridad y no en la grandeza de espíritu que da forma al alma. El hombre digno es aquel que tiene presente que los actos buenos le llevan a la trascendencia, por el contrario, el indigno actúa con mala intención desde la superioridad del cargo que ocupa. El hombre digno es el que anhela a Dios sin conocerlo, el que piensa en la meditatio mortis. El hombre es un ser único y no es sustituible por otro, no hay otro como él.

La vida es eso, vida y no razón, la vida es inexplicable, la razón no comprende la vida, y la maldad es tan inexplicable que la razón no tiene cabida, es contradicción, es el afán de aniquilar al otro. Las instituciones universitarias tienen que ser intervenidas porque desde la superioridad los hombres malos aniquilan la excelencia académica por envidia y odio de que el alma del otro tiene luz divina, pero Dios dijo: “Hago nuevo todas las cosas”.