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Por Ricardo Gil Otaiza

El club de los desocupados lectores por Ricardo Gil Otaiza



El club de los desocupados lectores por Ricardo Gil Otaiza

Un grupo de apasionados bibliófilos se reúne cada semana en una vieja librería de Sevilla, para leer y discutir acerca de libros y manuscritos antiguos, así como obras de actualidad. Una noche, uno de ellos lee en voz alta la frase “Desocupado lector”, de Miguel de Cervantes Saavedra, que aparece al comienzo del Prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicado en 1605, y que no dejaba traslucir la publicación del segundo tomo, que no se titularía por cierto exactamente como aquél, sino El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, publicado en 1615, y en cuyo Prólogo no aparece la citada frase, que la historiografía y la usanza conservan como “emblema” de todo aquel que se dispone a leer con placidez un libro.

Cuando el connotado y circunspecto bibliófilo se dispone a seguir con la lectura del Prólogo, que reza: “…sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse”, sucede un imprevisto: la luz del recinto parpadea y, para estupor de los asistentes, durante varios segundos se apaga, y cuando se enciende de nuevo, el estupor de todos se transforma en horror, al observarse en el suelo a uno de los contertulios, acuchillado y en medio de un charco de sangre.

Como cabe suponerse, el estrépito es mayúsculo en la librería, porque los asistentes son hombres respetados y reconocidos en la ciudad, de intachable conducta: gente decente que gusta de compartir en tertulias literarias, y cuyo único objetivo es pasar un buen momento. El asesinado es un viejo hidalgo aposentado en la ciudad desde comienzos del siglo XX, de hoja de vida honorable, dentista de profesión, con cuantiosos bienes de fortuna y con una estela de caballerosidad y familiaridad a toda prueba, que no tiene enemigos y cuya descendencia idolatra como a un ciudadano, profesional, padre y esposo de elevadas virtudes, y un conspicuo amante de los libros.
De inmediato, los asistentes (que no testigos, porque nadie vio nada) se dan a la tarea de buscar al asesino, y para ello se dividen: unos van al interior del establecimiento (la trastienda), otros suben al altillo destinado al almacenamiento de mercancía, y otros (entre ellos el atribulado dueño) salen a la calle a buscar en las inmediaciones de los oscuros callejones.

A los pocos minutos, todos convergen de nuevo en la sala del crimen con las cajas destempladas, perdidos en la nada del misterio, desconcertados ante un hecho inaudito y monstruoso, que los hunde en profusas cavilaciones. Mientras tanto, y alertados por uno de los asistentes, llegan a la librería tres agentes, quienes proceden a levantar el cadáver y a hacer las preguntas de rigor.

Quien esto escribe y quienes esto leen somos testigos de que ninguno de los asistentes tiene una idea clara acerca del crimen: nada escucharon, nada vieron y nada sintieron, y es poco lo que pueden aportar a las autoridades. El dueño de la librería es detenido de inmediato, pero a los pocos días recupera la libertad: él está tan estupefacto como el resto.

Días después, la librería reabre sus puertas y las tertulias literarias continúan con lo programado. Con motivo del primer centenario del cuento Aliento perdido, de Edgar Allan Poe, la tertulia se reúne el 10 de noviembre de 1932 y uno de los asistentes procede a su lectura: “La desgracia más grande ha de rendirse, tarde o temprano, ante el valor incalculable de la filosofía; al igual que lo hace la ciudad más obstinada ante la vigilia incesante del enemigo.” En este punto, la luz parpadea y el recinto se queda a oscuras, muchos gritan. Llega la luz, y yace otro asistente a la tertulia desangrado en el suelo.

Esta vez, se trata del presbítero Lucio Malo: respetado clérigo, profesor de filosofía y teología del seminario, experto en el trasmundo y lo ultraterreno, defensor acérrimo de la existencia del cielo, del infierno, del purgatorio y hasta del limbo. Oficiante de causas perdidas y hacedor de unánimes noches. Su rostro, verde de la impresión al sentirse un difunto, es el comentario de los horrorizados tertulianos. De nada sirve que vayan en busca de sospechosos, la noche se cierra en sí misma y el silencio es perturbador.

El tercer y último caso se da el 15 de diciembre, con la lectura del texto La supersticiosa ética del lector, del libro Discusión (1932) de Jorge Luis Borges. Cuando el lector da inicio al texto: “La condición indigente de nuestras letras, su capacidad de atraer, han producido una superstición del estilo…” la luz del viejo recinto parpadea antes de la oscuridad total, y solo se escucha cuando un cuerpo inerme cae sobre el piso de tablas. Cuando llega la luz, don Demetrio Hinojosa, veterano abogado de las Cortes, se halla tendido en medio de copiosa sangre.

El informe de la policía acerca de los tres casos, fue dado a conocer cuatro meses después, y no fue conclusivo ni determinante. Pero vale la pena trascribirlo al respecto, y que cada quien saque sus propias deducciones, porque yo, que esto escribo, tengo dudas, y deberán ustedes ayudarme:
“La mano asesina en los tres casos fue siempre la misma, y era maestra, y nunca estuvo dentro de la librería: por el ángulo de entrada del arma blanca (un punzón) y la certeza al penetrar órganos vitales, se apostaba en la oscuridad en la antesala del recinto. Las ejecuciones fueron perfectas, las víctimas no se enteraban de haber sido atacadas y una vez sentadas caían desvanecidas. Se podría afirmar, que los tres fueron muertos vivientes, que escuchaban los introitos de las lecturas en pleno trance hacia el otro mundo…” Y por ahí se va el informe.

Del parpadeo de la luz previo a las tres oscuranas, nada se dijo entonces, y es un detalle significativo. Las tertulias cesaron y la librería cerró sus puertas, ningún desocupado lector, en su sano juicio, quería exponerse a la acción de la mano asesina.

rigilo99@gmail.com