Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 11:03 pm
ZABALA DE LA SERNA
Diario EL MUNDO de Madrid
Sevilla
Viene Curro Romero a paso de procesión por la calle Juan Pablos, entre el sol y sombra de los árboles y el otoño. Un cuarto de siglo después de su adiós de los ruedos, sigue vigente en la memoria de Sevilla. Abuelos y nietos que ni siquiera lo vieron torear profesan la fe del currismo. Y se le acercan como si no hubiera pasado el tiempo. Nadie esperaba el desenlace de aquel 22 de octubre del 2000. Curro, a sus 66 años, en la soledad de Bellasombra, su casa del Aljarafe sevillano, anunció por sorpresa que se retiraba. Más de 40 temporadas ininterrumpidas quedaron atrás. Había toreado esa mañana en un festival, mitológico ya, en La Algaba, junto a Morante de la Puebla. Y por la noche, en una entrevista en RNE con Fernando Fernández Román, Curro dijo que lo dejaba, sin más. Sin despedidas. Sin avisar a nadie, ni siquiera a su mujer, Carmen Tello. Ni a su cuadrilla. Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra forma y, sin embargo, sucedieron así, de la manera más fiel a sí mismo, a su leyenda hecha de silencios.
Veinticinco años después, el Faraón pasa por su Sevilla en silla de ruedas, a punto de cumplir 92. El pelo blanco desde la pandemia, la piel con un bronce gastado, el empaque intacto. Carmen cuenta que a Curro le da vergüenza llamar la atención por la calle. Llega a La Bodeguita Los Caracoles -su refugio gastronómico favorito- y se hace un silencio reverencial en la terraza, un respeto de paseíllo en la Maestranza. Curro (se) aparece y ya nadie puede mirar a otro sitio. Se levanta de la silla y camina hacia la puerta. Despacito. Nadie habla. En su mirada brilla un destello de optimismo por el que se asoma esa naturalidad alegre tan suya. Curro está contento cuando está rodeado de los íntimos, poquitos y buenos. Y sonríe al recordar con su gran amigo Javier Arenas anécdotas de Picoco, de Beni de Cádiz, de Carlos Herrera o de José María García. O cuando Macarena Olivencia le habla de Manolo Caracol. Y por encima de todo y de todos, cuando alguien nombra a Camarón, su alma gemela. En el año 25 d.C. (después de Curro), el mito conserva todo su universo por dentro.
Hoy el maestro -inmaculado con una guayabera de lino celeste- tiene un buen día. Acaba de superar el COVID, una neumonía, otra, que lo mantuvo hospitalizado. Sevilla entera permaneció en vilo, en vigilia de cariño. Por fin, después de muchas semanas, ha descansado: «Hoy he dormido del tirón», dice, y esboza una nueva sonrisa mientras se sienta a la mesa con toda su torería a cuestas. A la hora de comer, al icono sevillano le pueden las querencias gaditanas: queso payoyo, boquerones fritos y unas papas con chocos que quitan el “sentío”. Curro, como Villalón, divide el mundo en dos: Sevilla y Cádiz. Y para rematar, un sorbete de mandarina.
- Qué bien se le ve, maestro.
La procesión va por dentro...
Y sonríe otra vez. Con ganas. Curro Romero ya no parará de sonreír en toda la entrevista. Sostiene que le gustaría «ser eterno para reírse». Y que «reírse de oreja a oreja da mucho gusto». Hasta la risa le sale de manera pausada. Curro ha ahormado con su ejemplo una nueva filosofía de la despaciosidad. Y de la elegancia sencilla. Su hemeroteca está llena de sentencias senequistas de combustión lenta y profunda. Por ejemplo: «Qué difícil es comer despacio cuando hay ganas de comer». Séneca pregonaba que la vida es larga para quien la entiende y corta para quien la dilapida. Curro ha entendido que todo hay que hacerlo siempre despacito. «Y qué difícil es», suspira...
"El miedo es perenne. Siempre está ahí, no se
olvida nunca. Hay veces en que parece que no tienes miedo, pero lo tienes"
- ¿Cómo le vino el impulso de
retirarse tan discretamente, sin ruido?
Es que me daba vergüenza
retirarme. Cada uno es cada uno. Tenía una pelea conmigo mismo y me decía para
mis adentros: ¿hasta cuándo, Curro? Yo sabía que un día me iba a pegar una
voltereta el toro y me iba a dejar, por lo menos, cojo. Quería quedarme entero
y disfrutar de la vida.
- ¿Ese pensamiento es el que
le hizo decir «hasta aquí»?
Hombre, es que iba a cumplir 67
años. Y menos mal que mantenía un poquito las fuerzas en las piernas, pero me
parecía una locura, porque el toro tiene mucha potencia y tiene siempre la
misma edad, y yo cumplía uno más cada año. Hay que ser consciente de que la
vida es lo más importante. Salía a jugármela cuando me embestía un toro bravo y
bueno. Y me volvía loco de contento, porque podía sentirme, afortunadamente,
con esos toros. Porque con un toro que no obedece o es manso es muy difícil emocionar.
Me gustaba llegar a ese punto, que es maravilloso. Me ha salido de cuando en
cuando, y me gustaría haberlo repetido más. Pero ya no sería igual si lo
hubiera hecho muchas veces...
- Ese día un novillo le pegó
una voltereta a Morante y eso a usted le hizo pensar aún más, ¿no?
Sí, en la plaza se te pasan
muchas cosas muy rápido por la cabeza.
- Usted el toro lo veía
prontísimo.
Siempre tienes que ser muy
sensible y tomar las decisiones muy rápidas, porque con un toro te dan 10
minutos para poner aquello al rojo vivo... de una forma o de otra. Y había que
ser breve para no aburrir a la gente. Salían de la plaza poniéndome verde y con
las venas saltadas. Emilio Romero [director del diario Pueblo] me dijo que yo
era el torero que más irritaba a los públicos de España. Y yo le contesté: «¿Y
no es peor aburrirlos?».
- Cuando abreviaba y mataba
rápido al toro, la gente se enfadaba no por lo que había visto, sino por todo
lo que había dejado de ver...
Ahora no pasa eso. Ahora le pegan
cuarenta o cincuenta pases y toca las palmas toda la plaza. Eso hace mucho
daño. El aficionado bueno ha dejado de existir.
- Y usted, sin embargo, nunca
se traicionó. Nunca se desvió de su concepto. Si había que ir por la calle en
medio, se iba.
A conciencia. Nunca me he traicionado,
nunca.
"Seguir soñando con torear me da vida; sueño
con torear bien y que la alegría que siento no se acaba nunca"
«Las cornadas a Curro se las dio
el toro bueno. Él nunca se dejó coger por el toro malo», tercia Carmen Tello.
«No hablemos de eso», despeja Curro, que espanta de su cabeza la imagen de las
cornadas. Pero acaba cediendo poco después y argumenta que «es más fácil que te
coja el bueno que el malo, porque con el malo no te das coba».
- ¿Sigue soñando con el toreo?
¿Sigue pensando en la faena perfecta?
Soñar con torear me da vida. Me
siguen viniendo cosas buenas a la cabeza y eso me da la vida. Sueño con torear
bien y que la alegría que siento no se acaba nunca.
- Su sueño era poder torear
toda la faena con el capote, a la verónica, claro. Con ese capotillo tan
pequeño suyo.
Claro. Yo el capote lo fui
recogiendo con los años porque era muy grande. Me acoplaba muy bien. Con el
capote pequeño es más fácil ajustarse. La bambaleta no es tan grande y no
sacudes al toro para afuera; toreas para dentro. Tiene más exposición, y gozas
más, y emocionas más. A los toros hay que acariciarlos toreando con la panza
del capote.
- Cuando sueña con torear, o
cuando recuerda todo lo vivido, ¿todavía siente miedo?
El miedo es perenne. Siempre está
ahí, no se olvida nunca. ¡Afortunadamente! En el hospital soñaba con vacas de
todos los colores. Cuando estás toreando, el miedo pasa sobre la marcha. Hay
veces que parece que no tienes miedo, pero lo tienes.
- ¿Piensa mucho en la muerte?
La muerte siempre se está
paseando por delante. Cuando toreaba y ahora, pero hay que dejarla aparcada
porque si no, no se podría vivir.
- ¿Y qué le pide Curro Romero
a lo que le queda de vida?
Le pido lo más sencillo, que es
tranquilidad y salud. Ahí entra todo.
- Veinticinco años después de
retirarse, ¿qué legado quiere dejar?
Lo importante son los recuerdos
que he dejado a mis partidarios. Cuando se acuerden de mí, me gustaría que
dijeran que fui buena gente. Lo mejor es haber sido bueno.
Un cuarto de siglo después, el
Faraón de Camas ha regalado todos sus capotes y todos sus vestidos. Se ha
desprendido de toda la nostalgia. «No quiero saber nada de lo pasado; yo los
recuerdos los llevo guardados en un rinconcito y si hay que usarlos, se usan,
pero vivo el presente, por supuesto que vivo el presente. No pienso en el
pasado, ni en lo bueno ni en lo malo. Lo que me interesa es lo que pasa en el
día». Lo ha regalado todo, todo... menos unos zapatos de Camarón, su gran
amigo. Los compró en una subasta porque le daba pena que nadie hubiera pujado
por ellos.
- Camarón era un poco el Curro
Romero del cante, ¿no?
Hacíamos mucha vida. Era una
persona distinta a todas. Lo conocí en La Venta de Vargas (San Fernando, Cádiz)
con ocho o nueve años. Ya se sabía que iba a ser un fenómeno de la naturaleza.
- Usted ha sido un payo con un
soniquete muy gitano.
[Se le ilumina en la cara la
sonrisa más grande de todas]. Los gitanos me han dado mucho cariño. Yo era uno
más entre ellos y nadie se las daba de nada. He sido muy osado por cantar
fandangos. Caracol, después de escucharme, me dijo: «Tú, a torear».
- Camarón y usted exprimieron
la noche y la vida juntos.
Pasamos muchas noches juntos, y
no hablábamos. Noches enteras sin que hiciera falta hablar. Hablábamos muy poco
y nos reíamos mucho. Yo estoy siempre deseando ver gente riéndose para que me
provoque la risa a mí. Cuando te ríes estás muy sano, no te duele nada.
Volvamos ahora de Cádiz a
Sevilla, rompeolas de todos los currismos. Curro se considera a sí mismo «un
torero de la otra orilla», de la estirpe trianera de Belmonte, Cagancho y Curro
Puya, ese espejo suyo a la verónica en la década de los 60. «Camas es Triana»,
remata, antes de confesar que, cuando pasa por delante de su estatua, junto a
La Maestranza, le gustaría «cogerle la cara y ponerla mirando para allá». Para
Camas.
- Es impresionante la devoción
de esta ciudad por Curro después de haberse retirado hace 25 años. Usted es el
gran amor de Sevilla.
Es tremendo. Hay niños chicos que
ni siquiera me vieron torear, y se acercan porque escucharon a sus abuelos. Y,
claro, son partidarios buenos, porque los niños hacen mucho caso a los abuelos.
- ¿Es consciente de que el
currismo es una fe?
A Camarón y a mí nos han pasado
unos casos... Yo no sé si llegué a contar lo que me pasó con tres enfermos que
estaban sentenciados. Uno, en Almuñécar (Granada). Vinieron unos cuantos de su
parte y yo dije que ya no iba a más comidas, pero el médico me dijo que le
quedaban dos meses de vida y ante eso doblé y dije «claro que sí, voy». Y pasé
un rato muy malo porque el enfermo me hacía reír. Y luego me llevó a su casa
con su familia. Fue muy duro. Otro, en Tomares (Sevilla) y otro que se iba ya
p'allá, el pobre, en Camas. Y con Camarón venían las gitanas con sus hijos bajo
el brazo para que les pusiera las manos en la cabeza y él decía que no servía
para eso, que se moría de pena y que por eso se dejaba ver poco. Igual que yo.
Yo estaba escondido siempre en la montaña de Marbella, y no bajaba.
- Era muy feliz en Marbella
como un ermitaño.
Ojú. Solo, solo. Luego vinieron
unos vecinos y ya me acorralaron. Y ya era otra cosa. Pero viví unos años
magníficos cuando estaba solo, solo. La soledad era mi amiga, no me peleaba con
ella. A mí me gusta estar solo y que no me conozca nadie. A veces me gustaría
ser invisible, siempre lo he dicho.
- La alegría que le daba a
usted cuando por la calle, en vez de pararle con un «¡hola, Curro!», le decían
«¡adiós, Curro!»...
Un día iba de paseo yo solo por
Sevilla, mirando para abajo, y escuché una voz: «¡Adiós, Curro!». Y cuando
levanté la cabeza, el que me lo dijo ya estaba a 10 metros de mí, y sin
mirarme. Se había ido mirando para abajo también. Y yo pensé: «Oooole, ¡éste es
el bueno, éste es el bueno!».
Hablemos ahora de los toreros que
le han marcado en el pasado y que le interesan en el presente. Hace 25 años, en
aquel festival que precipitó su retirada, Curro Romero cedió el testigo
simbólico a Morante de la Puebla, que es ahora quien dice adiós por sorpresa,
como cerrando un ciclo completo de la tauromaquia sevillana.
"Solo Morante sabe si volverá, pero se ha ido
en el mejor momento de su carrera y con toda la fuerza de la afición"
- ¿Qué piensa sobre la
retirada de Morante?
Eso es una cosa que él ha
decidido y yo no puedo pensar por él.
- ¿Usted cree que Morante
volverá a los ruedos?
Si volverá sólo lo sabe él. Eso
sí, se ha ido en el mejor momento de su carrera y con toda la fuerza de la
afición.
- Cuando Morante cortó el rabo
en Sevilla, usted tuvo el generoso detalle de coger el teléfono y llamarlo.
Sí, lo llamé. Y eso que no me
gustan mucho los trofeos, porque si uno pincha ya no le dan las orejas. ¿Qué es
lo que ha valido, entonces, la espada o los 15 ó 20 muletazos de una faena
grandiosa? Y el rabo, que lo perfumen...
- Usted se considera que sólo
ha sido «un hombre con estrella».
Es que ésa es la verdad.
- ¿Qué toreros coetáneos le
han llegado al alma, maestro?
Cuatro toreros me han gustado:
Pepe Luis Vázquez, Pepe Luis hijo, Rafael de Paula y, por encima de todos,
Antonio Ordóñez, que tenía sus cosas, pero a mí me quería mucho. Un torero
bueno es muy difícil que sea mala persona. La amargura es cosa de los
mediocres.
- ¿Y de ahora? ¿En qué toreros
ve Curro una continuación de su estirpe?
Pablo Aguado tiene buenas
cualidades y cuando le embiste un toro tiene cosas interesantes que me gustan
mucho. Urdiales les da el medio pecho. Y Morante y Ortega también.
Ahora la tauromaquia resiste
gracias a su blindaje legal como patrimonio cultural, pero no siempre fue así.
Usted, en su empeño para que los toros no dependieran del Ministerio del
Interior, sino del de Cultura, se reunió con José María Aznar, que le dijo que
no, que había que dejarlos como estaban.
Me dejó mudo. Tendría que haberle
contestado «¿y tú qué sabes?». Pero yo no me pongo a su altura...
- Usted no tiene maldad.
¿Y para qué la quiero?
- Desde ese fondo de bondad,
¿cómo ve un mundo tan acanallado como el de ahora?
El mundo ha cambiado porque ahora
la gente cree en la mentira. Todo el mundo va loco, corriendo y mirando el
reloj. Este mundo está equivocado.