Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 08:39 pm
In Memoriam de
Noris Coromoto Sosa de Contreras
A los dieciséis años, Noris Coromoto Sosa era la muchacha más linda del colegio Arzobispo Silva. Los muchachos se morían por llevarle el bulto y por una sonrisa. Si ella les decía gracias, con su voz armoniosa, los muchachos quedaban como muertos. Lucía el uniforme con porte de princesa y cuando era un colorido vestido, entonces parecía una reina. Alta, piel blanca, largo pelo quizás marrón claro, finas manos, ojos muy vivaces, grandes, la distinguían.
Además, de inteligente, preocupada y responsable en el cumplimiento de sus obligaciones ayudando a la buena y dulce madre en las tareas del hogar, Noris siempre estaba de primera en las calificaciones. A sus quince había leído a los monstruos sagrados del realismo mágico y podía hablar con la naturalidad de quién si sabe lo que para la literatura hispanoamericana significó el boom de los sesenta, encabezado por el magistral mago salido de Macondo a conquistar el mundo, el Gabo.
Desde niña le gustaba jugar a ser maestra. Las cuatro muñecas que atesoraba eran sus aplicados alumnos. Grande ya, la decisión de serlo era definitiva y, al culminar su bachillerato, aplicó fácil en su ingreso a la carrera de Educación y, en la prestigiosa ULA, de tanta historia y entrega sembrando las bases del futuro, también se distinguió.
Muy estimada por profesores y decanos, el estudiantado asimismo la vio actuar siempre a favor de las reivindicaciones y, ya militante de la juventud del partido Acción Democrática, Noris se labró a pulso su galardón de lideresa. Izando la bandera blanca con el escudo del Partido del Pueblo, recorrió la geografía merideña pregonando ideales. Así la fueron conociendo, así la fueron queriendo y así la aceptaron a la hora de los reconocimientos.
Pero no sabía que tenía un enamorado secreto, que la enamoraba sin decirle nada desde los tres últimos años de colegio. Un joven, flaco, pequeño de estatura, jovial siempre, pero también inteligente, dedicado igualmente a la predicación de la ideología socialdemócrata, representada por el partido Acción Democrática, que su señor padre había ayudado fundar en la región de los otros páramos, la de Los Pueblos del Sur.
El enamorado en solitario venía de El Morro, allá arriba, lejos, detrás de las montañas con nieve, custodiando las espaldas del piedemonte hacia la otra inmensidad, la llanura barinesa. Su papá se llamaba Rafael Contreras, un respetable ciudadano, verdadero líder comunal que logró concentrar el mayor número de voluntades para hacer del pueblo uno de los sitios más hermosos del mapa merideño. Porque Don Rafael era un adelantado de su tiempo, El Morro pronto tuvo distinciones que, su gente, laboriosa como humilde, trabajadora como alegre, las fue logrando con la emoción del descubrimiento.
Doña Ercilia, la abnegada esposa, la mejor madre, le secundaba tanto como le amaba. Ella, viva todavía y próxima a cumplir el siglo, lo recuerda: “Nunca estaba quieto. Era un hombre muy activo. Como si mirara en un espejo lo que se necesitaba para el pueblo, ensillaba su caballo y la mula para la carga y, de madrugada, salía a diligenciar en Mérida lo que al Morro le hacía falta”.
Fueron naciendo los hijos, crecieron, estudiaron y se graduaron, todos profesionales de prestigio, bajo la firmeza de Don Rafael y la afabilidad de Doña Ercilia, que ya vivía en Mérida por aquello de cuidar de cerca a la prole.
Libardo, al cumplir los 18 tuvo, valor suficiente para enfrentar dos grandes retos: decirle a Noris que la amaba y a Don Rafael que amaba a Noris. Igual tarea cumpliría ante Don Ramón Antonio Sosa, el padre de Noris, y a Doña María del Rosario Flores, la madre. Lo vieron muchacho serio, responsable y también estudioso.
Noris, que se le alegraba el corazón cada vez que Libardo buscaba algún pretexto para verla o hablarle, pero no se lo decía, lo pensó durante dos semanas. Un lunes respondió al mediodía. El “Sí” le dio valor para emprender el segundo episodio.
Subió un fin de semana al pueblo y se lo dijo en la noche al papá, que ya había conocido a “la jovencita más linda de Mérida”, tal cual se lo dijese Doña Ercilia cuando el enamorado la presentó en la casa. “Con el noviazgo, estoy de acuerdo”, fue la respuesta. “Habrá que esperar para el casamiento, que es cosa seria”, le advirtió. Libardo esperó tres años. A los 21 pudo, al fin, casarse. Eso fue el 25 de julio de 1986, en la Iglesia El Llano.
Por la distancia, vinieron pocas gentes amigas y familiares a la boda, que se celebró modestamente en Mérida. Dos semanas después, los recién casados fueron al pueblo y allá la fiesta duró tres días. El cronista se permite imaginar que, provenientes de Aricagua, Mucutuy, Mucuchachí y Acequias a Los Nevados bajaron y de Socopó, Santa Bárbara y Barinas subieron los invitados.
Imaginar que vinieron cien jinetes cabalgando desde esas infinitas lejanías para conocer a la novia más linda del mundo que se había casado con el hijo de Don Rafaelito Contreras. Imaginar la cara maravillada de los niños del pueblo observando pastar a los caballos a la entrada del pequeño pueblo.
Imaginar que en esos tres días se repartieron novecientos desayunos, almuerzos y cenas; cincuenta ollas de tisana para los menores y el alambicado michito para los grandes. Imaginar que se bailó porque hubo violines, guitarras, mandolinas; arpa, cuatro y maracas, además del acordeón llorando vallenatos. Imaginar a Noris, que siempre derrochó simpatía, feliz, feliz, feliz, recordando y describiendo con lujo de detalles, lo que pudo haber sido el casamiento del siglo. Le dio a Libardo tres hijos: Libardo Emmanuel, Norlys Dayary y Norlendy del Valle, y tres nietos que adoraba; Nur Nabellaht, Julián y Monserrat.
De alma noble, buscaba ayudar cuanto podía a quien acudía necesitando un favor, en la calle, en el partido, en la oficina, en la casa. Eficiente servidora pública, jamás incumplió obligaciones. Ley en mano, se convirtió en defensora de sus colegas y el magisterio le tuvo respeto, admiración y confianza, igual tirios que troyanos.
Fue Noris una apasionada por el mejoramiento social de los más desposeídos y, ya en su condición de educadora, se le veía en todas partes donde estaban las autoridades buscando soluciones para los olvidados de la vida. Y encontraba respuestas, porque Noris se hacía entender y le entendían. En su partido, otro tanto. De palabra fácil, irradiando simpatía y con una felicidad siempre a flote. Iba de un lugar al otro haciendo el bien, le respetaban, la sabían luchadora, sin más intereses que el bienestar de todos para todos.
Buena lideresa, se movía por toda la grao grafía merideña llevando el mensaje democrático, hablando de su sueño de ver a nuestro país crecer, desarrollarse y de gran figuración; igual que soñaba con ver a Mérida como un estado refulgente, cuando la luz del sol amanecía para dejar atrás la eterna neblina que baja de los páramos; y soñar igual que nuestra capital cada vez más se erguía orgullosa en el mapa nacional; deseando que otra vez fuese la antigua de los caballeros, las universidad que tiene una ciudad por dentro.
La merideñidad le tuvo siempre entre las figuras descollantes de la Educación, al lado de los grandes, siempre. Nadie le regateaba su lugar. Por el contrario, se le respetaba, se le defendía, porque Noris lo merecía, así de simple y grandioso, así de verdadero.
La muerte le sorprendió al frente del Instituto de Previsión Social del Maestro Merideño (IPAS Estatal), cargo al cual la llevó su amigo y compañero de ideales, el gobernador Ramón Guevara.
Honor a su memoria.