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Por Ricardo Gil Otaiza

Imploró Poirot por Ricardo Gil Otaiza



Imploró Poirot por Ricardo Gil Otaiza

Muchos años después, Hércules Poirot y su amiga Ariadne Oliver, regresan a Overcliffe a indagar acerca del caso del general Alistair Ravenscroft y su esposa Margaret, hallados muertos por disparos junto al acantilado, en un caso que el mundo conoció como Elephants Can Remember. El olfato de Poirot, aunado a la destreza detectivesca y novelística de su compañera, eran clave para ir más allá de lo que el común de la gente asumió desde entonces: “un pacto suicida o asesinato-suicidio”, que tranquilizó a muchos, pero que dejó en esta pareja de sabuesos el extraño sabor de lo inconcluso.

Luego, este dúo apuntó en el blanco y, lo que en un principio era un “algo” si se quiere azaroso, dado en una pareja que había decidido terminar con su existencia e irse al otro mundo en compañía, resultó más complejo de lo que habían pensado.

Todo había sido una oscura confusión de identidades entre Margaret Ravenscroft y su hermana gemela Dorothea (Dolly) Preston-Grey, enferma mental. La pareja la cuidaba en secreto y un mal día, Dolly tomó un arma de Alistair y le disparó a su hermana, presa de delirios persecutorios. Alistair, en un acto desesperado, quiso detenerla y mata a la mujer de un disparo. Para proteger el buen nombre de su esposa y el de su familia, el general decide desaparecer del mundo para así ocultar la verdad, y deja correr la farsa de que los cadáveres hallados en el acantilado eran el suyo y el de su mujer.

Poirot y Ariadne estaban eufóricos, pletóricos de dicha al haber dado con la clave del caso, y lo anunciaron jubilosos al mundo. No obstante, Poirot percibe en su compañera ciertos detalles que lo hacen dudar acerca de su verdadera identidad, pero no se lo dice, y asume en silencio indagarla, seguir sus huellas y develar lo que oculta.

Intuye Poirot (debido a su vasta experiencia de 84 casos resueltos en toda su carrera), que en Ariadne se da una suerte de extraña duplicidad-intuición, que la hace adelantarse de manera inaudita (casi ficcional) al desenlace de los hechos investigados. Es como si supiera de antemano lo que va a acontecer, lo que sobrepasa, según su criterio, la “normal” experticia en el área, que permite olfatear, deducir y conjeturar acerca de un caso (transige), pero nunca tener la certeza en un territorio signado por luces y sombras, medias verdades y hondos abismos.

Poirot sentía que los caminos se cerraban a su paso: que una especie de determinismo cruel y fatal se dibujaba en su destino. Era perentorio conocer qué ocultaba Ariadne, ya que de ello dependía su propia vida. Se miraba al espejo y se veía envejecido, el peso le había ganado la batalla: sus fuerzas languidecían en una suerte de cuenta regresiva que no lograba precisar. Se recriminaba mil veces el no haber percibido mucho antes la dicotomía de su compañera, o ese adelantarse a la existencia como si tuviera en sus manos una bola de cristal, que le permitía ver más de lo que él veía; como si ella tuviera la capacidad de escribir el futuro.

Corrían las postrimerías del año 1974 y, a pesar de todos los casos resueltos y de ser un detective estrella en el Reino Unido, en Francia, en Egipto, en el Oriente Medio, en Jordania, y hasta en Turquía, a Poirot lo atenazaba un presentimiento, como si el asomo de un albur se hiciera presente para robarle los sueños, como si su larga carrera de detective estuviera llegando a su final y una vaga sensación de fracaso le pisara los talones. Si bien su fama se extendía por un vasto mundo y no había tardado en llegarle el reconocimiento, ahora sentía el estupor del desconcierto: un frío en el espinazo le hacía temblar de miedo y huir hacia adelante en busca de incomprensibles razones.

Poirot sabía que en su compañera Ariadna hallaría la clave, y no le perdió pisada: se armó de los mejores artilugios para despistarla, para desviar su mirada, para no despertar en ella ni un asomo de sospecha.

Un año después, luego de haber vivido el infierno, Poirot es convocado a desentrañar un nuevo caso, llamado por todos como Curtain (Telón). Curiosamente, debía ir de nuevo a la mansión Styles Court, en donde desentrañó su primer caso. En el acto entendió que se cerraba sobre sí un círculo, y que recogía sus pasos. La intuición le decía que no le quedaba mucho tiempo, que tenía que llegar a la persona que urdía a la sombra todo aquello. Fue entonces cuando descubrió que detrás de toda su trayectoria como sabueso, había una mano maestra.

Desesperado, invita a su colega y amiga Ariadna Oliver a un café, y en medio del estruendo del ruido de las tazas y de la gente, le pide que le revele algo sobre la mente que guiaba sus pasos. La mujer, con asombro y melancolía, le confiesa ser solo una sombra de ella: “Una mujer que vive entre palabras y enigmas. Verme, es verla a ella” —le dice enigmática.

Poirot, con aguda intuición, comprende entonces que no son más que una creación literaria en manos de una mente superior.

- “Sí —responde Ariadna— ambos somos personajes de ficción, alguien nos inventa. Es más, yo soy su Alter Ego”.

En esta última conversación, cargada de gratitud y misterio, él conoce a su creadora a través de su reflejo.

- “¿Dime entonces su nombre?, debo hallarla antes de que escriba el final de esta historia, y caiga abatido por la muerte” —imploró Poirot con un ligero temblor en los labios. Ella, con tristeza en el rostro, no quiso ocultarle a su colega y amigo la verdad:

- “La historia está contada desde hace más de treinta años. Esta es tu última aparición en escena” —dijo, al tiempo que se levantaba de la mesa, no sin antes develarle el nombre de su creadora:

- “Se llama Agatha Christie” —agregó.

rigilo99@gmail.com