Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 12:18 am
Sin duda la democracia, con todos sus defectos y problemas, a veces de compleja solución, es la regla más sensata para la organización y funcionamiento político de las sociedades.
Como práctica, hay que admitir que la cuestión luce más discutible. Es un invento sencillo de muy difícil aplicación. La verdad es que actualmente sólo uno de cada cinco habitantes del planeta vive en libertad. El expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti, eminente estadista latinoamericano, nos advirtió de su fragilidad en nuestra región, hoy parece que el riesgo es más extendido. No hemos tenido, opina, “la madurez política necesaria”.
Es una planta frágil en ecosistema adverso. La acosan los personalismos, la arbitrariedad o la corrupción, ligado a los tres anteriores el continuismo, cuando a pesar la experiencia histórica y sus enseñanzas, un revisionismo hace que menudeen las reelecciones, unas mediante modificación constitucional ad hoc, otras por mañosería con o sin ayuda judicial. Súmese al paquete la legalidad moldeable, como de plastilina, en las manos del poder, manos toscas, sucias o las dos. En la mezcla hay que incluir la impaciencia social y las crisis de los sistemas de partidos, dato imposible de ignorar pero frecuentemente olvidado. Así como no hay economía de mercado sin empresas, no hay política democrática sin partidos.
Más vale maña que fuerza reza un viejo dicho y a veces combinar ambas es el secreto para permanecer en el poder de gobernantes electos que los hay para todos los gustos o todos los disgustos. Valorar esa noticia según a uno le simpatice o no una forma de gobernar nos pone en terreno cenagoso e incierto, sea la derecha o la izquierda, comprar estabilidad a base de ejercicio discrecional de poder a la larga siempre es mal negocio, principalmente para los pueblos.
No debemos acostumbrarnos a lo que el peruano Pedro Planas advertía como “Cierto continuado divorcio entre la teoría constitucional y el ejercicio efectivo” del poder. Es deber ciudadano insistir en el reclamo que gana fuerza si va junto a la participación. Las tensiones se resuelven con diálogos constantes. El “estrecho corredor” dicen Acemoglu y Robinson, entre un Estado fuerte capaz de ofrecer respuestas y una sociedad civil fuerte que exige, es el espacio de desarrollo de la libertad.