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Por Ricardo Gil Otaiza

El recuerdo de Isabelita por Ricardo Gil Otaiza



El recuerdo de Isabelita por Ricardo Gil Otaiza

Al finalizar cada tarde, Isabelita iba a casa a buscar las sobras de las comidas para alimentar a sus cerdos. Era, si se quiere, una mujer simple: analfabeta, campesina, sin ínfulas de nada. Su único interés era engordar a sus animales y, una vez que alcanzaban el tamaño y el peso adecuados, los malvendía en el mercado en cada temporada, y eso le posibilitaba vivir en medio de una humildad penosa, tocante en la miseria.

Isabelita llegaba preparada con un cubo en cada mano, y en su caminar se podía percibir el agotamiento y desahucio acumulados: los días repetidos y cansinos en el duro trabajo, el sol y el frío marcados en un rostro cincelado con fiereza durante todos los años del mundo.

Ahora que lo pienso, la mujer tendría para entonces unos 70 años, quizá menos, pero sus ojos fatigados por el correcorre de cada día, la delataban en su ingrimitud interior, en el desmadre de una existencia que tal vez, siendo joven aún, imaginó de mejor suerte, pero en el rodar de las vicisitudes la piel se aja y el corazón se achica, y hace de cada jornada una dura prueba del vivir.

Que recuerde, Isabelita vivía sola (bueno: rodeada de animales, que son enorme compañía), y su lugar era una suerte de solar o finca ubicado entre la iglesia y el cementerio municipal, colindante con la vega del río.

Es decir, su lugar no era su lugar. Tal vez, lucubro, había sido dejada allí en tiempos remotos y por caridad, a la buena de Dios, de parte del cura de la Iglesia, que quería certificar, y a la vista de todos en el barrio, que la institución eclesiástica que representaba era el vivo ejemplo de la misericordia de la que hablaba con fuerza cada domingo en la misa.

Isabelita no tenía que tocar a la puerta de la casa, entraba sin previo aviso y todos, en particular los niños, la veíamos como a un miembro más de la familia: como a una figura necesaria en el duro contraste de una realidad diversa, injusta por demás, que daba a algunos lo que anhelaban y a muchos otros las sobras que caían de la mesa.

Era todo un personaje, sus opiniones y comentarios que lanzaba por doquier, dejaban ver a una mujer crédula e ingenua, con una mirada triste y sin matices, que no sabía establecer los límites entre la realidad y la ficción.

Y no tenía por qué saberlo, solo que, al ver de pasada algún fragmento de una serie de vaqueros, tan de moda en los años sesenta, cuando pasaba con sus cubos frente al televisor (que estaba cerca de la puerta de la calle), se quedaba pasmada, detenida frente a la pantalla, tal vez horrorizada y sufriendo a más no poder, al pensar que aquellas balas que se disparaban los personajes eran del mundo real, y que las muertes acontecían allí mismo, frente a sus ojos.

Para Isabelita, la pantalla del televisor era una pequeña ventana al mundo (y lo es, qué duda cabe, pero en otro sentido, aunque hemos sido espectadores en vivo y directo de sucesos terribles, pero ese es otro asunto), y que estaba puesta allí para que, quienes la miráramos, fuésemos testigos de excepción de un horror ficcional que ella era incapaz de procesar sin exclamar: “Ay Dios Santo, ¡cómo se matan!”.

Era Isabelita una espectadora de la ficción en estado puro, sin influencia ni contaminación alguna, con una mirada limpia y transparente, que veía y creía en lo que veía. De alguna manera, en ella se cumplía a cabalidad el anhelo literario de la verosimilitud.

Un buen día, quitaron al sacerdote de siempre, que llevaba en el barrio varias décadas, y el nuevo párroco entró con ideas de cambio. Poco tiempo después, planeó construir la casa cural en el solar en el que vivía Isabelita, por lo que debía abandonar su lugar en un plazo perentorio y sin excusas.

¿Adónde iría? ¿De qué viviría? ¿Cuál sería su destino? A nadie le importó. La comunidad se desentendió del asunto y la mujer quedó en un absoluto estado de orfandad. No tenía nada, solo los animales y lo que llevaba puesto.

En pocas semanas, Isabelita tuvo que malvender sus animales y con esa plata buscó sin mucha suerte un techo para guarecerse. Como no sabía leer ni escribir, los usureros se aprovecharon de ella, y a cambio de lo vendido apenas recibió lo suficiente para un pasaje y así marcharse a su pueblo.

¿Cuál era su pueblo? Nadie lo supo jamás, porque era mujer de pocas palabras y no muy dada a la confianza con la gente. Ni siquiera en casa pudimos saber cuál sería su destino. La ayudamos en lo que pudimos, y al cabo de un tiempo no supimos nada más de ella.

Hoy no podría decir cuál era su apellido, porque al ser una mujer esencial, no requería de tanta pomposidad para ser identificada. Cada vez que en casa le preguntábamos cuál era su nombre completo, respondía que Isabelita, y si intentábamos conocer el apellido, su voz se perdía en un galimatías, y de tanto insistir se marchaba molesta.

Pensaba, tal vez, que el apellido la despersonalizaba, le hacía perder su identidad: la noción de ser y de estar en el ahora bajo el cariñoso nombre de Isabelita.

A lo mejor, su nombre ni siquiera era con diminutivo, y la fuerza del uso y del cariño de la gente la rebautizó con un sutil remoquete que la hacía única e inconfundible, anclada en una noción que no establecía los límites entre la realidad y la fábula, entre la vida concreta y la emulada en artificios y complicaciones, que no estaba en el ánimo de entender, ni mucho menos de asumir.

¿Qué fue de Isabelita? No lo sabremos jamás. Está, eso sí, en la memoria de muchos, en sus idas y vueltas con los cubos de comida para sus animales, en su torpe ingenuidad al creer todo lo que sus ojos veían, en su caminar torcido por las calles del barrio; en su volatilidad para hacerse bruma y recuerdo. 

rigilo99@gmail.com