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El último cuerpo de la fila por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


En la biblioteca, Dupin halló abierto sobre la mesa de trabajo uno de sus clásicos, y en la primera página estaba dibujada una enorme cruz negra, similar a las que el asesino dejaba como marca en las puertas de las casas de sus víctimas

Auguste Dupin había dedicado muchas horas de sus últimas semanas, a investigar acerca de un misterioso asesinato ocurrido en una céntrica calle de París, y, como era su costumbre, había puesto bastante de su intelecto y sagacidad para dar con el punto crítico del horrendo crimen, en el que, el brutal asesino, por demás analítico e inteligente (aunque no más que él, se vanagloriaba Dupin a lo interno), dejaba ver solo lo que le convenía, o desperdigaba numerosas pistas (unas falsas y otras no) con la intención de confundir a los que indagaran, y de este modo ganar más tiempo.

El detective había tenido varios meses de enormes tribulaciones, y debía multiplicar su inventiva para dividirse sin perder eficacia. Cuando todos daban por cerrado el asesinato del maestro Mark, que tanto escándalo hizo en París, y que, en apariencia, había sido para robarle el dinero, la realidad se mostró en todos sus matices para certificar lo que Dupin había vaticinado desde su arrogante intelectualidad: había una red de complicidad familiar para quedarse con la herencia, de la mano de su hijo adoptivo (el pequeño e inocente Lord). Un día después otros truculentos casos tocaron a su puerta.

Si una virtud se reconocía en Dupin, era su capacidad de observación (amén de su olfato perruno), que lo llevaba al meollo del misterio antes que los otros. En el día, se daba a la tarea de recorrer la ciudad entre archivos y testimonios, bebía abundante té, y, entrada la noche, regresaba a su residencia, la mansión Faubourg Saint-Germain: de arquitectura gótica, con largos y oscuros pasillos, espacios cómodos y elegantes, y paredes recubiertas con pinturas medievales entregadas por sus clientes como formas de pago. Una vez en casa, comía frugalmente y se internaba casi hasta la medianoche en su biblioteca, ubicada en la planta baja, y leía con fruición los clásicos. Bueno, más que leer, los escudriñaba. Solía afirmar que de ellos obtenía más información para sus pesquisas, que de la oscura realidad.

A Dupin lo traía de cabeza un enigma particularmente intrincado en las afueras de París: varias desapariciones sin conexión aparente. El único punto en común era algo significativo: el asesino marcaba las casas de sus víctimas con una cruz negra. Dupin se dio a la tarea de estudiar los hechos y, como solía pasarle cuando estaba en pleno trance de indagación criminal, dejaba de beber, de comer y de dormir, al extremo de caer abatido por el agotamiento y tener que ser llevado por sus amigos al hospital. Al verlo llegar, el personal ya sabía que el detective tenía entre manos un complejo caso por resolver.

Una noche, y en plena fase de investigación documental de los asesinatos, recibió la visita de uno de sus mejores amigos (el narrador habitual de sus hazañas), quien le hizo notar que siempre dedicaba mucho tiempo a resolver lo externo (crímenes, misterios, desapariciones, asaltos, violaciones y otras fechorías ocurridas en la gran ciudad), pero que había comenzado a ignorar lo interno. Dupin lo miró fijamente, y el amigo prosiguió:

-Tu casa guarda más secretos que las calles, Dupin. ¿Has escuchado el sonido?
- ¿Qué sonido? preguntó —Dupin ceñudo.
-El eco que no obedece a la lógica… como si otro paso siguiera el tuyo.

Dupin no prestó atención a lo que le dijo el amigo: su prepotencia intelectual lo llevaba a desestimar los indicios que otros le daban, como si aceptarlos minimizara el peso de su propia valía detectivesca. No obstante, cuando el amigo se marchó, cerca de las once de la noche, una inquietud lo sorprendió: un tintineo en el centro del estómago, que nunca había sentido cuando asumía la investigación de un caso.

No quiso sugestionarse, pero a partir de entonces percibía el prolongado crujir de la madera de las escaleras, cuando él ya había alcanzado el segundo piso. Es más, su gato comenzó a comportarse de manera extraña y errática, como si una presencia ajena intranquilizara al animal. De pronto, se quedaba mirando hacia un determinado rincón y Dupin no lograba sacarlo de aquel mutismo. Los días posteriores el animal no quería entrar a los espacios de la mansión, como si un inaudito temor lo atenazara.

En la biblioteca, Dupin halló abierto sobre la mesa de trabajo uno de sus clásicos, y en la primera página estaba dibujada una enorme cruz negra, similar a las que el asesino dejaba como marca en las puertas de las casas de sus víctimas, y esto lo inquietó. De pronto, un bronco quejido venido del sótano llamó su atención.

Armándose con una lámpara de keroseno, Dupin bajó las escaleras y llegó al sótano, el olor de la humedad le golpeó el olfato y le heló la sangre. La llama proyectaba en las paredes imágenes grotescas y fantasmales, y entonces vio una ranura que atravesaba la pared a lo largo, y recordó que él mismo había puesto allí una falsa división, que por acción de la humedad y del calor del verano ahora se desprendía. Sin dificultad, entró a una suerte de cámara que no estaba cuando adquirió la mansión, y lo que vio lo dejó atónito: restos humanos momificados puestos allí como si de estatuas se tratara. El último cuerpo de la fila era el del maestro Mark, desaparecido meses atrás. Levantó la lámpara sobre su cabeza y pudo ver pintada en la pared la cruz negra que desde hacía días lo obsesionaba.

Dupin no supo qué fue lo peor: el macabro descubrimiento, o el recordar que él había organizado aquella cámara mortuoria y siempre creyó que todo había sido un sueño. El asesino que buscaba afuera, en la periferia de la gran París, se hallaba en los meandros de su propia mente.

rigilo99@gmail.com




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