Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 09:29 pm
Se equivoca gravemente Donald Trump al pretender sustituir la relación especialísima, determinada por la historia, existente entre Estados Unidos y Europa por una con la Federación Rusa, surgida de la implosión del imperio soviético, heredero de una civilización diferente (aunque no ajena). Como si fuera posible romper, en un instante, los lazos de siglos que unen al mundo occidental. Se trata de una iniciativa diferente a la emprendida por Richard Nixon cuando reconoció la existencia de China comunista. Entonces no enfrentaba sino admitía la realidad. No mueven a su sucesor motivos similares. Más bien, “amoríos” pasajeros o intenciones triviales.
Donald Trump no es hombre de Estado, formado dentro de una institución especialmente dedicada a esa actividad (como funcionan en Harvard, Princeton, Columbia o UC Berkeley) para dirigir una entidad pública. Pero no carece de estudios universitarios: concurrió y se graduó en la prestigiosa Escuela de Negocios Wharton (Universidad de Pennsylvania), precisamente porque su familia incursionaba en negocios inmobiliarios. Y esa se convirtió en su ocupación principal. Adquirió fama como hábil negociador e incluso escribió un libro sobre el tema (The art of the deal, con Tony Schwartz, 1987). Con el tiempo –y tras algunos fracasos– tuvo éxito. Su fortuna, en efecto, suma millardos de dólares, con inversiones (especialmente en posesiones) en varios países. Sus métodos, reseñados en publicaciones diversas (algunas suyas) y periódicos, suponen transgresiones a normas morales y sociales (y no pocas veces legales). Lamentablemente han sido, con frecuencia, admitidas y “perdonadas”, por eficaces, en Estados Unidos.
Su actividad económica ha determinado su visión del mundo; y también su actuación política y gubernamental. No lo mueven sentimientos derivados de consideraciones morales, religiosas o filosóficas ni el amor al prójimo; y rechaza las críticas que por eso se le han hecho. Como las formuladas por la obispo de la Iglesia Episcopal de Washington quien al día siguiente de la inauguración del nuevo mandato le recordó las palabras del Maestro: “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. No fueron muy distintas las que le dirigiera poco después (13.02.25) el cardenal Robert Prevost, entonces prefecto del Dicasterio para los Obispos de la Santa Sede: “Jesús no nos pide que clasifiquemos nuestro amor por los demás”. Pero, Donald Trump piensa que Estados Unidos debe mantener la supremacía económica que detenta y enfrentar –por cualquier medio (incluso la fuerza)– a quienes puedan comprometerla o desafiarla.
Donald Trump parece creer que la grandeza (o poderío) de un Estado se fundamenta en su riqueza económica, que genera ingresos para beneficio de la población (eso que ahora se llama PIB). Es, sin duda, uno de los elementos esenciales para definirla; pero no es el único, ni siquiera el más importante. Realmente se sostiene sobre varios factores, y especialmente algunos relacionados con la capacidad intelectual de la población, bagaje de siglos: libertad de pensamiento y de observación (experimental), posibilidades de innovación (que supone reconocimiento del pensamiento crítico), libertades económicas para garantizar a todos el desarrollo normal de las actividades. Granjas y fábricas, pero también escuelas y universidades. Y, por supuesto, un gobierno diligente, pero limitado cuyo objetivo sea el logro del bien común, entendido como conjunto de condiciones concretas para que cada uno pueda realizarse por sí mismo. O sea, un poder organizado bajo alguna forma democrática, pues existen varias posibles
El presidente Trump considera que la comunidad internacional no tiene existencia autónoma. Es una construcción artificial, formada por algunas potencias y otros “Estados” sin independencia real. En su opinión, se rige por relaciones de fuerza, que determinan la situación en cada momento histórico, más que por normas jurídicas (heterónomas y obligatorias). No imperan, por tanto, principios y valores universales inmutables, sino intereses (fundamentalmente económicos) variables según las circunstancias de lugar y tiempo. Por eso, es partidario de la paz, como ambiente favorable a los negocios. Y puede alegar haber obtenido acuerdos para asegurarla, especialmente en el Medio Oriente (conocidos como “acuerdos de Abraham”). Sin embargo, no excluye el recurso a las armas cuando sea necesario para conseguir objetivos superiores. No siente preocupación especial por la vigencia de los derechos humanos ni por la extensión de la libertad y la democracia en el mundo (ni siquiera en América Latina).
Las consideraciones anteriores pueden servir para comprender mejor el comportamiento de Donald Trump ante la crisis (heredada) de Ucrania, provocada por la invasión de los ejércitos de la Federación Rusa (atendiendo órdenes de Vladimir Putin). Al comienzo de las negociaciones (en febrero de 2025 en Arabia Saudita, sin la presencia de representantes de Ucrania) culpó a ese país del conflicto: "Nunca debieron haberlo empezado”, pudieron haber llegado a un acuerdo (conforme a las exigencias de Moscú). Y a Volodimir Zelenski le dijo en la Casa Blanca: “No se debe entrar en una guerra que no se puede ganar”. Pronto, Trump asumió el papel de árbitro hegemónico y pretendió imponer (sin consultas previas) una decisión (muy cercana a las exigencias del Kremlin). No mostró simpatía por la causa de Ucrania (a pesar de ser Estados Unidos garante de la integridad e independencia de aquel país). Al final, ni siquiera imparcialidad.
De sus palabras se deduce que Donald Trump (como otros mandatarios) considera que el derecho internacional es un instrumento al servicio de las potencias dominantes, que disponen de la fuerza (política, militar o económica) para obtener sus objetivos. La pueden utilizar, mediante una decisión colectiva (tomada en el Consejo de Seguridad de la ONU); pero, las más de las veces la emplean por decisión unilateral (que ese organismo no puede impedir, debido al veto de aquellas potencias, que son sus miembros permanentes). La fuerza ha sustituido a la norma. Esta no regula: valida las acciones. Otras eran las intenciones que llevaron a la creación de la mencionada Organización al término de la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota de los regímenes totalitarios del Eje, los Estados del mundo afirmaron su voluntad de “convivir en paz”, respetar los tratados y las normas del derecho y “usar la fuerza armada sólo en servicio del interés común”. Ahora no se mencionan esos propósitos.
No obstante lo anterior, la reunión del presidente Donald Trump con algunos de los gobernantes europeos el pasado lunes (18 de agosto) mostró otro aspecto de su gestión de la crisis provocada por la invasión de Ucrania. No ha sido bien informado; aunque tampoco se había diseñado con anterioridad una solución definitiva (o de largo plazo) a los problemas surgidos con la implosión de la URSS. En efecto, imperan en la administración y la Casa Blanca la improvisación, el diletantismo y en no pocos casos la incapacidad. No se pide el asesoramiento u opinión de expertos. Tras el encuentro con Putin en Anchorage parecía que se habían aceptado las pretensiones mayores del zar ruso (que busca el restablecimiento del antiguo imperio zarista). Era –se creía– asunto decidido. Pero, las imágenes transmitidas en directo desde la Oficina Oval de Washington (con consulta privada a Moscú) revelan una situación distinta.
Son estos tiempos de contradicciones; y esa circunstancia puede explicar los últimos acontecimientos. También son tiempos de dominio del absurdo. Sucede lo inesperado (la resistencia de los débiles) y a veces lo incomprensible (la fascinación por el mal). Causa asombro lo racional, mientras se tiene por normales los hechos extraños. Parece que, tras la curiosidad de la pequeña Alicia de Lewis Carroll, la humanidad hubiera entrado en la madriguera del conejo y caído por el túnel de acceso a un mundo de “maravillas” (o fenómenos extraordinarios), de sorpresas, de imposibles. Ha ocurrido antes (como una constante) en la historia: ante la insatisfacción de la realidad, se busca en lo inalcanzable (la eterna juventud o la liberación económica) la realización de las aspiraciones. Se crean entonces utopías (la piedra filosofal, la revolución) como manera de escapar a las limitaciones. A veces se transforman en promesas por las que se lucha con terribles consecuencias.
Donald Trump ha descubierto que no es Júpiter en el Olimpo. Sin duda poderoso, no siempre puede imponer su voluntad. La guerra de Ucrania, que prometió apagar en 24 horas, todavía se mantiene (… ¡y se va a prolongar!). Y más allá de su país existe un mundo que tiene vida propia y aspira a participar en la decisión de los asuntos que afectan su destino. No es, pues, dueño de la historia; pero, tal vez, si lo comprende ahora puede contribuir a mejorar la suerte de la humanidad. Sería un gran legado de su segundo paso por la Casa Blanca.
X: @JesusRondonN