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Del consuelo electoral a la participación ciudadana por Freddy Marcano

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Por Freddy Marcano


En Venezuela, la emocionalidad ha colonizado la esfera pública con una intensidad que recuerda las advertencias de Lauren Berlant en El Corazón de la Nación. El país ha transitado, por décadas, entre el dolor acumulado de la exclusión estructural y un sentimentalismo nacional que convierte al ciudadano en espectador de su propio drama. En lugar de una política transformadora, se nos ha ofrecido una política de consuelo que ha incluido lágrimas, promesas simbólicas y líderes que se presentan como redentores emocionales, mientras las instituciones se vacían de eficacia y legitimidad.

Esta saturación afectiva ha dado lugar a un fenómeno visible en cada elección: el retraimiento ciudadano, la abstención creciente, la desesperanza que no se expresa en protesta sino en silencio. Hemos sustituido la participación por la conmiseración, la deliberación por la resignación, el voto por el duelo. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más se reproduce el espectáculo del sufrimiento sin transformación, más se refuerza la idea de que participar no tiene sentido.

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No es casual que las campañas políticas recurran sistemáticamente al miedo, la nostalgia o la indignación moral. Se nos llama a votar “para que no vuelva el pasado”, “por los niños sin futuro”, “para honrar a los que ya no están”. El problema no es la emoción en sí —que es parte constitutiva de lo político—, sino su uso como sustituto del análisis y la propuesta. Como diría Berlant, la política sentimental promete pertenencia, mas no poder. Y sin poder, no hay ciudadanía plena.

En Venezuela, la emocionalidad ha colonizado la esfera pública con una intensidad que recuerda las advertencias de Lauren Berlant en El Corazón de la Nación. El país ha transitado, por décadas, entre el dolor acumulado de la exclusión estructural y un sentimentalismo nacional que convierte al ciudadano en espectador de su propio drama. En lugar de una política transformadora, se nos ha ofrecido una política de consuelo que ha incluido lágrimas, promesas simbólicas y líderes que se presentan como redentores emocionales, mientras las instituciones se vacían de eficacia y legitimidad.

Esta saturación afectiva ha dado lugar a un fenómeno visible en cada elección: el retraimiento ciudadano, la abstención creciente, la desesperanza que no se expresa en protesta sino en silencio. Hemos sustituido la participación por la conmiseración, la deliberación por la resignación, el voto por el duelo. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más se reproduce el espectáculo del sufrimiento sin transformación, más se refuerza la idea de que participar no tiene sentido.

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