Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 09:27 pm
Hoy
hablaremos de un estilo de vida que resulta muy extraño al mundo actual: la
llamada “virginidad consagrada”, la cual es un don especial que algunas
personas eligen vivir como una forma de entrega total a Dios. Este estado de
vida es valorado dentro de la Iglesia Católica y se fundamenta en el ejemplo de
Jesucristo y en la vocación a la vida de los apóstoles:
La
virginidad consagrada es "un don divino que la Iglesia recibió del Señor,
y que con su gracia se conserva perpetuamente" (LG 43). “Entre
los consejos evangélicos, según el concilio Vaticano II, sobresale
el precioso don de la ‘perfecta continencia por el Reino de los Cielos’: don de
la gracia divina, ‘concedido a algunos por el Padre (cf.
Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón
que se mantiene más fácilmente indiviso (cf.
1 Co 7, 32-34)
en la virginidad o en el celibato..., señal y estímulo de la caridad y como un
manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo’ (Lumen gentium,
42)” (Juan
Pablo II).
Las
personas que optan por la virginidad consagrada lo hacen como respuesta a un
llamado de Dios, comprometiéndose a vivir en total disponibilidad para el
servicio a la comunidad y en dedicación a la oración. Este compromiso puede ser
parte de la vida de quienes son miembros de instituciones religiosas, como las
monjas o los sacerdotes, pero también puede ser vivido por laicos que eligen
vivir este estilo de vida: “El ‘no casarse’ escatológico será un ‘estado’, es
decir, el modo propio y fundamental de la existencia de los seres humanos,
hombres y mujeres, en sus cuerpos glorificados. La continencia por el Reino de
los Cielos, como fruto de una opción carismática, es una excepción respecto al
otro estado, esto es, al estado del que el hombre desde ‘el principio’ vino a
ser y es partícipe, durante toda la existencia terrena” (Juan
Pablo II).
“La
virginidad consagrada tiene una función múltiple de signo: del amor
sobrenatural a Dios y a los hombres (cf LG
42; PC 12)
y del "mundo futuro, que se hace ya presente por la fe y la caridad, en
que los hijos de la resurrección no tomarán ni las mujeres marido ni los
hombres mujeres" (PO 16). Es
fuente de fecundidad espiritual, medio eficacísimo para la dedicación al
servicio divino (cf PC 12) y a la tarea
apostólica (PC 12; PO 16);
lejos de constituir un obstáculo para la maduración de la persona, es más bien
"un bien de toda la persona" (PC
12)
y dispone a los que la abrazan "para recibir más dilatada paternidad en
Cristo" (PO 16)” (J.
M. Calabuig-R. Barbieri).
La
virginidad consagrada es, además, una forma de testimoniar el valor del amor de
Dios por encima de todas las cosas y una señal del Reino de Dios que se
aproxima. Es un tipo de vida que refleja el amor puro y la pertenencia total a
Dios: “De hecho, se trata, no de la continencia en el Reino de los Cielos, sino
de la continencia ‘por el Reino de los Cielos’ (Juan
Pablo II).
«Estas
dos realidades, el sacramento del matrimonio y la virginidad por el reino de
Dios, vienen del Señor mismo. Es él quien les da sentido y les concede la
gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la
virginidad por el Reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables
y se apoyan mutuamente» (n. 1.620; cf.
exhortación apostólica Redemptionis donum, 11). Es un camino
de santidad que suena muy poco acorde a los valores del mundo actual, pero es
un camino de felicidad y santificación para quien lo vive con fe. Dios con
nosotros