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El caos es un orden por descifrar por Ricardo Gil Otaiza

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Por Ricardo Gil Otaiza


1. La vida es un hermoso laboratorio en el que todas sus manifestaciones son producto de fuerzas encontradas: convergentes y divergentes, antagónicas y complementarias a la vez. La gestación de una nueva vida en el seno materno conlleva un verdadero caos, que trae consigo profundas alteraciones fisiológicas, bioquímicas y anímicas en la mujer, pero ese caos lleva consigo el germen de un nuevo orden: el bebé por nacer que pronto entrará en la corriente de la existencia y hará borrar en un solo instante los momentos y las pesadumbres vividas. Igual sucede cuando una flor es fecundada: se echan a andar toda una serie de procesos al interior de la planta, que trastocan su dinámica, es cierto, pero que al corto plazo vemos transformarse en ese compendio, en ese receptáculo extraordinario que solemos llamar fruto, que garantiza la perpetuidad de la especie, y el fluir de la existencia como un todo.


En el universo sucede igual: a cada instante se apagan estrellas y nacen otras, mueren planetas y emergen otros, en una alternancia infinita e incomprensible de caos y de orden a la vez, que se han dado desde siempre en una eternidad que nuestra mente no es capaz de descifrar sin caer en lo especulativo y, por qué no, en la mera ficción.

“El caos es un orden por descifrar”, nos lo dijo el escritor portugués José Saramago, y esta hermosa frase compendia en sí el gran secreto de la vida: la ambivalencia de todo cuanto existe y acontece; la densa urdimbre de los hilos que nos mueven. Nada escapa a este supremo designio. La sociedad en la que vivimos es fiel representación de tales fuerzas antagónicas, y a pesar de la angustia, del dolor, de la enfermedad y de la muerte, todo es un reacomodo silente, un reinventarse a cada instante, cuyo isócrono movimiento nos empuja a tomar de la mano nuestro ahora, y desde ese punto de partida echar a andar nuestra historia personal y colectiva. Solemos hablar en este sentido de lo “caórdico”, es decir, del caos-orden como un binomio, porque su noción explica desde lo complejo, que uno conlleva necesariamente al otro, en íntima conjunción, y ya dependerá de nosotros el que la balanza se incline más hacia uno u otro extremo, o que permanezcan a raya en sutiles intermitencias, que hagan más placenteros los momentos del día a día, los logros alcanzados y la vida en familia.

2. “Una humanidad sufriente”. Nunca antes la expresión del filósofo francés Edgar Morin había tenido tanto significado como ahora, cuando la sociedad planetaria vive los rigores de una crisis que trae consigo las trincheras de la guerra y que toca con saña los cimientos civilizatorios. La humanidad sufre y mucho, y este sufrimiento se traduce en dolor y en muerte, y nada más aniquilador para la esperanza que estos dos elementos anidados desde siempre en el corazón de lo humano. El no saberse a ciencia cierta en dónde está el enemigo que acecha, es el argumento perfecto de la literatura del horror, y su clave yace precisamente en lo inesperado, en lo oculto y en las sombras, que han sido, qué dudas caben, sinónimos del peor ángulo de la sociedad. Ergo, luz y sombra, dos caras de una misma realidad: los claroscuros de un “ahora” que se yergue ante nosotros con exultante poder y enorme desafío.

En ese movimiento pendular, en ese mecerse entre ambos lados de la existencia, se debate el seguir o el claudicar; el empinarnos por encima de las circunstancias, por muy duras que estas sean, o dejar todo y resignarnos al oprobio. Y ya nos lo dice la historia con suficientes pruebas, que siempre hemos optado por lo primero. Ahora bien, el seguir en el ahora implica cambio y reinvención, porque por más queramos ser los mismos, algo se ha trastocado y quebrado en nosotros. Tal vez, amigos, como humanidad hayamos perdido la inocencia, y seamos entonces seres fantasmales que caminamos en el espacio y en el tiempo a la espera de un “algo” inasible y etéreo que intuimos cambiará para siempre nuestro derrotero, pero no sabemos ni el día ni la hora.

La situación es aún más grave, porque no solo sufrimos los rigores de este enemigo que es el fantasma de la guerra, que podría caernos encima como una espada en cualquier instante (que ya es bastante), sino que como mundo traslucimos violencia, imposición e intransigencia por doquier. Para nadie es un secreto que en disímiles contextos los derechos son frecuentemente vulnerados, y nos hallamos completamente desasistidos ante la ley. Y si a esto aunamos el oscuro panorama que oteamos en la que creíamos que era la democracia más sólida y respetable del mundo (la estadounidense), en la que hoy se cometen tropelías de distinto orden que nos dejan boquiabiertos y perplejos, pues hay suficientes razones como para estar sobre aviso, en alerta permanente, durmiendo con un ojo abierto y el otro cerrado, no sea que el caos nos tome por sorpresa.

El cambio y la reinvención deberán estar anidados en nuestro ser como una llama ardiente, de lo contrario seremos presas de los vaivenes de un destino colectivo que busca su brújula en medio de las tinieblas. La imagen que se me ocurre ahora para definir nuestro presente, es la de los esperpénticos personajes de la magistral novela Ensayo sobre la ceguera, del desaparecido Premio Nobel Portugués José Saramago, quienes, condenados a un mundo personal y colectivo de oscuridad (una oscuridad lechosa, como la pinta con brillo el novelista), asumieron su destino con patética resignación. Yo me resisto a eso. Cada uno de nosotros deberá erigirse en faro que proyecte su luz interior y abra así boquetes de esperanza.

rigilo99@gmail.com




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