La Universidad de Los Andes: un turismo académico con trayectoria histórica por Alí Enrique López Bohórquez (*)
Por Alí Enrique López Bohórquez
La
Universidad
de Los Andes fue la segunda Universidad establecida en Venezuela en los albores
del proceso emancipador. Inicialmente representó un factor determinante para el
desarrollo educativo y cultural de Mérida, pero con el tiempo un elemento
significativo para su economía y urbanismo, así como también un atractivo
turístico importante que se ha expresado en una trascendente relación de los
universitarios que han venido de otros lugares del país y del mundo, con la
ciudad que les alberga. Así, el propósito de esta Crónica es evidenciar cómo
esta institución universitaria, en sus doscientos quince años de existencia, ha
sido no solamente un hecho histórico trascendental para Mérida y la región
andina en general como atractivo educativo para una buena formación
profesional, lo cual ha incidido en que esta ciudad serrana y su universidad
sean espacios preferidos por venezolanos y extranjeros para estudiar, enseñar,
pero también para disfrutar de las bellezas naturales del medio ambiente que
les rodea. Para explicar ello, haremos un repaso histórico que permita
comprender por qué se puede considerar a la Universidad de Los
Andes una institución de turismo académico con trayectoria histórica.
La
Universidad de Los Andes: una importante atracción para el
estudio y la enseñanza.
Desde su creación el 21 de septiembre de
1810, por la Junta Superior
Gubernativa de Mérida, la
Universidad de Los Andes ha sido una atracción constante para
jóvenes estudiantes que, venidos de distintos lugares del país, buscan en
Mérida y en su Alma Mater un espacio para realizar las carreras que ofrece y
formarse profesionalmente en los distintos campos del saber, humanísticos o
científicos, que la ULA
ha ido desarrollando a través del tiempo. Después de su restablecimiento en
1832, pues este instituto universitario cesó sus funciones a los dieciocho
meses de su fundación como consecuencia del terremoto que azotó a Mérida el 26
de marzo de 1812 y el inicio de la guerra de emancipación en su territorio, es
posible advertir que, además del ingreso masivo de merideños a las aulas
universitarias, la institución se nutrió gradualmente de estudiantes y
catedráticos venidos particularmente de las ciudades capitales de los Estados
Táchira, Trujillo, Barinas, Zulia (San Cristóbal, Trujillo, Barinas y
Maracaibo), con menor afluencia de otras localidades de las regiones llanera,
occidente y centro del país (Guanare, Apure, Guárico, El Tocuyo, Barquisimeto,
Carora, Coro, San Carlos, La
Victoria). Sin dejar de mencionar que otros venezolanos y
extranjeros estudiaron o ejercieron la docencia en distintos momentos entre
1832 y 1900.
Los fondos documentales de la Universidad de Los
Andes referidos al ingreso de estudiantes durante el siglo XIX, con los vacíos
propios de la pérdida de muchos expedientes por acción del tiempo y las
condiciones en que se conservaron, permiten hablar de unos 2.000 estudiantes,
de los cuales egresaron solamente 529. Ello prueba que era una institución
universitaria pequeña que funcionaba con muchas dificultades en el orden
económico y académico, con un número reducido de catedráticos, como se les
llamaba entonces a los profesores, para dictar orgánicamente desde 1843 los
estudios en las Facultades de Ciencias Políticas (Derecho), Filosofía o
Humanidades, y Ciencias Eclesiásticas (1843-1907). En 1854 se incorporaron los
de Medicina y, dentro de esta Facultad, los de Farmacia en 1894. Al iniciarse
el siglo XX se restablecieron los estudios de Farmacia (1918) y de Medicina
(1928) que habían sido clausurados en 1904. La Universidad seguirá
creciendo con nuevas cátedras, escuelas y facultades: Dentistería (1928)
denominada luego Odontología (1942); Ciencias Físicas y Matemáticas (1932)
llamada después de Ingeniería (1953); Ingeniería Forestal (1952) y la Escuela de Humanidades
(1955). Al iniciarse la era democrática, con la caída de la dictadura del
General Marcos Pérez Jiménez, la
Universidad de Los Andes fue creciendo progresivamente en
saberes y en matrícula estudiantil, lo cual a su vez incidió en la expansión de
la planta profesoral y del personal administrativo y de servicio.
La relación académica y económica de la ULA con Mérida, Táchira y
Trujillo.
A partir de la segunda mitad del siglo XX,
además de esas dependencias universitarias, fueron surgiendo distintas
especialidades, institutos, centros y grupos de investigación, junto a la
programación de actividades culturales y académicas de la más diversa
naturaleza. No menos significativo fue el crecimiento urbanístico de Mérida
gracias a la expansión de la
Universidad con la construcción de conjuntos residenciales
para profesores, empleados y obreros, y demás servicios derivados de ese
crecimiento. En fin, se consolida una comunidad universitaria que se aproxima a
finales de esa centuria a unas 35.000 personas, entre estudiantes, profesores,
empleados y obreros (activos o jubilados) que de manera directa está vinculada
a la institución, la que obviamente ha incidido en el tiempo en todos los
aspectos de la educación, economía, sociedad, política, cultura y hasta de la
lingüística de Mérida y sus alrededores. Buena parte de esa comunidad, venida
de distintos lugares del país, como señalamos anteriormente, hizo su vida
permanente en Mérida, para convertirse en un turista más, reincidente en
admirar sus cualidades, envidiadas siempre por otras ciudades venezolanas, pues
su característica de ciudad universitaria y sus propias condiciones naturales que
califican a Mérida como una de las mejores de Venezuela, en lo que a calidad de
vida se refiere.
Así, se iría ampliando entonces el radio de
acción de la ULA
con la llegada, desde los más apartados rincones del país, de un volumen
creciente de jóvenes bachilleres que se trasladaban a Mérida con el propósito
de seguir estudios de educación superior, pero que también, cual turista que
viene a vacacionar en esta ciudad andina,
fascinado por las noticias sobre su paisaje, clima, idiosincrasia de su gente,
hospitalidad y, por supuesto, atraído por las distintas carreras de la Universidad de Los
Andes, reconocida como la segunda institución universitaria del país. A las ya
viejas Facultades se agregarían las de Economía (1958), Arquitectura (1970), Ciencias
(1970), con nuevas Escuelas en algunas de aquéllas y Departamentos en la última
de ellas, hasta llegar a la más reciente Facultad de Arte (2006). También con los
Núcleos Universitarios de Trujillo (1972) y del Táchira (1975); las Extensiones
de la Facultad
de Medicina en Hospitales de Valera, Guanare y San Cristóbal. Además de los más
recientes Núcleos establecidos en el Valle del Mocotíes y en El Vigía (2007).
De buena parte de las actividades que esas dependencias académicas realizadas en
el tiempo ha dado cuenta, fundamentalmente, la prensa merideña, trujillana y
tachirense, la que diariamente registraba el más variado acontecer de la Universidad de Los
Andes: Desde las naturales actividades académicas, administrativas y de extensión
hasta hechos ocurridos a miembros de su comunidad ajenos a la propia
institución. Sin dejar de mencionar que las protestas universitarias de
estudiantes, profesores, empleados y obreros, por lo general, eran la noticia
de importancia frente a otros sucesos acaecidos en la ciudad. Y esto último
también en algunos momentos se había convertido en un atractivo turístico, si
se consideran los comentarios emitidos por visitantes extranjeros que hicieron
en la oportunidad de presenciar las batallas campales entre estudiantes y las
fuerzas policiales-militares de esas entidades andinas, particularmente en
Mérida, pareciéndole hechos insólitos que excepcionalmente habían ocurrido en
sus ciudades y países de origen.
En la actualidad, la información
universitaria ha disminuido notablemente, sin tener ahora la importancia que
tuvo en el pasado. La inactividad de la Universidad y la progresiva desaparición de los
periódicos en edición física podrían ser causantes de esa dismunición
informativa. Basta revisar medios de comunicación escrita del siglo XX y
primeras décadas del XXI para advertir que la Universidad de Los
Andes era la noticia casi cotidiana en materia académica, en los problemas
internos y las actividades culturales y deportivas que trascendían a la ciudad,
las dificultades económicas para su funcionamiento junto a los reclamos
salariales de la comunidad universitaria, los reclamos estudiantiles al Estado
y a la Universidad,
muchos de los cuales culminaban en protestas y manifestaciones con destrozos a
bienes públicos y privados. Artículos de opinión de universitarios, los
llamados a concursos de ingresos de profesores e investigadores, las
licitaciones de contratos para determinadas necesidades de la institución, los
calendarios de actividades, las caravanas de alumnos previas a sus respectivos
grados fueron asuntos reiteradamente registrados incluidos en periódicos como El Vigilante, Correo de Los Andes,Cambio
de Siglo, Frontera y Pico Bolívar.
Solo los dos últimos han sobrevivido, uno digital y otro en físico-digital. Diez Memorias de Grado de la Escuela de Historia,
desarrolladas en la Cátedra
de Historia de la
Universidad de Los Andes, han registrado el impresionante
número de noticias generadas por la
ULA durante ese tiempo histórico, necesarias para la
reconstrucción de su historia pasada, lejana o más reciente. En adelante
resultará muy difícil por la carencia de abundante información institucional y
la instantaneidad de los medios digitales de moda.
El estudiante, el profesor y el empleado: turistas
permanentes de la ciudad en la que habitan.
Por lo general el estudiante viene a la Universidad de Los
Andes a probar suerte, sin conocer su destino final. Se inserta en la
institución y en la sociedad merideña; habita en residencias institucionales o
privadas; utiliza los servicios médico-asistenciales del instituto y de la
ciudad; invierte en la misma con el consumo diario del alojamiento, la comida,
la vestimenta, la diversión, etc., e interactúa con sus congéneres
universitarios y demás habitantes de esta atractiva urbe andina. Es decir, hace
prácticamente lo mismo que el turista transitorio que escoge a Mérida como su
lugar de vacaciones anuales o de días feriados. Transcurren los años de
estudio. Un buen número de los estudiantes que han ingresado a la institución
llega hasta el día del grado en la ansiada Aula Magna, y entonces continúa la
cadena turística: Sus familiares y amigos vienen a acompañarles en el día tan
esperado, algunas veces prolongándose por un fin de semana, pues los actos de graduación
se realizan por lo general los días viernes.
Los invitados a compartir la alegría del
graduando hacen el esfuerzo por trasladarse a Mérida por aire o tierra, se
alojan en hoteles, posadas, residencias o alquilan apartamentos; se alimentan
en los más variados lugares que ofrece la ciudad, recorren sus sitios
históricos, culturales y de distracción; y, por supuesto, visitan y adquieren
productos en el Mercado Principal, el lugar de mayor atracción turística. Si se
hiciera una estadística de la afluencia de turistas a Mérida en determinadas
épocas del año, los días de grados ocuparían un alto sitial, pues la Universidad organiza anualmente
once actos y en los meses de julio y diciembre hasta un número de cuatro en un
mismo día. Entonces la ciudad universitaria es un hervidero de gente que va y
viene en todo su casco urbano, que viste las mejores galas, que se retrata
hasta más no poder, que asiste a los lugares alquilados por el graduando y sus
padres para celebrar el día de la gloria: la culminación de los estudios
universitarios.
Otro aspecto de incidencia de la Universidad de Los
Andes en lo que hemos denominado “turismo académico permanente” se relaciona
directamente con las diversas actividades extra curriculares que programa periódicamente
la institución. En ello los protagonistas son la dependencia específica del
hecho cultural, la
Dirección General de Cultura y Extensión, y los profesores e
investigadores, quienes a través de sus unidades de trabajo convocan en
distintos momentos a sus pares para participar en congresos, simposios,
encuentros, jornadas, seminarios, talleres, etc., orientados a exponer y a
discutir sobre los más diversos aspectos del conocimiento humano. En el primer
caso, en diversas ocasiones se realizan eventos culturales que atraen a un
número considerable de personas de distintos lugares del país y hasta del
extranjero que permanecen en la ciudad por cierto tiempo para participar en la
actividad programada, pero también para practicar un turismo cultural, pues su
condición de creadores de lo espiritual les invita a no dejar de visitar
lugares o compartir con la gente vinculada con su quehacer por la cultura. De
mayor profusión es el segundo caso, pues los eventos académicos convocan a un
número mayor de personas, las que no pierden tiempo, paralelamente, de
disfrutar del ambiente turístico que ofrece Mérida. Nuevamente, la ciudad
alberga a los participantes de ambas actividades. Estos consumen sus servicios
de alojamiento y comida, y adquieren los productos típicos exigidos por
familiares y amigos. El Mercado Principal vuelve a convertirse en el lugar
preferido de encuentro final para la despedida y la compra del recuerdo
correspondiente para evidenciar su estadía en esta ciudad andina.
En fin, Mérida y su Universidad de Los Andes
son un turismo permanente, pues también los que habitamos establemente en la
ciudad y formamos parte de la institución seguimos encontrando día a día su
atracción mágica, difícilmente localizable en otro lugar de Venezuela. Ciudad
andina cuya actividad diaria algunas veces se convierte en agobiante y
rutinaria, sobre todo para los que hemos venido de lugares radicalmente
distintos al paisaje y la idiosincrasia merideña, pero que también su encanto
permite recobrar la conciencia de que escogimos este bello espacio de la
naturaleza andina para hacer vida estudiantil, donde hicimos carrera
profesional, donde construimos familia y dimos hijos que por razón de su
nacimiento y crecimiento ahora son merideños, donde seguramente echamos raíces
para sembrarnos definitivamente en ella. Deseamos cerrar estas notas para
insistir en que la
Universidad de Los Andes forma parte de esa seducción mágica
de Mérida, al convertirse también en un factor importante de su desarrollo
turístico, por que, como dijo el poeta marabino Luis Ferrer, un viajero
comerciante, en su vals “Paraíso Andino”, que la Ciudad y su Universidad son
una atracción que cualquiera que aquí resida puede cantar de esta manera:
Vivo en un paraíso, de pájaros y flores
de brillantes colores se mueven por doquier,
Los Andes son mi vida, la sierra donde los
aires de las montañas traen perfume de Dios.
Tierras de montañas que se esconden en el cielo
sosteniendo en sus cumbres el manto del Creador;
caminitos de piedra serpenteando los cerros,
por cascadas que estallan en verdor.
Eres como un lucero, acunada entre tules,
cubiertos por las nubes, hilos de lluvia y rumor,
amanecen tus picos tapiados,
de noche eres pesebre, de día eres un sol.
Ciudad de Mérida, ciudad de
los Caballeros,
homenajearte quiero cuna del
saber,
lindo vergel, Dios que tanto te quiso
te hizo paraíso, con nombre de mujer.
Descripción extraordinaria de la ciudad y su entorno
que, en “Canto a Mérida”, el estudiante margariteño Nelson García dejó plasmada
para testimoniar su estadía en la Universidad de Los Andes y que expresó
nostálgicamente de esta manera:
Quiero cantarle a Mérida, apasionadamente,
la tierra que se viste del verdor estival,
la de los estudiantes en la Universidad,
hermoso sortilegio, romántico jardín.
Ya empieza a nevar, majestuosa sierra,
quiero que las azucenas y las muchachas
color de rosas, sepan apreciar las notas
apasionadas de mi canción.
Vengo del mar con un collar de perlas
para que me regales un bello frailejón,
quiero que las azucenas y las muchachas
color de rosas, sepan apreciar las notas
apasionadas de mi canción.
Mérida, 12 de
julio de 2025
(*) Coordinador de la Cátedra Libre de Historia de la Universidad de Los
Andes. Doctor en Historia. Profesor Jubilado Activo de la Escuela de Historia de la Universidad de Los
Andes. Premio Nacional de Historia “Francisco González Guinán” (1989). Premio
Nacional de Historia (2019). Premio Nacional de Cultura (2024)