Como en todo, en el mundo de los libros hay categorías, y no me refiero solo a las que la crítica, los expertos, las propias editoriales y los organismos culturales etiquetan, como multipremiados, best sellers, long sellers, incunables, novedades, clásicos, y paremos de contar, sino aquellas que llegan desde la experiencia de los lectores, que somos el último eslabón en la cadena de comercialización del libro y, por lo tanto, estamos “facultados” (por decir lo menos) para expresar muchas cuestiones acerca de los libros que leemos.
Hoy deseo referirme a la categoría que denomino “los imposibles”, es decir, aquellos libros que por más que les pongamos el ojo, el diente y todo lo que queramos, no logramos domesticar, porque es tal su complejidad, densidad, trama, laberintos y escondrijos, que no les llegamos, y tenemos entonces que huir de ellos como la plaga, porque, tantas energías nos han robado, que quedamos exhaustos, realmente cansados (y hasta fastidiados), sumergidos en el desconcierto y la desesperanza, de allí
que sea importante cerciorarnos antes con fuentes dignas de crédito (ajenas a las propias editoriales, por supuesto) de las posibilidades que tenemos con una obra: bondades y caminos para su abordaje.
Ya lo dije acá: me costó mucho leer el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, y cuando digo mucho, es mucho, poco más de tres décadas, lo cual pareciera exagerado, pero esta fue mi experiencia lectora con este clásico universal, que terminé porque sí: me planté frente a él y me dije: “¡no va a poder conmigo!”, y así fue. Estaba en una verdadera encrucijada, porque era inminente mi emigración, y para mi salud mental decidí cerrar ese proceso iniciado en mi lejana juventud y, como soy quien más me conoce, sabía que, si dejaba ese libro a mitad de camino, sería una traición a mi ejercicio intelectual y lector, y una mañana de comienzos del 2024 lo abrí de nuevo y no lo cerré hasta que lo terminé. ¿Cuál era la razón que se interponía entre el libro de Pessoa y yo? Pues, su tristeza, su pena y desconsuelo, la oscuridad que brota muchas veces de sus páginas, y yo, que tiendo a la melancolía, me hundía en una suerte de purgatorio inexpugnable, del que me costaba enorme esfuerzo salir, y hallaba mil razones para dejarlo de nuevo a medio camino: a la espera de un momento propicio para su prosecución.
Otro libro que me costó mucho leer fue Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y la dificultad partía del hecho de la intrincada genealogía del texto, que hacía que me perdiera en largos laberintos y que terminara por abandonarlo. Cometía el error de interrumpir la lectura para mirar el mapa de los ancestros, y así saber cuál de los Aurelianos tenía frente a mí en cada circunstancia. Como lector experimentado que soy, opté por varias estrategias que me sacaran a flote, y una de ellas fue la de comprar diversas ediciones, para ver si por esta vía me topaba con la versión que me diera el empujón final, y hallé la maravillosa Edición Conmemorativa de la Real Academia de la Lengua y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Alfaguara, 2007), que mucho disfruté, pero el truco para su lectura sin mayores tropiezos, fue olvidarme de los hilos genealógicos de la estirpe de los Buendía, y me adentré en esta obra maestra absoluta con un gozo pocas veces alcanzado en mi larga travesía como lector (que parte de mi niñez).
Una obra que se resistía a mis sucesivos intentos era Madame Bovary, de Gustave Flaubert: siempre la dejaba a mitad de camino y me ponía a leer otro libro, y en el ínterin de mi salida, como me pasó con el de Pessoa, comencé de nuevo con la obra y pude leerla y disfrutarla, y esta vez lo hice con la edición de Planeta y El Nacional (2000). Ahora que lo analizo, la circunstancia de mi partida hizo que me enseriara con el libro, que sacara de mi cabeza las enormes reticencias frente al estilo un tanto arcaico de la narrativa, y de las circunstancias contadas. En esta nueva oportunidad, Emma y Charles se erigieron frente a mí y me contaron su vida, y ese hiato que se abre entre los dos personajes me mostró en todo su esplendor todo aquello que nos presenta Flaubert: la infidelidad, la hipocresía de un mundo machista y oscuro, así como la mentira y la simulación frente a los atavismos sociales, que terminaron por conducir sus destinos hacia la tragedia.
Otro imposible (y en este caso absoluto) fue la súper novela 2666 de Roberto Bolaño, en edición original de Anagrama (2005), con sus 1128 páginas a cuestas, y debo confesar que el mayor impedimento en el presente caso, fue su extensión y que son varios libros en uno solo, lo que complejiza la experiencia y la hace cuesta arriba para un lector con miles de tareas profesionales y familiares por delante. Por más que lo intenté, no pude, como sí lo hice con su maravilloso predecesor, que fue Los detectives salvajes, que leí sin mayores dificultades (aunque reconozco que no es una novela fácil ni para principiantes).
El último “imposible” es muy reciente, la novela La península de las casas vacías de David Uclés, que compré hace tres semanas, azuzado por el enorme despliegue propagandístico montado a su alrededor, y confieso (no sin rubor) que no pude con ella: me senté para internarme en ese complejo mundo y de inmediato supe que no la finalizaría, que sería una lectura frustrada como muchas otras, y en esta oportunidad no me resigné a mirar el libro de soslayo, acomodado en el anaquel, sino que fui a la librería y lo cambié por otro, y hasta ahora ese “otro” fluye con tropiezos, pero, ¡vamos!, fluye.