Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 02:30 am
Las sombras de La Rotunda
Hay fechas que el calendario se empeña en sepultar y otras que vuelven, tercas, como heridas mal cerradas. En Cinco águilas blancas, Humberto Tejera —hombre de letras y de memoria— recuerda 1928, año de juventud rebelde y sueños cercenados, y entre sus páginas deja plantada una flor fúnebre, acaso invisible para algunos, pero esencial: el recuerdo de Víctor Racamonde, un poeta muerto veinte años atrás, en septiembre de 1908, en la ignominia de La Rotunda de Caracas.
No es casual que Tejera lo recuerde. No hay en él un gesto nostálgico o un afán de compasión; hay, más bien, la conciencia del deber: nombrar al poeta olvidado, al que fue castigado no por lo que hizo, sino por lo que escribió; por lo que pensó. Racamonde —valenciano, romántico, mordaz, erotizado y blasfemo— desafió con sus versos a un régimen que confundía orden con represión, y moral con censura. Es decir, cometió el pecado mortal de ser libre en la Venezuela de Juan Vicente Gómez.
¿Quién era Racamonde, en realidad? Difícil saberlo. Los archivos lo reducen a notas breves, a anécdotas distorsionadas, a leyendas de imprenta marginal. Pero a veces las sombras dicen más que la luz: Racamonde, nos dice Tejera, cantó con la voz sucia de los bajos fondos y con el temblor del amor carnal, como si Baudelaire hubiera nacido entre cafetines y bares de Valencia y no entre los bulevares de París. Por eso lo mataron.
Porque toda dictadura teme la palabra que no puede controlar.
La cárcel, en tiempos de Gómez, no era un castigo: era una sentencia a la desaparición. La Rotunda no era una prisión: era una metáfora del silencio. Racamonde no murió allí por accidente, ni por azar: lo mataron los mismos que mataron a otros sin nombre, los esbirros de un sistema cuya especialidad era triturar lo raro, lo libre, lo distinto.

Víctor Racamonde
Y es ahí donde la crónica de Tejera —ese pequeño pasaje entre águilas— se convierte en resistencia. Porque recordar a Racamonde en 1928 no era solo un acto de homenaje; era una declaración política. Era decir: el gomecismo no ha muerto. Solo ha mutado. Es el mismo virus, ahora disfrazado de estabilidad o de progreso.
Se diría que toda historia verdadera es también una novela de fantasmas. Racamonde es uno de esos fantasmas que nos obligan a mirar de nuevo, a preguntarnos qué precio tiene la libertad, y por qué seguimos pagando por ella con silencio. Tejera lo sabía. Por eso escribió su nombre. Para que no lo borraran del todo. Para que, al menos cada veinte años, alguien volviera a recordarlo.
Y aquí estamos. Otra vez. Con el calendario abierto en la misma página.
El más poeta de su generación
«Por el sentir y por la música» —dos cosas que la política nunca ha podido domesticar del todo—, Víctor Racamonde fue el más poeta de su generación. No el más reconocido, ni el más editado, ni el más premiado. «El más poeta». Lo dice Humberto Tejera sin ambages, como quien emite una sentencia definitiva, como quien sabe que hay juicios que solo la historia (o la conciencia) puede revocar.
Era la generación de El Cojo Ilustrado, ese raro cruce entre el boato decimonónico y los primeros estremecimientos del siglo XX. En ese grupo se agitaban almas tan disímiles como Rufino Blanco Fombona, que fue el revolucionario moderno con traje de buen corte —elegante, sí, pero también orgulloso, demasiado orgulloso—, y aquel otro, el poeta Mata, melenudo sentimental que lloraba en verso y mendigaba elogios como quien mendiga pan en una esquina de Caracas.
De Blanco Fombona, dicen que escribió contra los tiranos mientras cenaba con ellos. De Mata, que fue un plañidero oficial del poder, un incensador —dice Tejera, con una palabra que huele a fuego y a humo— del «Tiberio vallenillesco», ese otro emperador tropical que convertía las ideas en dogmas y el pensamiento en doctrina de Estado.
Y en medio de ellos, casi invisible por exceso de autenticidad, Racamonde.
No fue elegante como Blanco Fombona, ni melodramático como Mata. No tenía vocación de tribuno, ni de mártir. Solo escribía. Pero lo hacía con una intensidad que quemaba. Escribía como quien respira en una habitación cerrada, como quien sabe que el aire se acaba. Escribía desde el deseo y desde el asco, desde la carne y desde la podredumbre. Escribía como si supiera —porque lo sabía— que a los verdaderos poetas no los salvan las academias, sino la memoria de quienes se niegan a olvidarlos.
Eso es lo que hace Tejera, en Cinco águilas blancas: negarse al olvido. Es un gesto que parece menor, pero no lo es. Porque cada vez que alguien menciona a Racamonde, lo arranca del silencio que quiso imponerle el régimen. Porque, como le gustaba decir a otro escritor que supo de dictaduras, la memoria es una forma de justicia. Y la literatura, cuando no sirve para el consuelo, sirve al menos para la reparación.
Por eso estamos aquí, otra vez. No por nostalgia, sino por deber. Porque el país que fusiló a Racamonde sigue buscando poetas que no le tengan miedo. Porque la historia —como la poesía verdadera— no perdona a los que la adornan con incienso. Solo se inclina ante los que se atreven a decir la verdad, aunque sea con versos sucios y rotos. Aunque les cueste la vida.
La sentencia anterior al delito
A Racamonde lo mataron con pretextos, que es como se mata a los poetas en las dictaduras: no por lo que hacen, sino por lo que simbolizan. Bastó que alguien dijera que hacía chistes —y los hacía— sobre los tiranuelos andinos, Castro y Gómez, para que se activara la maquinaria del Estado. Bastó que se mofara «de su estolidez, de su jayanería», de sus botas embarradas de miedo, para que lo declararan enemigo. Racamonde, al fin y al cabo, no solo escribía; encarnaba algo más peligroso: la alma satírica y buida de Caracas, esa mezcla de descaro e inteligencia que el poder nunca ha tolerado bien.
Fue su humor —ese humor afilado, callejero, que no se aprende en los libros sino en las aceras— lo que terminó condenándolo. No era un humor inofensivo: era una forma de ajuste de cuentas. Caracas se vengaba de sus cadenas y de su chaparro en las carcajadas crueles que Racamonde provocaba con una copla, con un epigrama, con una frase dicha al pasar. Y eso no se perdona.
Porque el humor, cuando es verdadero, no hace reír al poder: lo desnuda.
Lo metieron en La Rotunda sin juicio, sin pruebas, sin defensa. No hacía falta. En ese lugar, la sentencia era anterior al delito. Racamonde entró sabiendo que no saldría. Y cuando se dio cuenta —cuando supo que lo suyo era definitivo—, no pidió clemencia, ni apeló a sus amigos, ni escribió cartas lastimeras. Escribió versos.
Versos como estos, garabateados quién sabe dónde, en papel de mala calidad, a la luz temblorosa de una celda o de la propia desesperación:
—Dulce gacela mía:
—del lodo que mi nombre ha salpicado
—y semejante al noble galileo
—tan solo hieles, trágicas espinas
—y manos asesinas
—alrededor de mi suplicio veo.
Hay en esos versos una mezcla de resignación y lucidez, de ternura y tragedia. La imagen del Galileo, del justo sacrificado por decir la verdad, no es gratuita: Racamonde se sabía condenado por escribir lo que pensaba, por decir lo que otros callaban. Pero también se sabía parte de una estirpe que no puede evitarlo. Porque hay poetas que escriben por belleza, por oficio, por moda. Y hay otros que escriben porque no pueden hacer otra cosa.
A Racamonde no lo mataron solo los esbirros del régimen. Lo mató la Venezuela que no soporta verse al espejo. Lo mató el país que encumbra a los obedientes y entierra a los insumisos. Lo mató el poder, sí, pero también la indiferencia, la costumbre, el miedo de todos.
Y sin embargo, aquí estamos. Leyendo sus versos. Recordándolo. Escribiendo sobre él.
Porque los poetas, a veces, resucitan así: en una página, en una frase, en una verdad dicha demasiado tarde.
El poeta que aún incomoda
Sus poemas —anota Tejera, como quien levanta un acta de lo que aún sobrevive— fueron atizados por Eros mismo. No lo dice en sentido figurado ni con alarde lírico. Lo dice con la gravedad del que sabe que nombrar al deseo en un país que lo castiga es, también, una forma de insurrección. Racamonde cantó a la primavera, sí, pero no a la primavera simbólica de los almanaques patrióticos: la suya era carnal, húmeda, impura. Por eso era peligrosa. Por eso sigue siéndolo.
Hay en su canto —dice Tejera— algo de lo pulcro y lo perdurable del «parnaso venezolano». Y sin embargo, nadie lo publica. Nadie lo reedita. Nadie lo lee.
Como ocurre con tantos otros vencidos, Racamonde no fue solo víctima de un régimen, sino de su posteridad. Lo olvidó la democracia, lo olvidó la cultura oficial, lo olvidaron los suplementos literarios que prefieren los poetas aprobados por las academias, los que no incomodan, los que se pueden citar en los brindis de gala. De él no se ha hecho una edición crítica, ni una antología escolar, ni siquiera una nota a pie de página que lo rescate del exilio interior al que fue condenado.
¿Por qué? Porque aún incomoda. Porque su nombre lleva una sombra. Porque mentarlo sería, para muchos, recordar que hubo poetas que no se inclinaron, que no domesticaron su lenguaje, que no pidieron permiso para cantar. Y eso, en un país con vocación de olvido y miedo al espejo, es imperdonable.
Tejera lo sabía. Por eso lo anotó en Cinco águilas blancas, casi como un conjuro, como una advertencia o una deuda: “Aquí hubo un poeta. Lo mataron. Lo borraron. Pero aún canta”.
Y aquí estamos. En el país donde las biografías se escriben a medias, donde los nombres se pronuncian en voz baja, donde la censura no necesita prohibir porque ya se ha vuelto costumbre. Y aun así, el nombre de Racamonde regresa.
Porque lo verdaderamente peligroso, cuando se trata de un poeta, no es su vida: es su obra.
Poetas que no pudieron ser callados
Y no fue este solo, no fue solo Víctor Racamonde. La lista de muertos, de olvidados, de asesinados con el nombre de poeta, es larga y oscura. Al lado de Racamonde, allí figuran Leopoldo Torres Abandero, «bardo conocido en toda la América Latina por su bello libro Mariposas, cuya única culpa fue escribir versos que celebraban la fugacidad del amor y la belleza de la vida, y Jacinto Añez, «rebuscador de gemas líricas», autor de Trizas de poemas, quien encontró en la poesía un espacio de libertad que, como todos los poetas, le fue arrebatado con violencia. Y a su lado, Eliseo López, «pujante aeda y cachorro de león, gloria del solar maracaibero», quien sucumbió a las torturas y al hambre en las celdas que la dictadura de Gómez reservaba para los que pensaban en libertad.
Estos son solo algunos de los nombres que, al igual que Racamonde, fueron condenados por el simple hecho de ser lo que eran: poetas.
Pero la lista es aún más extensa, como la interminable fila de sombras que acompañan a todos los que se rebelan, de alguna forma, contra la opresión. Antonio Arráiz, Andrés Eloy Blanco, Arreaza Calatrava, Francisco Pimentel, Rafael Arévalo González, Carlos Julio Rojas, Pío Tamayo, Pablo Domínguez, Vallarino de Lorena, Ernesto Silva Tellería, Enrique París, Pedro París, Gustavo Ponte, Rolando Anzola, Ramón Hurtado… ¿qué venezolano intelectual y digno no ha figurado en esa lista de horror? Estos son los sepultados de los presos políticos del régimen de Juan Vicente Gómez, cuyos cadáveres fueron enterrados junto a sus voces, junto a sus letras, como si con su muerte pudiera silenciarse toda una generación de pensamiento y creatividad. Pero el régimen de Gómez, por muy fuerte que fuera, no logró callarlos para siempre. No lo logró con Racamonde, ni con ninguno de ellos.
Y es que, aunque sus cuerpos se pudran en las tumbas, sus versos no pueden ser destruidos. El poder que los asesinó no sabe que, al eliminar físicamente a los poetas, les dio a sus palabras una nueva vida, una que no puede ser apagada por el ruido de las armas ni por la indiferencia de los que se creen poderosos. Los poetas, como Racamonde, viven por lo que dejaron atrás, por lo que resistió el paso del tiempo, por lo que permanece en la memoria de aquellos que siguen, a pesar de todo, luchando con el verbo.
En la Venezuela de Gómez, en la que la dictadura convirtió a tantos hombres y mujeres en sombras de sí mismos, las voces de los poetas no fueron en vano. Eran y son la resistencia misma.
El testamento de los olvidados
Por eso, nuestra literatura es dantesca, como la de los revenants de Siberia, esos muertos que caminan, que aún tienen algo que decir cuando todo parece haber quedado en el olvido. «El Dostoyevskismo es nuestro, lo vivimos, lo comprendemos, lo padecemos». Nos atraviesa como un virus y nos marca con su intensidad. Es una herida abierta que nunca cicatriza del todo, porque no somos, ni fuimos nunca, una nación que haya tenido el lujo de una historia tranquila. Nuestra novela, como nuestra poesía, no es solo un arte: es el testimonio de un país que vivió la desesperación de los excluidos, la opresión de los que no callan, la ironía amarga de los que se ven obligados a seguir escribiendo a pesar de que el silencio les acecha con cada palabra.
Y sin embargo, hay quienes, desde la comodidad de sus sillones en Londres o en Nueva York, piensan que todo esto es solo literatura, que nuestras novelas son solo narraciones académicas para el consumo del turista literario. «Pedantes extranjeros como Dilwyn F. Rateliff», que analizan nuestras novelas como quien descifra jeroglíficos antiguos sin entender que lo que estamos contando no es solo la historia de un país, sino la de su agonía, la de su alma rota. No saben que nuestros novelistas han sido, y siguen siendo, los historiadores no oficiales, los periodistas sin micrófono, los que se arriesgan con la pluma donde los demás callan con el voto o con el miedo. En un país con perpetua mordaza, las letras son la única forma de contar lo que ocurre cuando la historia está secuestrada. ¡Cuántos han callado para siempre en esas cárceles! Cuántos, como Racamonde, como Arreaza Calatrava, han dado su vida, no solo por escribir, sino por no rendirse.
Y mientras tanto, hay quienes han logrado escapar, como Blanco Fombona, «favorecido de los dioses», quien, habiendo eludido el golpe mortal del régimen, pudo continuar con más brillo que nunca su obra en Europa. A él, tal vez, podamos atribuir la resurrección de la historia y la literatura indolatinas, esas que se enterraron en el siglo pasado, en ediciones inhallables, y que, gracias a su esfuerzo, llegaron al continente europeo para ser leídas, aunque nunca del todo comprendidas.
Y luego están los otros, los que nunca se fueron, los que purgaron su talento en las cárceles de Castro y Gómez, como Arvelo Larriva, «nuestro doble de Quevedo y Villegas, ingenio llanero, buido y próvido», cuyo único crimen fue ser patriota, ser hombre, ser poeta. Durante veinte años, Larriva purgó «el crimen de su talento», de su hombría, de su dignidad, en unas celdas donde la justicia solo era la del verdugo, y la protesta solo podía ser silenciosa o morirse con ella.
De la misma manera, Andrés Eloy Blanco, «aeda adolescente de epopeyas», quien por ser joven, por ser brillante, por ser poeta, fue condenado por Gómez a la lenta agonía del presidiario. Y Antonio Arraiz, ilustre poeta y universitario, quien «unió la protesta del verbo a la de la acción», quien se levantó con su pluma contra el régimen y cayó, partido por las balas gomecistas, arrastrado, como tantos otros, hacia el abismo de las prisiones.
La lista es dolorosa y brillante, pero en cada nombre resplandece algo más que un simple recuerdo: una verdad que, aunque enterrada bajo montañas de censura, sigue siendo la verdad de una generación, de un país que nunca ha aprendido a dejar de luchar. Y no se puede ignorar que, en ese odio visceral hacia el intelectual entero, hacia el que se atreve a pensar, a crear, a imaginar una patria distinta, se encuentra la esencia del poder gomecista. Como bien señaló su apologista García Naranjo: “Gómez acepta bueyes, no toros”. Los poetas, los escritores, los artistas, son toros para un régimen que teme su bravura, su independencia, su fuerza.
Y entre esos nombres olvidados, entre los que no tuvieron la suerte de escapar, está Francisco Laguado Jayme, quien, en 1929, fue arrojado a los tiburones en La Habana por medio de la influencia de la diplomacia gomecista. Un sacrificio más, uno más de una lista interminable de escritores y pensadores a los que la dictadura mató, no con balas, sino con olvido.