Nuevas Crónicas de Historia Universitaria
La Universidad de Los Andes en la transición al siglo XX por Alí Enrique López Bohórquez
El empeño por conocer, comprender y explicar la historia, como proceso
continuo de cambios, de retrocesos y de crisis prolongadas en el tiempo, está
orientado a difundir nuestra interpretación del devenir socio-histórico,
comprensivo éste todos los aspectos que
dinamizan una sociedad, incluyendo lo institucional, que tiene como principio
fundamental la relación intrínseca del pasado con el presente. Partiendo de
esta concepción de la historia, la de la Universidad de Los Andes puede ser conocida,
comprendida y explicada tomando en cuenta que forma parte de un acontecer
relacionado con la situación de Venezuela y Mérida en general y de la educación
en particular. Acontecer en el que se advierte una crisis estructural, histórica, manifiesta desde las condiciones que
dieron origen a la fundación de esta institución universitaria en 1810, los
inconvenientes académicos y administrativos para su funcionamiento y
consolidación en el siglo XIX, y la proyección de esta realidad en el XX hasta
la actualidad.
Esta percepción histórica no es mera especulación
teórica, sino la comprobación de lo señalado a través de las fuentes escritas
(documentales e historiográficas), pero también de la experiencia personal
durante más de medio de siglo de actuación en la ULA como estudiante, docente, investigador y
ocasionalmente con el cumplimiento de funciones administrativas. Veamos, entonces,
como explicamos nuestra interpretación de la crisis estructural de la Universidad de Los
Andes, partiendo del hecho de que a lo largo de su historia de 215 años se
hicieron propuestas de transformación para la solución de situaciones
específicas. Unas sin aplicación alguna, otras de breve efectividad, sin
continuidad en el tiempo. Mayormente fueron proyectos elaborados por el Estado,
los de más duración, con ocasionales planes estructurados por la propia
Universidad, correspondiéndose con diferentes gestiones rectorales. Por otro
lado, en la expresión de las crisis, por lo general éstas fueron atribuidas a
la intervención de los gobiernos y nunca el reconocimiento de responsabilidad
institucional interna. Sería extenso exponer todos los proyectos de transformación
o renovación universitaria, por lo que en esta oportunidad solo vamos a
referirnos a la etapa de transición del siglo XIX al XX, particularmente entre
1888 y 1908, con los antecedentes que vamos a referir.
La primera propuesta organizativa tuvo lugar el 21 de
septiembre de 1810, cuando la Junta Superior
Gubernativa de Mérida decretó la creación de la Real Universidad de San
Buenaventura de los Caballero y dictó un primer plan de estudios, en espera de
que se conformaran las respectivas Constituciones, siguiendo las establecidas
para la Universidad
de Caracas de 1727, después de haber sido establecida ésta por Real Cédula de
1721. Esto último no se concretaría en razón de que la universidad merideña
funcionó con muchas limitaciones durante dieciocho meses, en el contexto del
inicio proceso emancipador venezolano y la ocurrencia en Mérida del terremoto
del 26 de marzo de 1812. En razón de esos hechos cesaron sus actividades de
enseñanza. El siguiente momento de organización de la institución universitaria
tuvo lugar en 1832, cuando el Gobierno de José Antonio Páez dispuso el
restablecimiento de la misma con el nombre de Universidad de Mérida y el
nombramiento como Rector interino al Pbro. Dr. Ignacio Fernández Peña, con el
encargo de redactar sus primeros Estatutos, siguiendo los Estatutos
Republicanos dados por Simón Bolívar a la Universidad de Caracas
en 1827. Ese encargo fue cumplido inmediatamente, pero los estatutos merideños
no fueron aprobados hasta 1836. Dada las condiciones académicas de Mérida,
aquellos estatutos caraqueños no se pusieron completamente en práctica.
Solamente se crearon los estudios jurídicos, teológicos y filosóficos. Así
funcionaría la Universidad
hasta 1843, cuando el Gobierno de Carlos Soublette dictara el primero Código de
Instrucción Pública de Venezuela. Nuevamente, en Mérida éste no se aplicó
totalmente, pues solamente se instaurarían las Facultades de Ciencias
Políticas, Ciencias Eclesiásticas y Ciencias Filosóficas o de Humanidades, mas
no las de Ciencias Médicas y las Ciencias Físicas y Naturales. Este Código
prácticamente rigió la educación venezolana, incluyendo la universitaria, a lo
largo del siglo XIX, con sucesivas reformas, particularmente administrativas y
menos académicas.
Esta es la realidad de la Universidad de Mérida
en esa centuria, con una enseñanza escolástica, de notable influencia religiosa
en sus tres carreras de estudio, con un número reducido de catedráticos y
estudiantes, una edificación en estado ruinoso, cohabitado con el Colegio
Seminario construido en 1790. Con una Biblioteca, también compartida con ese
instituto eclesiástico, en la que predominaban los libros religiosos,
moralistas, filosóficos, literarios y jurídicos, en razón del origen de los
mismos, provenientes de las librerías de los tres primeros Obispos de la Diócesis de Mérida de
Maracaibo y del Colegio de los Jesuitas que existió en la ciudad entre 1628 y
1767. De manera que entre 1843 y 1887, cuando asume el rectorado el Dr.
Caracciolo Parra y Olmedo continuaban los originales estudios del derecho, la
teología y la filosofía, a los que se agregaron los de medicina a partir de
1854 y los de farmacia en 1894, con muchas limitaciones, más especulativos que
prácticos. Esta realidad fue advertida por esa autoridad universitaria, quien
se dedicó en sus más de diez años de ejercicio en el cargo (1887-1900) a
realizar reformas orientadas a la introducción definitiva de las Ciencias
Físicas y Naturales en la
Universidad de Los Andes. Así, en esa trayectoria histórica
de 1810 a
1900 estamos en presencia de una Universidad en la que, con excepción de esa
autoridad universitaria, fue el Estado el que intervino directamente en el
diseño curricular de los estudios, con muchas dificultades económicas para su
funcionamiento.
En la transición del siglo XIX al XX no hubo en la Universidad de Los
Andes cambios sustantivos, como se esperaba, después las propuestas de
transformación del Rector Caracciolo Parra y Olmedo entre 1888 y 1900. Su
preocupación por conformar una infraestructura para la inserción de las
Ciencias Naturales, como venía ocurriendo en la Universidad Central
de Venezuela desde mediados de la centuria decimonónica y como ya acontecía en
otras universidades de Europa y América. Esas propuestas presagiaban en un
futuro inmediato una enseñanza distinta y la incursión en la investigación
científica. Sin embargo, esa infraestructura comprensiva de aparatos,
gabinetes, museo de ciencias naturales, jardín botánico, herbario, clases de
taxidermia, observatorio astronómico, anatómico para la medicina, calendarios
agrícola y médico y la publicación de un Anuario de la Universidad para
difundir los progresos del instituto, no tuvieron los efectos deseados. Algunas de las propuestas no se pusieron en
práctica; la mayoría de los aparatos, instrumentos y espacios acondicionados
fueron destruidos por el terremoto que azotó a Mérida y a los Andes en 1894.
Sin dejar de mencionar el paso por la ciudad de la Revolución Liberal
Restauradora, liderada por Cipriano Castro en mayo de 1899, cuyas tropas con sus
caballos ocuparon los claustros universitarios. Cabe señalar que al doctor
Caracciolo Parra y Olmedo se le conoce en la historia merideña y universitaria
como el “Rector Heroico”, supuestamente porque enfrentó las políticas del
Presidente Antonio Guzmán Blanco (1870-1888) contra la Universidad de Los
Andes, lo cual no es cierto, pues éste no gobernaba Venezuela cuando Parra y
Olmedo fuera electo por el Claustro Universitario para su primer rectorado
(1863-1866). Además, Guzmán el nombró Rector en el último año de su gestión
gubernamental (1887), después de haber eliminado la autonomía eleccionaria que
venía existiendo en la
Universidad de Mérida desde 1834.
En verdad, lo de Rector Heroico le deviene de los
muchos esfuerzos que hizo por sacar a la Universidad de Los Andes de su penosa situación
académica y administrativa, llegando incluso a pagar de su patrimonio, en
algunos momentos, los salarios de los catedráticos y demás empleados de la
institución, así como de otras necesidades para el funcionamiento del
instituto, debido a los retardos en la remisión de los presupuestos
correspondientes. Por ello, en 1893 propuso a los Diputados del Estado Los
Andes ante la
Asamblea Nacional de la República la redacción de una ley que diera
autonomía administrativa a la Universidad. También, erróneamente, se ha dicho
que fue destituido por Cipriano Castro por las críticas que hizo al
comportamiento del ejército de su revolución en los espacios universitarios. Lo
cierto es que cuando fue sustituido en 1900 estaba cumpliendo trece años al
frente de la Universidad
de Los Andes, en el momento finisecular del siglo XIX. Así, la nueva centuria
se iniciaba con una institución universitaria que había tenido una prolongada
estructura académica de enseñanza escolástica jurídica, teológica y filosófica,
con un estudios de medicina y farmacia, más teóricos que prácticos; con un
edificio en ruinas, a pesar de los esfuerzos de Parra y Olmedo para su
reconstrucción; con un reducido número de profesores y alumnos, en su mayoría
pertenecientes a la Facultad
de Ciencias Políticas (Derecho), escasos también en los cursos de Medicina y
Farmacia, así como también en los de Ciencias Eclesiásticas y Ciencias
Filosóficas, sobre todo desde que Antonio Guzmán Blanco había clausurado el
Seminario y los Conventos Clericales de Mérida, de donde provenían mayormente
los cursantes de esas dos últimas carreras.
En sustitución del Caracciolo Parra y Olmedo, para el
período 1900-1901 fue designado como Rector
el Dr. Pedro de Jesús Godoy, quien sería reemplazado en ese último año
por el Dr. Asisclo Bustamante, para ser nombrado en 1902 el Dr. Juan Nepomuceno
Pagés Monsant, quien ejercería el cargo hasta 1909, en dos períodos
consecutivos. Los tres por disposición del Presidente Cipriano Castro. Destituido
éste por Juan Vicente Gómez en 1908 mediante un golpe de Estado que daría paso
a una dictadura que duraría hasta su muerte en 1935. Entonces, Pagés Monsant
sería sustituido por el Dr. Ramón Parra Picón (1909-1917). El Dr. Juan
Nepomuceno Pagés Monsant era hijo del Presbítero y Doctor José Francisco Mas y
Rubí, quien había ejercido el rectorado en 1846-1852 y 1866-1869. Al respecto
dice Tulio Febres Cordero: nacido “…en Mérida en 1852 [en el último año del primer rectorado del
padre] … recibió temprana y esmerada educación a la sombra
del benemérito sacerdote Dr. José Francisco Mas y Rubí…que supo inculcarle
desde tierna edad las más puras doctrinas en el seno de la moral Cristiana.”
Estuvo muy vinculado a la institución desde su ingreso como estudiante en 1870,
Había nacido en 1852, cuando su padre culminaba su primer rectorado. Obtuvo los
grados de Doctor en Ciencias Políticas, en Teología y en Derecho Canónico,
después de habérsele otorgado los de Bachiller y Licenciado en esas carreras.
Catedrático de Filosofía Intelectual, Derecho Público Eclesiástico, Derecho
Español y Derecho Civil Italiano.
Siendo estudiante fue seleccionado para el cargo de
Bedel, una importante función vinculada a tareas de secretaría y asistencia a
las autoridades universitarias, distinta a la que en la actualidad se conoce.
Fue el primer Bibliotecario de la
Biblioteca instituida en 1888 y organizador del Archivo
universitario, Secretario, Vocal de la
Junta de Inspección y Gobierno, Presidente de las tres
Facultades en la que curso sus estudios. Escribió la primera historia de la ULA con el título de “Resumen
Histórico de la
Universidad de Los Andes” (1891), siendo un gran colaborador
de la gestión rectoral del Dr. Caracciolo Parra y Olmedo, sobre todo en la
edición del Anuario de la Universidad y en
la organización de la biblioteca, tarea ésta que continuó con mucha eficiencia
al seguir haciendo exigencias de donaciones de libros y revistas a distintas
personalidades e instituciones, dentro y fuera del país. Por otro lado, se le
reconoce a Pagés Monsant la preocupación por la atención a estudiantes que
destacaban en sus cursos, guiándolos para que al regreso a sus respectivos
lugares de residencia se convirtieran de importantes profesionales. Además de
esas actividades universitarias, este Rector tuvo una destacada actuación en el
periodismo merideño, a través de la creación de algunos periódicos, formando
parte de la directiva de otros y publicando en muchos de ellos diferentes
artículos relacionados con sus conocimientos jurídicos, humanísticos,
educativos, políticos y económicos. Entre sus diversos escritos, tuvo mucha
resonancia el folleto Las Procesiones de
Semana Santa (Mérida, Imprenta de Juan de Dios Picón, 1883, 96 p.), en el
que expuso sus puntos de vista en una disputa surgida entre miembros de la Iglesia, a raíz de la
supresión en 1883 de esas procesiones por el Obispo de la Diócesis de Mérida Román
Lovera Arregui, actuando en favor del Cabildo Eclesiástico que se resistía
aceptar la eliminación de una tradición merideña y de la iglesia católica,
fundamentando sus alegatos en la liturgia, el dogma, el derecho canónico, la
historia eclesiástica y la filosofía. La decisión obispal no fue modificada,
pero generó una agresiva posición del Obispo contra el autor de aquel texto y mucho
ruido entre los feligreses que se vieron reprimidos de cumplir con una antigua
costumbre eclesiástica.
En lo que a la estructura académica se refiere, cabe
destacar un hecho que también tendrá mucha trascendencia para la Universidad de Los
Andes y de mucha incidencia en la crisis que venimos reseñando: el cierre de
los estudios de Farmacia y Medicina en 1904, por disposición del Presidente
Castro, considerando éste que eran deficientes y se carecía de la
infraestructura pertinente. Esos estudios no serían restablecidos hasta 1918 y
1928, respectivamente. De manera que, a partir de ese cierre, la ULA quedó funcionando con las
clases de Ciencias Políticas, ya que las de Ciencias Eclesiásticas y de
Ciencias Filosóficas fueron desapareciendo progresivamente por falta de interés
e inscripción de alumnos. A ese decreto se unió otro del mismo año que también
tendría incidencia en la
Universidad de Los Andes: la clausura de las Universidades
del Zulia (1891) y Valencia (1892), en razón de que el gobierno “no quería
seguir creando proletarios universitarios”. Hecho que significó la venida a
Mérida y a su Universidad de un número importante de marabinos para continuar
sus estudios de Derecho. Ante esa realidad, y el no establecimiento en Mérida
un Colegio Nacional, como se había dispuesto para otros Estados, el Rector
Pagés Monsant dio inicio a un programa remedial a la situación académica de la
institución universitaria, solicitado en 1907 al Ministerio de Instrucción
Pública la puesta en práctica de los Cursos Preparatorio y Filosófico,
iniciando sus actividades al año siguiente. Especie de propedéuticos necesarios
para los que se proponían seguir carrera en la Universidad, pero
también para suministrar base sólida a los ciudadanos que se dedicaran a
profesiones industriales y mecánicas, mediante la enseñanza de conocimientos
para el trabajo en la agricultura, la invención de técnicas, la carpintería, la
metalurgia, la tipografía, etc., y también para la música y la cultura. En el
primer año del Curso Preparatorio se dictarían las clases de Geografía, Idioma Francés e
Higiene; mientras que en el Curso Filosófico se enseñaría Elementos de
Gramática Griega, Álgebra Elemental, Física, e Historia Universal. Cabe señalar
que la preocupación del Rector por instalar estos cursos obedeció también a la
necesidad de ocupar a algunos de los profesores que habían quedado inactivos
con el cierre de los estudios de medicina y los de las Facultades de Ciencias
Eclesiásticas y Filosóficas que se habían quedado, prácticamente, sin
alumnos.
Otra forma de ocupar a aquellos catedráticos fue el
Programa de Conferencias Públicas de la Universidad de Los Andes, decretadas en 1904.
Aunque se trató de una medida orientada al mejoramiento de la enseñanza y a
estimular “el honor de los jóvenes cursantes, así como su actividad
intelectual”, Pagés Monsant se preocupó también porque a esas Conferencias
asistiera el mayor número de personas, no solamente de la Universidad, sino
también de la Ciudad,
incluyendo invitaciones a funcionarios públicos y eclesiásticos, y a padres de
familias que tenían hijos cursando estudios en la institución universitaria.
Las conferencias fueron dadas tanto por profesores como por estudiantes sobre
los más diversos temas en las áreas de del derecho y de la medicina. La Gaceta Universitaria y otros periódicos de la ciudad fueron utilizados para invitar a
cada actividad, así como de la publicación en la primera de los textos leídos.
Veamos otros asuntos que contribuyen al conocimiento de la situación de la Universidad, como
hechos novedosos o como de dificultades que no terminaban de resolverse. Por
ejemplo, para 1904 la
Universidad de Los Andes no contaba con una Imprenta propia,
lo que se concretó en ese año mediante la donación que hiciera el Presidente
Cipriano Castro de una maquinaria privada existente en la ciudad desde 1891, la
cual fue comprada por el gobierno para que entrara a formar parte de la
institución y con ello dar inicio a la edición a partir de entonces de la Gaceta Universitaria.
En cuanto a la legislación universitaria, después de
la instauración del Código de Instrucción Pública de 1843 se fueron haciendo
reformas que condujeron a una versión final durante el gobierno de Antonio
Guzmán Blanco, pero no sería hasta 1905 cuando se dictara un nuevo Código de
Instrucción Pública, el que exigía la conformación del Reglamento de la Universidad de Los
Andes en 1907, mediante el cual se reglamentaban la dinámica funcional de la
institución, deberes y derechos de su comunidad, enseñanza, grados y bienes. La
vieja Junta de Inspección y Gobierno del siglo XIX fue sustituida en ese año,
de acuerdo con lo pautado en dicho Código, por el Consejo Universitario, cuyas
características de cogobierno universitario se prolongarían en el tiempo hasta
nuestros días, con ligeras modificaciones en distintos momentos. Todavía para
el período del Rector Pagés Monsant seguía existiendo el problema de las
reparaciones del edificio, como consecuencia del mencionado terremoto de 1894.
Una de las gestiones de esta autoridad fue la construcción del Salón de Actos
Públicos entre 1902 y 1909, en sustitución definitiva de la Capilla Universitaria
como espacio para actos de distinta naturaleza del instituto universitario,
sobre todo para el Programa de las Conferencias Universitarias.
Dejamos al lector la consideración de lo que aconteció
en la Universidad
de Los Andes en la última década del siglo XIX y la primera del XX, a fin de
que pueda conocer y reflexionar acerca de una crítica situación académica de la
institución, siempre con incidencia en la ciudad. Todavía para el momento de
los rectorados de los doctores Ramón Parra Picón (1909-1917), Diego Carbonell
(1917-1921), Gonzalo Bernal (1921-1931), Humberto Ruiz Fonseca (1932-1933),
Cristóbal Benítez (1933-1934) y Roberto Picón Lares (1934-1936) la ULA seguirá en la búsqueda de
soluciones a la crisis heredada del siglo XIX, la que se había agravado, como
hemos expuesto, por decisiones del gobierno de Cipriano Castro de notable
incidencia en su estructura académica y dinámica funcional. Soluciones que
lenta y gradualmente fueron concretándose a lo largo de la primera mitad del
siglo XX, de significativa proyección en la segunda parte del mismo, incluso,
no exageramos, en el resto de esta centuria y hasta el presente, como
expondremos y demostraremos en futuras crónicas.
Para el conocimiento de la etapa de transición de la Universidad de Los
Andes del siglo XIX al XX y, en particular, del Rectorado del Dr. Pagés
Monsant, remitimos a los documentos incluidos en Eloi Chalbaud Cardona: Historia de la Universidad de Los
Andes. Mérida, Universidad de Los Andes / Ediciones del Rectorado, 1978 (Tomo VIII) y
1982 (Tomo IX); además de estudios sobre aspectos específicos en Tulio Febres
Cordero: “Dr. Juan N. P. Monsant” en Archivo
de Historia y Variedades. Caracas, Editorial Sur América, 1930, Tomo II,
pp. 360-361; Pedro María Molina: “Dr. Juan Nepomuceno Pagés Monsant
(1852-1912)”, Boletín del Archivo
Histórico. Universidad de Los Andes, 8 (Mérida, enero-junio de 2003), pp.
77-78; Carlos Chalbaud Zerpa: Compendio
Histórico de la
Universidad de Los Andes. Mérida, Vicerrectorado
Académico, 2003, pp. 178-180; Alí Enrique López Bohórquez: “La Gaceta Universitaria.
Primera Época (1904-1908)” en Crónicas de
Historia Universitaria… Mérida, ULA / Consejo de Publicaciones / CDCHT, 2008, pp. 141; Alí Enrique López
Bohórquez (Coordinador): Simposio. Juan
Nepomuceno Pagés Monsant un Universitario integral de dos siglos 1852-1912.
Resúmenes de Ponencias (Mérida, 28 de junio de 2012). Homenaje de la Universidad de Los
Andes al Dr. Juan Nepomuceno Pagés Monsant en el centenario de su fallecimiento
1912-2012. Mérida, Cátedra Libre de Historia de la Universidad de Los Andes
/ Centro de Estudios Históricos “Carlos Emilio Muñoz Oráa”/ Escuela de
Historia/ Facultad de Humanidades y educación, 2012; William Lobo Quintero: “De
estudiante-bedel a Rector insigne” [Simposio sobre el Dr. Juan Nepomuceno Pagés
Monsant] en La Universidad Siempre (Segunda Parte). Mérida, Universidad de
Los Andes /Vicerrectorado Administrativo, 2015, pp. 80-82 [Artículo publicado
en el diario Frontera. Mérida, 20 de
agosto de 2012].