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Palabras hechas para el canto por Karelyn Buenaño de Oberto

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Por Karelyn Buenaño de Oberto


karelynentrelibros@gmail.com

 

Podemos dedicar las secciones que deseemos a la relación indivisible entre la palabra y el canto. Entre la voz de la madre, o la abuela, que cantaba canciones al niño en el regazo, y la palabra repetida al mundo mucho después, con el mismo timbre de los miembros de la casa. Voz de la madre que llora en la angustia, que invita a hacer tareas, y ríe en el juego y en la escuela. Luego la voz del padre, o del abuelo, poniendo con firmeza ciertos límites, llamando al niño para que ayude en el campo, o para hacerle cosquillas, o arrullándolo con un tono más grave cuando algo le duele. Todo ese cardumen de la memoria se convierte en ser y presencia, en construcción permanente destinada a legarse.

A veces esa cantada nutrida de onomatopeyas, chistes y tralaleos guarda el destino particular de prolongar sus ritmos a la cultura nacional. De sumarse a los ritmos de la historia humana. Hasta el momento en que una palabra ya no es tal, sino que cuenta mientras inventa, responde a otra palabra sin detenerse.

El que comienza a coplear percute la mesa, el que prosigue baila, o teclea un botón, o ayayea y pulsa una cuerda.

Los más avezados entonan con gracia.

Los chicos rapean.

Unos y otros juglarean en el mundo de hoy que aún cree que una copla es una estrofa de cuatro versos octosílabos con rima xaxa. Nada más lejano, manualesco ni escueto.

Una copla o cobla es el fruto más sincero de las entrañas de los pueblos. Puede tener cuatro versos, tres, cinco, seis. Lo que importa es la particular picardía, la precisión melódica de lo sencillo; algunas tienen autor, otras son tan repetidas que pertenecen a todos.

Unas cuantas novelas latinoamericanas se nutren de la copla como canto que acompaña la trama; otras veces se erige como epígrafe, o como la forma particular de pensar o sentir de un personaje. A veces la copla se deja glosar a lo largo de décimas cultas, o populares.

¿Cuántas historias recorren nuestro continente a través de la ilación que ofrecen las coplas y la improvisación?

Ya decía Andrés Bello que nuestras primeras rimas debían de ser asonantes, porque son más fáciles de continuar, por no decir que son más naturales. Lo otro, la consonancia, es fruto de un artificio sumamente exigente.

Martín Fierro, publicado por José Hernández hace 152 años, narra en dos platos -y a fuerza de extensas y chisposas coplas octosílabas de cuatro y seis versos- las inimaginables desventuras de un gaucho que lo pierde todo por causa de la opresión, la explotación y la recluta.

 

Formaron un contingente

con los que en el baile arriaron;

con otros nos mesturaron

que habían agarrao también:

Las cosas que aquí se ven

ni los diablos las pensaron.

 

En La vuelta de Martín Fierro, publicada años después, el gaucho cantor explaya cómo era su vida, y cómo le tocó luego intentar proseguir con lo poco que le había quedado después del infortunio.

 

Consejos del Viejo Viscacha

(…)

El primer cuidao del hombre

es defender el pellejo;

llevate de mí el consejo

fijáte bien lo que hablo:

el diablo sabe por diablo

pero más sabe por viejo.

 

Florentino y el Diablo, por su parte, cumple 75 años de haber sido publicado en su primera versión. Es original de Alberto Arvelo Torrealba, pero lo que cuenta y canta pertenece al acervo cultural venezolano. Es un palabreo largamente encabalgado en dos largos capítulos.  Se bate una lucha de insólitos alcances entre el mejor coplero del Llano, y el mismísimo diablo.

 

Florentino

Con el nunca o el jamás.

Su aguijón no me zahiere

ni me emponzoña su mal,

ni en escombros su despecho

me arredra su adversidá.

Porque este pasaje suyo

es como el del gavilán

que aguaitando la perdiz

se topó el águila real;

y en el pleito que tuvieron

el águila pudo más

con el pico que le puso

el que le dio majestá

y las alas invencibles

de quien le enseñó a volar.

 

El Diablo

De quien le enseñó a volar.

¡Ay!, catire Florentino,

cantor de pecho cabal,

¡qué tenebroso el camino

que nunca desandará!

por negra orilla del mundo

donde ni suspiros hay,

ni vuela la corocora,

ni susurra la torcaz.

Sin alero ni rescoldo,

sin luna ni morichal,

sin alante, sin arriba,

sin orilla y sin atrás,

donde olvida patria y nombre

el que ya no puede hablar.

 

Veamos, por último, esta curiosa versión española del 2005 escrita por Severo Insausti titulada El cantar de las tentaciones/ Crónica de una noche con el diablo 6666, en la que el autor usa 6666 versos para librar un duelo entre el poeta y el diablo a través del intercambio de décimas un poco más libres que la de las décimas y coplas tradicionales. El texto se divide en tres partes, y en éste participan 27 voces poéticas, ya que hay en él 27 personajes que intervienen.

 

El Diablo

Quien quiere volar muy alto

y en la caída no piensa,

al subir va descontando

del tiempo que aún le resta.

¡Usted es un simple juglar,

yo soy la primera esencia

de lo que llaman maldad!

¡Usted es brillo de un día,

y yo soy la eternidad!

 

El Poeta

En un día corre el sol

por la bóveda celeste,

el más inmenso crisol,

el más grande e incandescente.

El existir es efímero,

pero basta, solamente,

para ponerle sentido,

un instante detenerse.

El hombre, para vivir,

precisa de conocerse,

toparse con sus raíces,

analizar su presente;

¡Si es larga o corta la vida,

eso a usted no le compete,

que viene de más arriba

el nacimiento y la muerte!





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