Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 01:41 am
Cuando le pregunt o qué diferencia puede haber, o si es muy largo o corto el trecho entre religiosidad y mística, el párroco de Mucutuy, allá lejos, en Los Pueblos del Sur, un muchacho con muchas responsabilidades encima, especialmente espirituales, que son las más duras y de gran peso a la hora de las definiciones, se limita a responder que siempre ha sido claro en su ministerio: desde el púlpito, igual en la escuela o en la calle, sostiene lo que dice, lo que afirma y lo que piensa:
-A mí el Señor Arzobispo no me ordenó para alcahuetear las cosas malas que vea sino para denunciarlas buscando corregirlas, ayudando a resolver problemas y buscando soluciones”
Por eso, en el ejercicio de su sacerdocio, Aldemar Ramón Villasmil es un hombre cumplidor de la tarea encomendada, tanto en la defensa y fortalecimiento de la espiritualidad de su grey como también, asumiendo a plenitud el papel de rector en su sociedad.
Aldemar Ramón Villasmil, cuando niño, jugaba a ser sacerdote, allá en su casa natal, en Valera. Sus amiguitos acudían a su "misa” y recibían la “comunión”, que él repartía equitativamente entre todos: un paquete de galletas. Su hermano mayor, entonces presbítero y hoy en día Monseñor, se limitó a mostrarle el camino al Seminario Diocesano de Trujillo, de donde Aldemar años después, egresó con excelentes calificaciones. Es un joven muy decidido y en quien se puede confiar, afirma la gente. Su tarea, inmensa, hay que reconocerlo, la cumple día a día sin aspavientos, con mucha humildad pero decisión y fortaleza.
Cada acto suyo tiene buen reflejo en la felicidad que lo aprecia, lo ayuda y lo estimula. Es un verdadero luchador social que profesa gran respeto por el pasado y resume la experiencia de los mayores. Bien enterado de lo que a diario acontece en el escenario mundial, está definitivamente claro en que la modernidad y sus cambios terminarán por imponerse. Por eso su gran preocupación consiste en lograr que su gris de Mucutuy reciba cuanto antes la atención necesaria para que su incorporación al nuevo milenio pueda traducirse en beneficios reales.
-Puebla, que es un gran documento, para sus enseñanzas, ¿cómo lo aplican ustedes en estos pueblos de Dios?
-Si. Es un gran documento para sacerdotes y fieles. En cuanto a nosotros nos recuerda que “el Ministerio jerárquico, signo sacramental de Cristo Pastor y cabeza de la Iglesia, es el principal responsable de la edificación de la Iglesia en la comunión y de la dinamización de su acción evangelizadora”. Y nos señala que el papel de la Iglesia hoy día nos lleva a reflexionar en torno a que el sacerdocio, en virtud de su participación sacramental, con Cristo es y será, por la palabra y la Eucaristía, un servicio dedicado a preservar y fomentar la unión de la comunidad.
-¿Cómo debe traducirse y concretar este señalamiento?
-El sacerdocio de Cristo, por ser un medio de la participación en la comunidad, nos tiene a nosotros como sus inmediatos voceros. Nos mueve un sacerdocio totalmente entendido como un servicio comunitario.
-Afortunadamente, en esa posición la Iglesia hoy en día mantiene un alto nivel de aceptación en nuestra sociedad.
-La Iglesia siempre ha tenido ese sentido de credibilidad. El núcleo de esa verdad es el Evangelio de Jesucristo, que anunciamos los sacerdotes como la Palabra de Dios. El Evangelio nos guía y fortalece en nuestra tarea.
-Sin embargo, es creciente cada vez, acelerada y peligrosa, la pérdida de valores de nuestra sociedad. Entre ellos, la moral y la ética. ¿Cómo podría la Iglesia detener tan preocupante situación?
- Es muy terrible y doloroso lo que al respecto sucede. Hay, es cierto, una pérdida acelerada de valores. Es una amenaza que debemos enfrentar, con mucho coraje, responsabilidad y valentía, desde el propio seno de nuestra familia hasta llegar al último rincón de la sociedad. La Iglesia, bien se sabe, hace lo imposible y en su actitud y en su acción tiene respaldo. ¡Pero, reconocemos, es una tarea en la cual debe participar, sin exclusión alguna, todo el colectivo!
-Al sacerdote también la gente se le acerca en demanda ya no sólo de ayuda espiritual. ¿Cómo atiende usted, por ejemplo, las peticiones de carácter material, que tanto le plantea su comunidad?
- Mucutuy conserva una tradición muy rica en cuanto al nivel religioso y de respeto a la figura del sacerdote y del sacerdocio. En sus hombres y mujeres, incluso en sus jóvenes y niños, he tenido a los mejores amigos y a los más esforzados colaboradores. Me admiro todavía y me sorprendo de modo muy grato, ya veces me da pena de la buena, cuando un anciano me pide la bendición en vez de yo pedírsela a él. Esa bendición que le imparto es una gracia para ellos, para su salud, para su trabajo. Y para mí, como sacerdote, el mejor regalo es verles su sonrisa franca, pura, hermosa, sincera. En segundo lugar, trato de activar con los organismos responsables la próxima respuesta a toda clase de pedimentos.
-Frente a la modernidad y su complejo accionar de cada día, ¿cuál debe ser su papel ante los feligreses?
- El de ayudar a entender la complejidad de los sucesos. Estamos viviendo un proceso de constantes transformaciones. Hay cambios en todo y para todo. Nos sorprende la rapidez con que estos cambios benefician o afectan a cualquier segmento de la sociedad, del mundo entero. Los medios de comunicación nos transmiten infinidad de conocimientos de manera instantánea. Ya lo de ayer hoy no puede servirnos. Frente a este mundo deshumanizado y la atosigante modernidad, que es un reto peligroso, debemos tener mucho cuidado. Hay que ser precavidos. Preservar del pasado las mejores enseñanzas y, fortalecidos en la experiencia de nuestros mayores; posibilitar el mejor modo de adentrarnos en este mundo de cambios, de innovaciones y también de graves riesgos. Fe en Dios, por delante.
-Puebla le dedica mucho espacio al tema de los pobres.
-Es cierto. Puebla es muy rica en contenido, en verdades, en definiciones. Trata todos los niveles. Enseña y guía. Puebla apunta que para el cristiano el término pobreza no es solamente expresión de privación y marginación, de la que debemos liberarnos, recordándonos que la inmensa mayoría de nuestros hermanos siguen viviendo en situación de pobreza y aun de miseria. El documento de Puebla es igualmente muy honesto al reconocer, que se debe tomar conciencia de lo que la Iglesia latinoamericana ha hecho o ha dejado de hacer por los pobres después de Medellín, como punto de partida para la búsqueda de pistas opcionales, efectivas en nuestra acción evangelizadora en el presente y en el futuro de América Latina.
-¿Cómo interpretar esas afirmaciones?-
-Que entre las muchas tareas que nos impone el sacerdocio, resalta como importante la de ser intermediarios entre quienes tienen, pueden y deben frente a los que no tienen, ni pueden tener, para que finalmente los pobres tengan. También ayudando a preservar la moral.
-De acuerdo, padre. En el espacio dejado por la moral que se pierde y la ética que se abandona, se anida entonces la corrupción, ¿cierto?
-Últimamente la corrupción la definen los hechos dolosos que ocurren cuando se mal manejan los dineros públicos. Pero la corrupción, amigo mío, está en todas partes, en todos los niveles, llámese familia, gobierno, instituciones, en la sociedad entera. Tan corruptos es el que se roba el dinero del Estado como el que no cumple con su responsabilidad y su deber con el Estado. Tan corrupto es el profesor que no va a dar clases como el alumno que se jubila, que no estudia. La corrupción, por estar en todas partes, debe combatirse con toda fuerza, para que no termine por corromper las bases que sostienen la sociedad, nuestra conciencia.
-¿Qué dejó del mundo y qué le hace falta del mundo?
-La vocación no es del hombre. La vocación es de Dios. Dios me llamó para ir por el mundo, en su nombre a su servicio y al servicio del pueblo. Me recomendó esa tarea. La acepté y aquí estoy cumpliéndola.
-Son muy hermosas, por verdaderas y sencillas, como sus actores, gente del pueblo, las palabras e historias con las cuales usted conforma sus homilías.
-En ellas también doy gracias a Dios por mi vocación, al señor Arzobispo por haberme designado párroco de Mucutuy, que significa «el lugar de las piedras». Sí, mis homilías las construyo con lo que yo veo en este sitio maravilloso, donde toda su gente es noble y buena, que día a día me enseña mucho de la vida y de Dios, porque Dios está en sus rostros, sus conucos, en sus caminos, en sus casas, en sus alegrías, en su pobreza. ¿Mi inquietud como sacerdote joven? Pues la de hacer del Evangelio de Nuestro Señor palabra buena y traducirla en beneficios hacia mis semejantes. Atraer a la gente dispersa hacia el buen camino...
- ¿Adónde; Padre, ¿nos llevará ese camino?
-Al encuentro personal con Dios.
-¿Qué de concreto puede ser ese encuentro nuestro con Dios?
-Dios es el centro de nuestra vida ya Él debemos confiarle nuestros problemas, dificultades, sueños, deseos y propósitos. Él sabe escucharnos y nos dará su señal. Esa confianza nos llevará al encuentro personal del hombre con Dios.
-¿Y cómo saber cuándo y cómo habrá de producirse ese afortunado encuentro con Nuestro Señor?
-El Señor nos dice en el Evangelio: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirán. Todo esto nos lo dice Dios, por labios de Jesús, en su Evangelio, para que el cristiano, por medio de la oración, vaya a su encuentro. El hacer el bien, el ser correctos, honestos y responsables es la mejor señal de haber encontrado a Dios. Y ayudar, aconsejar, y trabajar porque nuestro prójimo cumpla otro tanto, es facilitarle el camino hacia su encuentro personal con Dios.
-¿Muchos sacrificios le imponen a usted el sacerdocio?
-No. Dios nos coloca, como prueba, distintos obstáculos en el camino, que debemos superar. Superarlos es un deber, ya que la tarea que nos ha encomendado el Señor es muy grande y muy fuerte. Es ayudar sin pedir nada a cambio. Por cierto, una periodista me preguntó, días antes de ordenarme, qué dónde estaba mi felicidad. Sin duda, con mucha certeza le respondí que residía en el sacerdocio.
-Le insisto: hoy en día el sacerdote debe estar atento a todo, para mejor ayudar a su grey. Por ejemplo, ¿qué hacer frente a lo que le sucede a Venezuela?
-Yo respondo, responsablemente, que en el país reina mucha la confusión, la desidia, la indefinición, el egoísmo y el materialismo. Si permitimos que todo eso crezca, hasta taparnos el horizonte, terminamos perdidos, sin rumbo. Pero si los venezolanos acordamos trabajar todos por todos, esa confusión dejará de serlo, porque el panorama se aclarará. Mientras, a la desidia hay que combatirla con trabajo ya la indefinición simplemente con decisiones, y una de ellas, fundamental en todo caso, es la unidad. En cuanto al egoísmo y al materialismo, recuerda Ángel Ciro que el hombre, desde siempre ha tenido defectos, muchos por cierto, pero los ha podido superar. La historia nos muestra en cada proceso, una manera de desarrollarnos en sociedad y, en estos tiempos de; tanto modernismo, como decía Don Esteban Altuve -a quien usted entrevistó como político, ya quien yo también; aprecio como filósofo-, el mundo cambia con la velocidad de una computadora pero, si no sabemos apreciar esos cambios y participar en ellos, se corre el peligro de que todo eso pueda convertirse en una explosión social.
-Un consejo para los políticos.
-Vivimos en un país maravilloso, lleno de riquezas que deben ser muy bien gerenciadas para que sus beneficios busquen favorecer, por igual, a todos los venezolanos. Al político le aconsejo en primer lugar, querer y trabajar más por la nación, que nos está pidiendo y es la hora de escucharla y responder con buenas acciones. En segundo lugar, que den ejemplo al cumplir sus deberes con Venezuela y su gente para que, viéndolos actuar, los venezolanos cumplan con los suyos y exijan, entonces con mayor razón sus derechos. En tercer lugar, despersonalizar su tarea; entendiendo que se deben al colectivo y no a sus intereses. Aceptar que sus partidos tienen que ser instrumento de lucha para que el pueblo encuentre reclamaciones y, finalmente, que dejen de hablar tanto y se propongan a trabajar más.
-Y a sus felices, ¿qué les recomiendan?
- Ellos, venezolanos al fin y al cabo, también tienen contraído con la nación un solemne compromiso: quererla, entenderla y defenderla. Quererla es trabajar para engrandecerla. Entenderla es saber hasta dónde debe marchar, es decir encontrarle rumbo fijo. Defenderla es juntar voluntades, por encima de los colores, para que sus problemas puedan resolverse sin tanto trauma. En suma, me permito reiterar que recuerden cumplir con sus deberes para que tengan fuerza moral a la hora de solicitar se les cumplan sus derechos.
-¿Y al gobierno, padre, qué le pide?
- La Conferencia Episcopal Venezolana ha venido aportando ideas muy claras y necesarias a la solución de los graves problemas nacionales. Así, al gobierno central me permito pedirle que prosiga trabajando mancomunadamente con las autoridades de la Iglesia para que, Estado e Iglesia, juntos, le encuentren rápida salida a la crisis que vive Venezuela. Al gobierno regional le agradezco los programas de atención, en obras públicas, que viene realizando en todas estas comunidades y, tal como dice nuestro gobernador William Dávila Barrios, le pido más hechos concretos. Estamos ciertos en que es una obligación del Estado venezolano velar por el bienestar de todos nosotros, pero por igual sabemos que todos nosotros debemos dar nuestro aporte. En esa correspondencia, en ese sano y democrático toma y dame, entre unos y otros debe privar el espíritu de unidad, de fraternidad, de respeto, de diálogo y entendimiento.
Al margen : De los Pueblos del Sur han salido al mundo católico excelentes sacerdotes, de reconocida trayectoria, cuya obra, tanto extensa como profunda y positiva, se les aprecia en todos los sectores. Y de algunos de ellos, la historia registro que fueron, por ejemplo, los que llevaron la modernidad a esos escenarios de enorme belleza, que abrieron caminos, que batallaron porque el gobierno construyó escuelas, dispensarios y, junto a esforzados campesinos, también llevaron, abriendo picas, el primer automóvil.
En una gira invitada por el entonces gobernador William Dávila Barrios, llegué a Mucutuy y conocí al padre Aldemar. Prometí volver, porque me interesó su pequeña historia, pero grande en lo realizado hasta la fecha, siendo un joven pastor de almas recién ordenado. Volví, tres meses después y conversamos. Puedo decir que la entrevista realizada con el padre Aldemar ha sido una de las mejores que realizó en mi largo trayecto periodístico. La cita fue en la casa parroquial, almuerzo de por medio, y ocurrió el 23 de octubre del año 1999.