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Álvaro de Rossón: el monje de la dramaturgia por Orlando Oberto Urbina

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Por Orlando Oberto Urbina


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Es imprescindible referirnos a un maestro del teatro venezolano; a un ser que vivió para el arte, y que buscó en el color su encuentro con las artes visuales. Había estudiado música y teatro en la escuela superior “José Ángel Lamas” y en la Universidad Central de Venezuela. Álvaro de Rossón fue un español que abrazó a Venezuela como su patria, a la cual aportó muchísimo en las artes escénicas y visuales. Él es símbolo de la dramaturgia venezolana, se destacó en la escenografía, el diseño y la teoría del arte. Escribió obras de teatro escolar como: La sentencia de Juan el Loco, El pastel de don Jacinto, y Los dos cochinitos, que fueron publicadas en 1970.

 

Este dramaturgo era un monje del arte, como lo denominó su amigo Igor Zamora, organizador en el estado Lara del festival de teatro en homenaje a un enamorado de la creatividad, de la lectura y de la poesía. De Álvaro de Rossón quedan retratos de vida en el teatro. Fue un hombre exitoso en cada tarea que realizaba; su vocación humanista y su formación multidisciplinaria lo llevaron a los grandes éxitos en las tablas, expresando todo ese talento de distintas formas. De Rossón ofreció conciertos, recitales, oratorias y óperas con su excelente voz de bajo. Álvaro tenía su propia forma de llevar la vida y su vestimenta; por eso siempre andaba de braga de colores: anaranjado, beige y verde. Era un creador nato, y se destacó en escenografía, musicalización, creación de luces y efectos sonoros. También fue escritor, periodista, traductor y poeta.

En la vida de Álvaro de Rossón hay varias facetas en su vida, además de haber sido un crítico de arte, creador de versiones y productor de programas radiales. Sus últimas actuaciones en el teatro fueron en las siguientes obras: “Don Juan” y “La ópera de los tres centavos”, Álvaro de Rossón estuvo ligado a la vanguardia de los años 60 y 70, en la que fue director invitado a países como Estados Unidos, Francia, Brasil y Polonia, por su brillante y original rol como director de teatro.

Se ganó a los críticos a fuerza de obras memorables. Fue uno de los mejores directores de la dramaturgia venezolana e internacional, y mereció el Premio Nacional de Teatro que se otorgó por primera vez en el país en 1975. Fue un actor de grandes retos en las diferentes obras en las que trabajó: las de Shakespeare, César Rengifo, José Ignacio Cabrujas, Jorge Zorrilla, Lope de Vega, Bertolt Brecht, en “Noches de Reyes”, “Lo que dejó la tempestad”, “Pozo Negro”, “Juan Francisco de León”, “Fuenteovejuna”, entre otros. Era muy inquieto, un genio de las artes, vivió en varias ciudades; entre ellas Barquisimeto, donde se hace un festival de teatro que llevaba su nombre en reconocimiento a sus aportes al arte dramático y a los grupos de teatro en la ciudad crepuscular. Ese festival buscaba difundir el teatro, la danza y la cultura nacional.

Esa vanguardia del teatro venezolano buscó en la dramaturgia una nueva visión crítica del país y un lenguaje y cánones eficaces  en sus diferentes dimensiones; en los cuales se cuentan Román Chalbaud e Isaac Chocrón, quienes en los finales de los años sesenta, junto a José Ignacio Cabrujas, van a crear “El Nuevo Grupo”, la cual va a ser la institución teatral más importante en la historia del teatro venezolano y los cuales influyeron en el  interior del país con grupos que sobresalieron en sus  entidades como Maracaibo, Mérida, Barquisimeto y Valencia.

Álvaro de Rossón se fue a vivir a Adícora, una pintoresca playa de azules hermosos y que tiene un singular encanto, y que, a mediados del siglo XX, llegó a tener un empuje comercial por su famoso puerto adonde se llevaban productos elaborados desde la península de Paraguaná a las Antillas Neerlandesas; pero la aparición del petróleo olvidó estas áreas tan importantes en la producción de divisas que no provenían del petróleo. Al llegarse a construir las refinerías en la ciudad de Punto Fijo como Amuay y Punta Cardón, se abandonó este comercio que ayudaba muchísimo a la población alrededor de Adícora.

Adícora está frente al Mar Caribe, y tiene una particularidad: una arquitectura de casas coloniales de construcción holandesa o española que le da un sitial especial; muchas de esas casas funcionan como posadas para los temporadistas que visitan la playa. Esta es una comunidad  de pescadores y contrabandistas, una encrucijada de abastecimientos para los pueblos circunvecinos, pero también un lugar especial para los creadores en la que van a residir tres personajes de reconocimiento nacional e internacional: la escultora Lía Bermúdez, una mujer representante del artificio del lenguaje abstracto en las cuales sus obras se destacaban en fibra de vidrio y en hierro, además de ser docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Zulia, antiguamente ligada al movimiento del arte cinético  en Venezuela.

Otro de los creadores que vivió en Adícora es el intelectual Dámaso Ogaz, que provenía de Chile y estaba vinculado al grupo “El Techo de la Ballena”. Dámaso Ogaz era crítico de arte, promotor cultural y poeta, llegó a Coro para fundar el Instituto de Cultura del Estado Falcón. Regresaba de Europa y estaba muy influenciado por el movimiento surrealista. Entonces Álvaro de Rossón, quien era un símbolo del teatro venezolano, escenógrafo, diseñador, teórico de las artes, comenzaba a presentar problemas de salud y había escogido establecerse en Adícora como recomendación médica.

Álvaro de Rossón nació en Madrid 3 de mayo de 1933. Igor Zamora lo llamó “el atormentado hombre de éxitos y buscador de soledades”, ya que este polifacético hombre del arte, en la se destacó entre la música y el teatro, la ópera, pero además fue un maestro en el “Taller Adícora”, lugar de encuentro de excelentes artistas plásticos que contribuyeron al desarrollo de las artes visuales en Falcón, en el que se encontraban artistas de la pintura como Emiro Lobo, Nicasio Duno y Luis Colina (wiche). Cuando Wiche va a buscar esos colores que están en el fondo del mar, es el maestro Álvaro de Rossón, quien lo orienta y va a influir en esa tendencia.

También allí va a estar Benito Mieses, poeta y artista plástico que va a residir por un tiempo entre Adícora y Coro, y va a ser discípulo de Álvaro de Rossón. Este monje de la dramaturgia venezolana, como es Álvaro de Rossón, va a cambiar de paisaje en 1981. Así culminó la vida del hombre que, frente al mar, pescaba estrellas y cantaba a las olas; por lo cual se escucha un réquiem para Álvaro de Rossón a su memoria de no olvidarlo. Cada vez que se levanta el telón en la dramaturgia venezolana y se encienden las luces de la escenografía, allí estará el hombre que tanto disfrutaba de sus creaciones y de sus libretos.





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