Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 08:30 pm
La palabra arcipreste,
viene de dos compuestos, “archí”: ser
primero y el “presby”: anciano, o
presbítero, ser el primero entre los presbíteros. Al estilo del Evangelio de
Jesús, “el que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga el servidor de
todos” (Mt 20, 27-29). Por tanto, arciprestazgo, refiere a “la agrupación de
varias parroquias cercanas entre sí, que tiene carácter potestativo para el Obispo.
También se denomina vicariato foráneo
o decanato. “Para facilitar la cura pastoral mediante una
actividad común, varias parroquias cercanas entre sí pueden constituirse en
grupos peculiares, como los arciprestazgos” (CIC, c. 374 § 2).
Su
historia se remonta a partir del siglo IV cuando van surgiendo comunidades
cristianas fuera de la ciudad en la que residía el Obispo. En un primer
momento, dichas comunidades eran asistidas por sacerdotes que vivían en la
capital de la Diócesis, con gran ardor misionero se desplazaban periódicamente por
todos sus territorios, aunque no tardaron en establecerse en ellas. De todas formas,
dado que su misión era principalmente catequizar, bautizar y distribuir la
eucaristía, en los inicios eran diáconos quienes estaban al frente de estas
comunidades. Poco a poco, estas comunidades cristianas se transforman en
centros de gran vitalidad misionera y aparece, como encargado de las mismas, un
sacerdote que dirige la actividad pastoral y recibe el nombre de Arcipreste,
llamado también Vicario foráneo o rural, por presidir en nombre del Obispo un
Presbiterio fuera de la ciudad en la que residía el Obispo y que era la capital
de la Diócesis. La misión del Arcipreste consistía, por tanto, en ser lazo de
unión entre el Obispo y el clero rural y su labor era claramente pastoral y
misionera.
En
nuestra Arquidiócesis, movidos por el impulso misionero de la sinodalidad y con
miras a favorecer el desarrollo del plan pastoral, ha tenido a bien nuestro
Arzobispo Monseñor Helizandro Terán, constituir un total de nueve (9)
arciprestazgos, convirtiendo las siete zonas pastorales existentes en esta
nueva configuración eclesial de participación y comunión: El Páramo además de
conformar dos nuevos, de la zona de Ejido, surge ahora el arciprestazgo de
Lagunillas, que llega hasta la Azulita, y en los pueblos del Sur, en el
Arciprestazgo Sur Alto que va desde El Molino hasta Guaraque. Y el Sur Bajo,
conformado por las Parroquias de Canaguá, Chacantá, Mucuchachí y Mucutuy. Además
de agregar Aricagua al Arciprestazgo de la Cuenca del Chama, dada su cercanía
geográfica y poblacional. Es la propia experiencia de caminar juntos, que en
palabras del Papa Francisco nos enseña a desechar la idea de una Iglesia
cerrada y estática para entender que la Iglesia somos todos y que cada uno está
llamado a edificarla.
El
arciprestazgo no es sólo un espacio de sacerdotes y religiosos, es una
plataforma de encuentro, de reunión, de comunión de todos, de teología del
encuentro. Su primer objetivo es fomentar la fraternidad sacerdotal, ofreciendo
espacios para el compartir fraterno, para preocuparnos unos de otros,
ayudarnos, ilusionarnos juntos.
Otro
aspecto, es el misional, el arciprestazgo no es un lugar de diálogos
únicamente, de debates o de suspiros-lamentos. Es una plataforma que nos debe
ayudar a evangelizar mejor, a pensar juntos formas y maneras de salir, de
anunciar, de estar presentes, de unir fuerzas y personas, de soñar. Juntos tenemos que conocer la realidad que
vivimos, amarla y asumirla. Y sentirnos enviados a ella con todos nuestros
agentes, como Iglesia, con el protagonismo de los laicos. En ese sentido, hemos
de ser operativos, audaces.
Este
nuevo estilo de vivir como Iglesia arciprestal nos invita a desarrollar con
mayor empeño la creatividad pastoral, ante la realidad a la que somos enviados
no podemos hacer “siempre lo mismo”. El arciprestazgo puede ser un lugar
precioso para dinamizar, promover, soñar nuevas actividades e iniciativas que
en nuestras parroquias solos no podemos hacer. Nos falta parresía evangélica.
Hemos de equilibrar las diferentes dimensiones de la evangelización: la
liturgia, la koinonia, la martiria y la diaconía.
Por
último, el compromiso, no podemos quedarnos sólo con buenas palabras. Estamos
llamados todos a involucrarnos, a trabajar y comprometernos en una pastoral de
conjunto. Todos debemos participar. Para caminar como Iglesia Arquidiocesana,
en renovación fiel y constante a Jesucristo, es importante la figura del
arcipreste y del arciprestazgo como servicio pastoral diocesano cualificado,
impulsores de comunión y de fraternidades y favorecedores de una acción
pastoral de conjunto.
Contar
en nuestra Arquidiócesis con la gracia del arciprestazgo es una invitación a
amarla y trabajar más por ella, animando las parroquias para que por la fuerza
del Espíritu de Vida sean renovadas, revitalizadas y muestren el nuevo rostro
de una Iglesia misionera, en salida, samaritana y abierta al encuentro con
todos los alejados.
Mérida,
24 de marzo de 2024