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De lo heteróclito por Ricardo Gil Otaiza

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De lo heteróclito por Ricardo Gil Otaiza


El vivir connota un sinnúmero de circunstancias, que hacen de su amalgama un “todo” inescrutable, como si cada parte o constituyente de todo fenómeno, y de la existencia, en suma, se disolvieran en un mar que todo lo consume y borra; como si se nos dificultara percibir de las gentes y sus maneras de ser, así como de cada hecho que nos afecta en el día a día, sus elementos esenciales, lo que nos lleva, qué dudas caben, a pensar de manera equivocada, a pretender unificar lo que de por sí es diverso y diferenciable, de allí su riqueza e importancia.

La homogeneidad de las cosas es sólo en apariencia, pero es lo que percibimos desde los sentidos, que muchas veces nos engañan al hacernos creer que estamos frente a una verdad irrefutable e inmutable, cuando lo que captamos es de por sí, o, de hecho, un mero proceso de configuración de un “algo” que no terminamos de comprender en la justa dimensión del Ser, por la cortedad de nuestra mirada.

Somos miopes frente a nuestra realidad: divagamos aquí y allá y nada nos conmueve, a no ser que nos afecte en lo personal, y nos olvidamos, peligrosamente, que cada atisbo que luce fuera de nosotros (y más aún: lo que nos mueve en lo interior) es una “totalidad diversa y heteróclita”, que no termina de amalgamarse porque siempre se está recomponiendo: algo así como un inmenso puzle que se arma y desarma ante nosotros, y cuyas piezas encajan y desencajan en la búsqueda de nuevos referentes, y así hasta el infinito.

Lo heteróclito es la realidad, y ella responde a sus dictámenes y leyes, y esto dice de nuestro asombro frente a hechos que no podemos explicar sin caer en la fábula y el desvarío y, como tales, los ponemos en duda: les aplicamos “el método”, tratamos de hacer pasar todo esto a través de un tubo reduccionista que nos posibilite estar cómodos y “en sintonía” con el intelecto que, como cabe suponerse, es el juez omnisciente que todo dirime, al pretender separar la verdad de la mentira, pero ello es apenas un bucle recursivo, que se realimenta de manera constante (y peligrosa), y siempre nos lleva al punto inicial de no tomarse la decisión de cortar la larga cadena de sucesos que conlleva.

Somos diversos, y esta es una verdad absoluta, y la heteroclisis, sabida pero no reconocida (de hecho: es ignorada de manera deliberada por la razón, que hace de las suyas), nos ocasiona grandes sufrimientos y nos lleva a enormes desavenencias con el entorno, de allí la causa de muchas (por no caer en absolutos) crisis del ayer y del presente, cuya génesis no es otra que el no saber reconocer a tiempo la heterogeneidad que nos constituye, y actuar en correspondencia, sin que en ello se nos vaya la vida entera a la espera de un “algo” que estaba frente a nosotros, y que por nuestra atávica ceguera dejamos pasar indiferentes.

Ser iguales y distintos a la vez es una condición compleja, que exige de nosotros estar en completa sintonía con la vida para unir lo disjunto, para conjugar en actos y acciones todo lo que nos constituye por esencia, y así salir fortalecidos de este (no tan fácil) proceso disyuntivo y conjuntivo a la vez, que se erige, sin que apenas lo percibamos, en el eje articulador de todo cuanto hay, aunque no estemos completamente conscientes de ello, y desperdiciemos cada oportunidad para estar plenos y felices, al optar casi siempre por la amargura y la autarquía existencial.

Lo heteróclito es parte y todo a la vez: es sabernos distintos aun siendo iguales, es declararnos defensores de todo aquello que es y que está en nosotros, a pesar de las apariencias (o precisamente a causa de ellas); es mirarnos a la cara y reconocer en el rostro del otro nuestra esencia humana, el latir de un corazón, la calidez de una misma piel: la voz interior que nos impele a integrarnos en una misma humanidad, que habla idiomas diversos, que tiene múltiples religiones y culturas y se enfrenta en fatídicas guerras y odios tribales, transijo, pero cuya impronta como especie nos unifica ayer, en el ahora y en lo que vendrá como hipotético futuro.

Ser diversos y heteróclitos, más que un problema ontológico, es una cualidad histórica, que se hace genésica y coyuntural: hoy somos más y menos heterogéneos que nunca, y en esto han contribuido enormemente las nuevas tecnologías (a las que se une con fuerza y patetismo la Inteligencia Artificial), que nos acercan como jamás antes fue posible, pero que abren también inmensos hiatos entre regiones y continentes, dentro de los mismos países y ciudades; incluso en medio del cuasi desaparecido núcleo familiar y, ni se diga, en cada Ser como individualidad y como totalidad de lo humano.

Saber reconocernos como eslabones perdidos, podría ser el punto inicial para el reencuentro con nosotros mismos (y con los otros, a modo de imágenes especulares), así como con el inmenso rompecabezas de la vida: he aquí una tarea urgente en el ahora, que exige de cada uno un sentido oceánico de totalidad, que nos abrace desde nuestra propia individualidad y perspectiva, y nos invite a reconocernos como piezas claves en el devenir de un mundo, que pareciera trastocado en sus bases filosóficas y morales, y que camina sin pudor ni arrepentimiento hacia la entropía y el caos.

Ser “Uno y Todo” debería guiarnos en el tremedal de nuestros tiempos (oscuros por demás), en los que la disyunción y la ceguera gnoseológica amenaza con liquidar toda esperanza de armonía y entendimiento, y nos lanza por el despeñadero de no reconocernos como humanidad, a causa (paradójicamente) de lo heteróclito que anida en cada uno como esencia constitutiva. El fantasma del viejo Hamlet se asoma irónicamente en nuestros días, y en la disyuntiva que nos plantea entre “ser y no ser”, se evidencia el dilema, y se nos esfuman enormes oportunidades de hacer más comprensible y menos penoso el trajinar de casi ocho mil millones de almas desperdigadas en el planeta, y que a veces se hallan ciegas frente a su propia realidad personal y planetaria.

rigilo99@gmail.com




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