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La “Mérida Hermética” de Mario Briceño-Iragorry, por Ángel Ciro Guerrero

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La “Mérida Hermética” de Mario Briceño-Iragorry, por Ángel Ciro Guerrero


SERIE / IMAGINARIAS…

 Muy joven arribó a Mérida, en 1918, procedente de su Trujillo natal, para proseguir sus estudios de Derecho en la Universidad de Los Andes. Cuatro años permaneció entrte nosotros dejando para siempre familia y obra, amigos e historia. Mariano Picón Salas, su mejor compañero de aula, calle y aventuras, le presenta a “la niña Josefita”, su prima, de la cual el joven trujillano queda prendado de inmediato y meses más tarde la hace su esposa. Doña Josefina Picón habrá de ser, entonces, su compañera para toda la vida de este insigne intelectual venezolano que se forma como tal, sin duda alguna, al lado de los que, para las dos primeras décadas del siglo XX, harán de Mérida, la de Los Caballeros, una verdadera ciudad-escenario para las artes y las letras.

 

Bien lo recuerda Rafael Ángel Rivas Dugarte al presentar la compilación que de Don Mario Briceño-Iragorry publicase bajo el hermoso título de “Mérida la Hermética”, editado por el IDAC en 1997. “Su presencia en Mérida fue más bien breve, pues para 1920 había concluido sus estudios; poco después va a Trujillo para iniciar su carrera de Abogado y enseguida es llamado a Caracas por su tío político, el Presidente de la República, Dr. Victorino Márquez Bustillos, quien lo destina al Ministerio de Relaciones Exteriuores en la Dirección de Política Exterior”.

 

Rivas Dugarte, al referirse a la presencia en la ciudad de muchos hombrees girando alrededor de la política, la ciencia, la universidad y las letras, apunta: “Por aquellos años se formaba en Mérida un agrupo de jóvenes que llegarían a ser las  mentalidades más representativas del país; ellos marcarían nombres y dejarían huella profunda en las diferentes áreas en las cuales desarrollaron su acción: la economía, la historia, la literatura, el pensamiento, la antropología, la diplomacia, el derecho, la religión o la educación. Bastaría sólo mencionar algunos para dar cabal imagen de su representatividad: Caracciolo Parra Pérez, Alberto Adriani, Mariano Picón Salas, Caracciolo Parra León, Julio César Salas, Humberto Tejera, Ulises Picón Ribas, Antonio Spinetti Dini, José Humberto Quintero”.

 

Nos añade Rivas Dugarte que Don Mario, “rápidamente estableció estrechas y enriquecedoras relaciones con todos ellos y con otros destacados escritores de la región: Julio Sardi, Emilio Menottti Spòsito, Eduardo y Roberto Picón Lares, Tulio y Juan Antonio González Salas, Diego Carbonell y Raúl Chuecos Picón, entre otros. De estos años quedará para el resto de su vida una sólida amistad basada en vínculos intelectuales y afectivos con casi todas estas personalidades entre los que Caracciolo Para León, Roberto Picón Lares, José Humberto Quintero y Mariano Picón Salas llegaron a ser los más leales y constantes amigos y con quienes mantendrá una abundante y valiosa relación epistolar en donde se reflejan, además de los fuertes lazos de amistad, las diversas etapas vitales,, intelectuales y espirituales de Briceño-Iragorry.

 

Finalmente, Rivas Dugarte indica que en “Mérida, la Hermética”, el lector podrá fácilmente encontrar, apreciar y entender mejor al escritor, pues los texto recopilados en este libro proporcionan “una nueva visión acerca del papel nutrido que tuvo la ciudad su universidad, su ambiente y alguna de sus más connotadas individualidades en la formación intelectual” del siglo XX, “cuyo vigente mensaje está a la espera de las mentes y las manos que han de poner por obra sus predicas de educación, honestidad, ética y nacionalismo”.

 

De este libro, seleccionamos dos trabajos, el que lo define, identifica y nombra y un pasaje de “Los Riveras”, donde Don Mario Briceño-Iragorry describe  la ciudad que él conociese en 1918:

 

Mérida, La Hermética

 

“He tenido para mí una profunda sugestión, una paz, acaso no descrita, de Mérida, su belleza interna, más bien subterránea.

 

En la alta noche, cuando mi vida cansada de los sentenciosos textos de jurisprudencia y de las blancas paredes de mi celda solitaria, vaga el ocaso por silenciosas  calles llenas de desolación y de misterio, en busca de paz para la sucesión inquieta de mis ideas; persiguiendo el rayo de luz que deja filtrar el cristal donde uno se imagina  ver asomado el rostro amable de aquella que es serenidad para nuestras horas tormentosas, fresca agua para nuestra ardiente sed de mortales; en la alta noche, en una esquina sosteniéndola como guardacantón, he sorprendido la interna sinfonía q1ue se desliza bajo la impasible taciturnidad  de estas calles verdes, como un follaje de esmeralda.

 

Tal vez una antigua construcción que se remonta al siglo XVII extendió por toda la población una red de acequias que se enlazan distribuyendo la clara claridad del agua limpia. La obra del tiempo ha sido incapaz para destruir este sistema, ya hoy innecesario, de acueducto, y en el silencio gélido de la noche el agua canta su perpetua canción de añoranzas, acaso en su espíritu  cristalino háyase aún vivos los recuerdos de tradiciones coloniales; quipas el agua que corre con más fuerza en unas partes dice aún en su extenso lenguaje de espumas, la canción que un olvidado trovero, lleno de fuego, entonó a la luz de la luna, a una pálida novia que lo saludaba a través de tercos barrotes traicioneros, en aquella parte donde el ruido subterráneo es más débil y casi imperceptible puede que el misterio del agua conserve el ultimo suspiro de un afortunado caballero que allí agonizase después de gallarda lid de amor u honra; más lejos se hace de urna recóndita dulzura la voz del líquido cristal y evoca suspiros que muy cerca pudiera exhalar dama enamorada der lánguidas ojeras, y si queréis interpretar toda esa subterránea sinfonía, ningún dolor antiguo quedará sin música; parece que el alma caballeresca de Mérida, el alma que vivió bajo el ala de un chambergo, entrte un jubón y una golilla, corriera en ésta como su pura sangre, corriera cantando viejas consejas y coplas de amor, dolor o alegría…

 

Mérida parece así que quiere ocultar toda su poesía más bella y más suave, y como tarde en dar a conocer esa misteriosa música de su agua subterránea, así mismo oculta en medio de pareádmeles herméticos la armonía sedeña de dos espíritus claros y músicos como el agua fresca, en los cuales se encarna la aristocracia antañona y pulquérrima de la Ciudad de los Caballeros.

 

Cuántas encrucijadas habrá sorteado el viajero hasta llegar a la celda laica de don Tulio, de este viajecito don Tulio, suave como un niño, siempre amable y risuelo. En la paz de la ciudad alta, en medio de un mutismo azas sugerente. vive este señor de Febres Cordero, que ya en Mérida perdió su apellido para ser de familiar manera nombrado don Tulio, así, simplemente, con más cariño, como algo muy “nuestro”. Huele a paz, a paz de celda española donde trabajara Berceo o el Arcipreste Juan Ruiz, a paz de nuestros siglos coloniales, esta biblioteca y este cuarto de labor donde el autor de “La Hechicera de Mérida” echa su alma a volar a través del recuerdo en busca de cosas que ya las perdieron la memoria de los viejos, pero que él, gracias acaso a Belcebú, las topa quien sabe dónde. Venerables  incunables, raras colecciones, curiosos cacharros, todo está allí arreglado, con benedictina paciencia, con esa paciencia muy de don Tulio, que siempre lento y pausado, lo sabe todo en Mérida. Allá pasa el viejo amable sus horas gozando de armoniosos momentos de profundo meditar, mientras un nietecito locuelo, con la cara llena de risa, se va a interrumpirle con preguntas simples, discretas y sabias.

 

Las campanas cantan, en la Plaza Bolívar hay risa de tertulianos, la fanfarria en el Cuartel Nacional evoca días de patrióticas y heroicas hazañas, el auto cruza asustando los perros con su sirena y el viajero incógnito camina que camina por las anchas aceras del parque, ignora toda la poesía que encierra una casona, de la esquina sudoeste. Si su imaginación ahí entrara encontraría otro viejecito, no laico, como el primero, pero si tan amable y pulcro como el otro y llegaría a saber que se llama el doctor Antonio Ramón Silva, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Mérida, Conde Romano y asistente del Sacro Solio Pontificio. El Señor dé al viajero el placer de espiarlo unos momentos y  verá cómo este Pastor con lentitud, reconstruye en miniatura la catedral de Milán, graba en madera la efigie de sus antecesores Lora o Torrijos, colecciona cariñosamente las efigies de sacerdotes por él ordenados, trabaja en la imprenta León XIII, escribe, escribe mucho, sabe Dios qué buenas cosas. Honra del episcopado venezolano, Mérida ve en él quizá al último que heredó ese tesoro muy español y muy aristocrático que trajeara a tierra firme Fray Juan Ramos de Lora en 1777, tesoro del Obispo de Toledo o de Madrid, ya no existente hoy. Pocos como él que dejen ver en su rostro lo que son, almas hechas para abrir camino a otras, pues toda la distinción de su integro carácter asoma a sus pupilas avizoras, junto con la luz de su saber profundo. Acaso su fina aristocracia episcopal pida más mitras de San Juan de Letrán en Roma, de Sevilla o de Lima, catedrales del siglo XII, no como esta amplia de Santiago de los Caballeros, llena de oro y pedrería, pero con chillones y barrocos metales en las paredes, cosas de teatro y no de templo del Señor, impropias para la suntuosa idealidad de Monseñor Milanés.

Veinticinco años cumplirá de gobernar la Diócesis este suave viejecito, veintiuno años de glorioso pontificado en los cuales ha sido acompañado por distinguidos y virtuosos  levitas muy dignos de él, y entrte los cuales figuran el señor Provisor, Dr. Chacón, de relevantes dotes intelectuales, cuya figura como un presagio evoca la figura de un Obispo del Siglo XVII; el Mercedario, Dr. Colmenares; el suave Dr.-Colmenares. quien ´por los años del 86 escribiera sonetos en latín, siempre lleno de urna beatífica satisfacción propia de un hermano menor; el Dr. Vivas, Lectoral, que hace loable labor al frente del Colegio del “Corazón de Jesús”; el galante padre Dubuc, Secretario de Cámara y Rector del Seminario, sabio de treinta años que sabe causar envidia, cuya ilustración es comentada en la Diócesis toda como rival de la de su hermano el Padre Mejía, el de Valera; el Pbro. Américo Valero, Vice-Rector del Seminario, quien en menos de dos años de sacerdote ha demostrado virtudes y talentos dignos del mejor aplauso, y el inefable Padre Uzcátegui, cura del Sagrario humilde y bueno, enamorado del Niño Jesús a quien quiere como su bebé y cuida y viste como un niño malcriado. Mucha poesía hay en la vida del Padre Pablo Emilio en su casa silenciosa, llena de flores, cuántas cosas que invitan a la vida pía: paredes blancas, imágenes de santos, niños que piden pan y que él socorre; el agua que corre, el agua que canta entre el jardín, el agua sí, ya que la ignota poesía de Mérida se desliza secreta y oculta como el agua subterránea de las calles…”

 

 

Los Riberas / Historias de Venezuela / Capítulo I / Un Hombre

 

“La Mérida del tiempo de Alfonso Ribera era una supervivencia amorosa y pausada de la Mérida de mediados del siglo XIX. En relación con otras ciudades del interior venezolano, Mérida contaba con grandes refuerzos de civilización. Por medio de un esfuerzo extraordinario de transporte, fue instalada en la última década del Ochocientos  la planta que distribuía el fluido para el alumbrado público de la ciudad. En las casas de la gente acomodada lucían pianos, alfombra, espejos, vajillas de finísima calidad, comprobados directamente en Europa por pudientes señores, a quienes agradaba visitar París, Madrid o Londres, antes que a la capital de la República, Tardo el paso de la acémila, que en tres días comunicaba a la ciudad con la más próxima estación ferroviaria, no era, en cambio, óbice para que a Mérida llegasen muchas veces los libros de Europa primero que a Caracas. Como si fuera un timbre de orgullo regional, aún la gente común comentaba cómo en más de una ocasión el doctor Ramón Parra Picón  ganó disputas científicas con colegas caraqueños a cuyas manos no habían llegado todavía publicaciones científicas de París, ya conocidas por el estudioso médico merideño. Comodidad y esplendor, buena lectura, lujo en la mansión de los señores, todo coincidía para hacer de Mérida una verdadera ciudad.


Por 1918 las calles lucían aún la alfombra esmeraldina de la yerba, que tramaba los cantos del pavimento. Las aceras de flojos ladrillos mostraban el verdín de la humedad, trasmitida por la niebla, bajada con el atardecer. Noches maravillosas, blancas noches en que los caballeros aún se echaban sobre los hombros la “Fermosa cobertura” señoril y castiza, o vestían el severo Mac-Fardan, de clerical apariencia. Silenciosas, largas, frías noches, en que tras la celosía la muchacha tímida y espiada, aguardaba el paso del galán enamorado, que apenas dejábale, entrte furtivas palabras, el breve billete, contentivo de la última promesa del tierno enamoramiento. Solitarias, dormidas, pausadas noches, en las cuales la vieja ciudad dejaba escuchar entre el apretado y profundo silencio, la música de su agua subterránea. Como el palpitar velado de una vida misteriosa, se escuchaba por entonces en las esquinas de Mérida la sonora voz que discurría por la secreta acequia. Destinada, desde la época colonial, a repartir el milagro generoso del agua cristalina, represada a la altura de Milla. Si en determinadas partes ya  funcionaba algún moderno sistema de distribución de aguas, no era suficiente aún para que se desistiese de aquel régimen familiar y primitivo de llevar a las casas la clara corriente del agua limpia que, a tiempo que seguía al vecindario en estado de pureza, tomaba curso distinto en la acequia destinada a las aguas negras. En las casas por donde no pasaba esta agua alegre y suelta, se recurría a la mana silenciosa y profunda. En medio del silencio nocturno, la voz del agua parecía salirse toda fuera de su embalse subterráneo, para comunicar al solitario noctívago la poesía recóndita de la vieja ciudad. Arpa sonora, Mérida se escuchaba a sí misma durante las largas y apacibles horas de su descanso nocturnal. La introspección que parecía caracterizar a la gente, se convertía en canción que, sin dejar comprender la letra del pensamiento interior, derramaba hacia fuera su monótona, dulce, amorosa melodía.

 

“Ya aquel encanto singular de la Mérida nocturna ha desaparecido por completo. La niebla ha disminuido y pocas son las veces en que descienden sobre la ciudad modernizada, cuya alfombra de hierba cedió al progreso del macadam y cuya música subterránea ha sido sustituida por el angustiante vocerío de los raudos automóviles. Queda, apenas, en recuerdo el espíritu de la ciudad antigua. Los rojos techos y las altivas torres caen al imperativo del progreso. El perímetro urbano varía y mejora en el orden arquitectónico. Las costumbres se distancias de las viejos, apacibles, modosos hábitos y hasta la vértebra interior donde halló sostén la tradición brillante y altiva de la ciudad, parece tomada por la polilla que ha invadido el esqueleto nacional…”

 

La divina palabra de dos curas colombianos

Trastornó tanto que la gente se hizo santa…

 

Nos permitimos titular así otro retazo de “Los Riveras”, la singular novela de Don Mario, para retrotraernos a esos años en que las niñas y señoras eran  por igual privadas  de la libertad de andar por la Plaza Bolívar mientras que lo hacía, sana y libremente, Elsa Govea, a quien pretendía Alfonso Rivera, el protagonista. Elsa era “una de las hijas de Baltasar Govea, telegrafista maracaibero, recién instalado en Mérida y de cuyo hogar trashumante no se hablaba con el debido comedimiento”:

 

Hasta que apareciera Elsa en la vida de Alfonso “no habían ganado fuerzas las sucesivas tentativas matrimoniales de Rivera con Luisa Carrasquero, Lupia Tapia y Hortensia Casas. Muchachas discretas, confiaron su éxito a la modestia y al recato con que habían sido educadas en sus severos y tradicionales hogares. Elisa Govea era otra clase de mujer. Alegre, chispeante, resuelta, fresca como una madrugada, al atractivo de sus labios húmedos y carnosos, agregaba la insinuación y la desenvoltura del trato.

 

“En su carne morena se adivinaba  el calor de la “tierra del sol amada”. Ante ella, hacía que se rindiera la voluntad solteril de Alfonso Rivera. No bien mirada por la exclusiva sociedad merideña, la familia Govea fue blanco de aleves comentarios que lejos de sosegar la pasión de Alfonso, lo empujaron a hacer más notoria su inclinación hacia la bella y seductora Elisa…

 

“En purita verdad, ninguna objeción podía hacerse a la conducta de la señorita Govea. Claro que la educación y las materias de ésta, la diferenciaban un tanto del modo rígido y  por demás discreto en que eran educadas las damas del señorío merideño. “Mientras las Govea, hechas a un medio más desenvuelto y más desvestido de prejuicios, frecuentaban la Plaza Bolívar en compañía de jóvenes alegres, las damas de Mérida se veían privadas de libertad, aun para recibir en sus propias ventanas el saludo de los amigos… Por esos días ”corría en boca de beatas y de gente pacata el áspero comentario que se hacía del irrespeto que un joven estudiante había irrogado a la familia Rodríguez, cuando desde la acera pública y a eso de las nueve de la noche, se atrevió a dirigir la palabra a una de las niñas opuestas al balcón”.

 

“A la par que este suceso los merideños de ese año 1918 por igual estaban muy interesados en “el éxito asombroso de las misiones que habían desarrollado recientemente en la Catedral los jesuitas venidos de Colombia. ¿Cómo se produjo el hecho? Jesuitas o ex jesuitas lo cierto es que los dos sacerdotes ganaron fama de extraordinarios predicadores en la vecina república. A los pueblos del Táchira llegaron luego voces pregonantes del  ardoroso poder de su palabra misionera. De la región fronteriza se pasaban a las ciudades colombianas numerosos fieles atraídos por el verbo admonitorio de los religiosos.

 

“Pronto, en todos los pueblos tachirenses se produjo una curiosa inquietud por escuchar la cálida y explosiva palabra de los afamados apóstoles. Como se trataba de permitir la entrada al país de dos clérigos extranjeros, la Curía de Mérida recabó permiso de las autoridades de Caracas. En la solicitud se habló de “dos misioneros”. El negociado que en el Ministerio respectivo entendía de problemas eclesiásticos, agarró el rábano por las hojas y luego apareció en la Gaceta Oficial una resolución con estribadero en las Ley de Misiones, por las cuales autorizaban misiones en los estados de la Cordillera que formaban parte de la Diócesis de Mérida. Nada menos que asimilar la región de occidente al régimen especial establecido por la ley para catequesis de los indígenas salvajes.

 

“Después de un éxito extraordinario en los pueblos del Táchira y en las poblaciones occidentales de Mérida, llegaron a la ciudad episcopal los ponderados clérigos. Los preparativos hechos para su recepción lindaron con lo extraordinario. Los fieles y los curiosos los recibieron con el mismo delirante entusiasmo con que pudieron ser recibidos San Bernardo o Pedro el Ermitaño, cuando predicaban la Cruzada. Las misiones presididas por el Obispo y el Capítulo, tuvieron lugar en las anchas naves de la Catedral. Los fieles rebasaban las posibilidades del vasto templo y llenaban las plazoletas del Perdón y la calle que separaba al templo de la vecina Plaza Bolívar.

 

“A las cinco de la mañana comienza, con las misas y las prédicas, el bullicio de concurrentes. De los barrios, de las aldeas, de los caseríos y de los pueblos vecinos acudía la gente con un enfervorizado deseo de oír la palabra de los enviados del Señor. Mérida presentaba un aspecto inusitado de ciudad en agonía. El contagio de fervor y de miedo hizo presa en el ánimo de la población entera. “¿Ya te confesaste?”, era la pregunta que andaba de boca en boca. “¿Ya te casaste?” se interrogaban entre sí los públicos concubinos. En tal forma fue predicada la necesidad de regularizar las costumbres y fueron tales las amenazas de condenación y el patetismo con que los clérigos pintaban el fuego del infierno, que la gente fue tomada de una singular locura. Un pobre muchacho que oyó ponderar cómo sufrirían las llamas infernales quienes no estuvieran casados, salió del templo a celebrar matrimonio con la primera prostituta con quien logró topar. Un infortunado barbero, cuya mujer  lo había abandonado por otros hombres, se sintió obligado a perdonar a la esposa, quien luego regresó al hogar, para transmitir una galopante avariosis, que lo llevó  rápidamente a la tumba. Un fervor espantoso e inenarrable se apoderó de la conciencia de grandes y pequeños, de jóvenes y de ancianos, de hombres y de mujeres. Cinco, seis, tal vez ocho personas huyeron el ánimo a aquella psicosis colectiva, con más explicación en el contagio de las masas que en las fuerzas convincentes mediocres y teatrales.

 

“La explosión de fanática religiosidad promovida por los sacerdotes colombianos, abarcó todo orden de actividades. Señoras de calidad y alta prez se abrían espacio entre la nutrida multitud de pueblo, en demanda de un auxilio metálico para los misioneros. “Una limosnita para las Santas Misiones”, era la voz con que las damas reclamaban el óbolo generoso, que a la postre se convirtió en gruesas sumas de dinero. Estudiantes que aún la víspera practicaban la impiedad, doblaron la rodilla ante los pacientes confesores. Vejez curtidos de indiferencia, volvieron sobre el olvidado Ripalda, para reemprender los rezos comunes. Más, del mismo modo como se levantó el fervor misionero, del mismo modo se apagó, sin dejar fruto positivo entre el pueblo creyente. Todo fue un mero problema de impresionabilidad epidérmica, desvanecida al día siguiente de concluido el artificial proceso misional.

 

“-¿Y usted se confesó, compadre? –preguntó Alfonso Rivera a Carlos Trejo.

-Pues, ¿qué le parece? No pude resistir el empuje de la familia. Mi mujer y la vieja me armaron una tremolina y fui a donde el Padre Caputti. Además, usted sabe que yo acostumbro confesarme todos los años por Semana Santa. ¿Y usted, compadre?

 

“-Yo me quedé afuera. Las viejas tías respetan mis caprichos y la tal Anita arregló su problema fácilmente. Como yo nunca pierdo una, la mujer resolvió dejarme, dizque por estar ambos en pecado mortal. Yo no esperaba que los jesuitas me trajeran esta solución tan fácil.

 

“-Hombre, ¿y después de tantos años? ¿Qué ocurrencias tienen las mujeres? ¿Y los muchachos?

“-Por lo pronto yo les daré su diario y ella seguirá trabajando sus granjerías y amasijos. A lo mejor, como es bastante joven y  buena moza, se enredará con otro, cuando le pasen los escrúpulos, y así me libraré definitivamente de ella. Diga usted, compadre, ¿no tengo suerte completa?..











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