Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 08:48 pm
Hay cosas que sentimos
en la piel, otras que vemos con los ojos,
otras que no nomás nos laten
en el corazón.
Carlos Fuentes
Hoy me atrevo a escribir
sobre este poeta que conozco, que además es mi hermano y compañero de viaje.
Gracias a la vida, sabemos de los lugares y coincidimos con ellos, igual que nuestros panas que han vivido en Coro. Esos
lugares siempre están allí, y parece que esos encuentros hacen a la persona
como las esquinas o las plazas; o lo que podíamos recordar como aquellos
abuelos que se sentaban en los mecedores a mirar y contar aquellas viejas
historias que habían hecho de su vida un aprendizaje.
De manera que hacemos
un reconteo de lo que fuimos, y de este insigne poeta César Seco. Cuando la
amistad nos unió en la adolescencia, estaba recién fallecida su querida madre,
y recuerdo que el poeta Cesar y sus hermanos estaban bajo la responsabilidad de
su hermana mayor, que era enfermera. Entre nosotros había un gran respeto por los
dos hermanos poetas César Seco y Celsa Acosta Seco, aunque también nos era
estimado Israel Acosta Seco, otro de los hermanos. Nos encontrábamos siempre en
el sitio de reuniones en el liceo “Pedro Curiel Ramírez” o la Plaza el Tenis.
César Seco nos guiaba y decía como debíamos leer, y a qué poetas.
Los primeros poetas
recomendados eran los del lugar, como Rafael José Álvarez, Paúl González
Palencia, Eudes Navas Soto, Otón Chirino, Lydda Franco Farías, Arsenia Melo,
Hugo Fernández Oviol, Servando Garcés, Ramón Miranda, Guillermo De León Calles,
Víctor Hugo Bolívar, Héctor Hidalgo Quero, Enrique Arenas y otros compañeros
más. Hay palabras para todos que afortunadamente no se olvidan. ¿Cómo leer a
los poetas? Éramos unos carajos a los que nadie más les decía nada sobre la
poesía, el cuento, la narrativa, la novela, la crónica y el teatro.
Cuando cada uno buscó
su camino se dispersó el grupo, pero nos seguíamos reuniendo César Seco, Emilio
Chirino y mi persona, algunas veces en la residencia de la calle Miranda, en
casa de Francisco Cumare (†). Otras veces nos reuníamos en el Café Trébol
de la avenida Manaure, y ya Ulises Daal había llegado a ser director de cultura
durante el gobierno de Aldo Cermeño. Seguimos adelante, y en ese tiempo el más
filósofo del grupo era Emilio Chirino, y recuerdo la discusión de un manifiesto
contra todo. A veces nos oponíamos a algunas cosas. Al final ese manifiesto se logró
como una propuesta bien interesante.
Nosotros, como dice César
Seco, surgimos de nosotros mismos, con discusiones y conversas. A veces nos
molestábamos, pero volvíamos a encontrarnos. Logramos hacer aquel grupo llamado
“Pilón” con algunos amigos como Emilio Chirino, Ulises Daal, y los hermanos Aquiles
y Ciro Veroes.
Igualmente, estaban en
el grupo Goyo Peña, Wilmer Valles (Travolta), Merino Piña (†), César Seco, Orlando
Urbina, Jorge Martínez (gordo Sancho
Panza), Carlos Cazorla y Pietro Zaza (el
italiano del humor), quien nos hacía reír. Pero de ellos, nos mantuvimos en el
grupo Emilio Chirino, Cesar Seco, Ulises Daal, quien se perdía y volvía, y mi
persona. Nos mantuvimos en esa nave que paseaba por Coro, y luego fuimos
orientados por Enrique Arenas, Paúl González Palencia, José Rafael Álvarez, y estos
poetas con renombre nacional que no escatimaron esfuerzos para darnos talleres,
y guiarnos a buen puerto.
Pasamos a conocer algunos
bares de Coro: El bar/bodega de Rubén Ramos, Mano Billo, el Garúa, Esos eran
los sitios agradables para uno conversar y conocer a algunos poetas como Hugo
Fernández Oviol y Orlando Chirinos de los que recuerdo, así como a otros
personajes: entre ellos al pintor Roberto Chirinos, a Nicasio Duno, Alirio
Sánchez, Francisco Sánchez, Wiche Colina, Régulo Gutiérrez, Haydée Granadillo (†), Wilmer Gutiérrez (†), José Gotopo (†), y al escultor Sibada,
entre otros.
En esos talleres del
grupo “Pasos”, Paúl González Palencia y Rafael José Álvarez nos dieron sus
consejos; nos hablaron de una literatura muy rica en poesía, y nos encaminaron
a ese lugar de la poética en Coro: a leernos autores y orientarnos a esa
disciplina de la lectura. Si queríamos escribir bien, a vivir con la palabra
viva siempre, aunque tuviéramos inclinaciones políticas por diferentes
corrientes. César simpatizaba por el MIR, Ulises por el MAS, yo por el PCV, y
Emilio recuerdo que no tenía simpatía por ninguno, porque era anarquista, a
veces libertario, pero buen consejero y amigo solidario. Todos éramos
respetuosos en cada una de nuestras posiciones.
Luego nos separamos al
salir del bachillerato, aunque tuve que estudiar de noche, porque trabajaba. Me
había ido de la casa y tenía que enfrentar la vida. Unos se fueron a la
universidad del Zulia (LUZ), otros a la UCLA, a la ULA, a la Universidad de
Carabobo; y otros nos quedamos en el Tecnológico “Alonso Gamero” en Coro. Allí
aparecieron nuevos amigos como Simón Petit, Frank Garcia, Wilmer Colmenares
(Wive), Yitzi Romero, Héctor Hidalgo Quero (†), Héctor Duarte “Pan Dulce” (†) y Olimpio Galicia. Luego,
en aquella Casa de la Cultura “Alonso Gamero”, conocimos al profesor Hermes
Coronado (†),
y Carlos Miranda (†).
Todos esos amigos estuvieron en nuestras orientaciones.
Desde esos años
anduvimos encontrándonos con la ciudad, y otros amigos que eran más mayores nos
aconsejaban; entre ellos, nuestro recordado amigo Carlos Martínez Bueno “Penco”
(†). Desde la juventud inventábamos
que podíamos llegar a tener algún oficio, o serles útiles al país.
Esos espacios de
silencio que habitan en el poeta hacen que su escritura sea un recorrido de
ensayos de la vida, de ars poéticas, de voces y trajinar. Eso escribió César
Seco en uno de sus libros, Transpoética,
en que todas las palabras o gestos que hacemos cada uno son piezas sueltas de
una biografía pasada al papel, porque cada cosa que hacemos es para que todos
dejemos brasas encendidas de nuestra experiencia vital.
La lectura, la poesía,
o lo que denominamos literatura es palabra, es oficio de escribir, porque este
oficio tiene muchas formas de expresión como la espontaneidad en cuanto a la
sensibilidad del escritor en función de sus propias circunstancias. En el
ejercicio poético, César Seco se ha hecho rama de su propio árbol en el cual ha
crecido, y ha echado sus frutos en una tierra fértil que irrumpe en su propia
voz para preguntamos ¿de dónde vienen las ideas? Como se pregunta Voltaire.
Desde la lectura misma,
o desde la necesidad de cantar palabras, o escribirlas en su adentro de la
memoria, en ese paisaje de la escritura está César Seco, así como otros amigos
de la insurgencia de las palabras hecha poesía. Unos olvidados, otros más
recordados. En Coro se tiene la esperanza de que algún momento seamos nombrados
en el recuerdo de la palabra en el tiempo que no se olvida, sino que se escribe
para que no luzcan tan lejos nuestros hechos.
El poeta César Seco
nació en Coro el 29 de Enero de 1959, estado Falcón. Es poeta, ensayista,
bibliotecario y editor, fundador de la Casa de la Poesía “Rafael José Álvarez”,
y de la Bienal de Literatura “Elías David Curiel”. Dirigió la revista Oikos. Entre sus obras se encuentran: El laurel y la piedra (1991), Árbol Sorprendido (1995), Oscuro ilumina (1999), Mantis (2004), y El Viaje de los Argonautas (2005), reunida en la antología Lámpara y silencio (2006), publicada por
Monte Ávila Editores Latinoamericana. Por otra parte, más recientemente ha
publicado El poeta de hoy día (2013)
y La playa de los ciegos (2014). César
Seco ha tenido una interesante producción literaria, en cuanto a ensayos
tiene dos libros: Transpoética (2008) y El
hacha flotante (2017). En su narrativa se destaca Los Colores del Cielo (2013).
Ganó la II Bienal de
Literatura “Ramón Palomares”, y también ha sido galardonado con premios
regionales y nacionales. Su participación en diferentes eventos ha reivindicado
la poesía falconiana, y ha dado a conocer las nuevas generaciones de escritores
en algunos diccionarios de escritores de Venezuela, donde la poesía se recrea y
crea su propia identidad. En nuestro estado Falcón, sin pretensión alguna, esta
tierra ha sido siempre semilla de germinación literaria. He aquí algunos
fragmentos de la poesía de César Seco.
Calle
Puedo vivir en cualquier ciudad,
pero mi calle es esta.
Vengo de ella, me hice en sus
escondrijos
y aceras, en ella corrí
por primera vez
y di con otros la vuelta
un día de lluvia que mis manos se
volvieron
viejas.
(…)
Los mudos hunden sus manos
en la figuración precisa
de su lengua
cortada por el silencio
los ciegos tocan
el cuerpo huidizo de la luz
en la unánime sombra de
sus párpados.
(…)
Voz
permíteme unas palabras
ahora cuando callas
y te demoras en venir.
Entre tú y yo hay un pacto
de oído y boca.
Debo silenciarme cuando hablas y
ser tu escucha.
Estos textos de César
Seco muestran la claridad del que anda despierto sobre los sueños de sus
palabras. César ha vivido entre sus pausas; ha escrito sobre su propia andanza,
y en toda instancia ha sido lúcido. César es una repisa de cantos que alcanzan
el alma que ha sabido saberse de una buena literatura y que siempre ha
bendecido a su compañera, quien lo acompaña también en la poesía. Porque
Argelia Malaver Flores también es poeta, y conoce de ese oficio de transitar
juntos hasta la otra orilla.