Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 03:54 am
La principal riqueza de Venezuela radica en su pueblo. Un pueblo que acompañó a Bolívar en su lucha por darle la libertad a cinco naciones. Una acción extraordinaria propia de un verdadero genio de la política y de la guerra, en el mundo entero así reconocido. Nuestro mayor ejemplo, faro y guía por siempre que nos determina el futuro. Él es, y nadie puede sustituirlo ni en modo alguno compararse, el verdadero y único Padre de la Patria.
Venezuela le debe todo, porque nos abrió el camino hacia la independencia. Larga y muy cruenta fue la guerra emprendida. Inmenso el sacrificio para buscar la gloria. Pero la gloria, a pesar de las dificultades, muchas, no le fue esquiva. Estuvo de su lado. “Mi delirio sobre El Chimborazo” no es más que una confesión que su alma, atormentada, recuenta y examina lo realizado, hasta el año 1822, cuando Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolivar Palacios y Ponte escribiera ese fulgurante poema allá la cumbre del nevado más alto de la tierra ecuatoriana. Pero al mismo tiempo era una premonición de su empeño de llevar la liberación del Perú, tarea que emprendería hasta alcanzarla por su aliado y mejor amigo Antonio José de Sucre, que ganó sus charreteras de Gran Mariscal en la inmortal Batalla de Ayacucho.
Esa hermosa pieza literaria, texto magnífico que muestra la dulzura y profundidad al mismo tiempo del poeta Libertador y la fuerza y destreza en el manejo también de la espada del General de Multitudes y el Héroe de mil guerras, es un canto reflexivo que, en la hora presente es altamente necesario que se recuerde, se lea y con enjundiosa lectura se sepa entender. Es en ese ánimo, al conmemorarse el Bicentenario de la Batalla de Ayacucho y también la de Junín, que nos permitimos publicarla, con todo respeto y veneración al bardo, al guerrero, al civilista, al Hombre de Estado y Libertador de pueblos.
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Venezuela, la de hoy, reclama se le respete, se le quiera más y se le atormente menos. Ya basta de toda clase de humillaciones, de ofensas y hasta de exabruptos, llámense violaciones de los derechos humanos, de la constitución y la legalidad existente.
Si bien el excelso Bolívar en su precioso canto abre su corazón y reconoce la suerte que le brindan los dioses, igualmente se compromete en el análisis asegurando que todo éxito alcanzado en el transcurso de su lucha ha sido producto del esfuerzo. Y él, que por entonces tiene 39 años de edad, le responde al anciano, el tiempo, prometiendo nuevos y mayores sacrificios. Es un diálogo exquisito que se da en lo más alto de una de las moles de los Andes que retratan a la perfección el alma del Héroe casi rindiendo cuentas al Padre de la Eternidad:
Simón Bolívar
“Mi delirio sobre el Chimborazo”
1822
Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt; seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? ¡Sí podré! Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo. Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía. De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano… «Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Qué levantaros sobre un átomo de la creación es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano.» Sobrecogido de un terror sagrado, «¿cómo, ¡oh Tiempo!—respondí— no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino.» «Observa—me dijo—, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres.» El fantasma desapareció. Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.”
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