Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 01:21 am
ZABALA DE LA SERNA
@zabaladelaserna
Diario EL MUNDO de Madrid
Es Roca Rey el ídolo imbatible al que Pamplona venera como a San Fermín. Fue San Andrés el amo de la tarde -como de los Sanfermines 2024- con una corrida canonizable de Jandilla de buen aire, muy bondadosa, justita de raza y, por tanto, más torera que de la Feria del Toro. No hizo más que ahondar en la nostalgia infinita de Morante de la Puebla -ausente ahora también de Bilbao-, imaginándole con ella. Pablo Aguado, que lo sustituía, si esto es posible, dibujó naturales como consuelo imposible de la desolación.
Un griterío de asombro se desató cuando Roca Rey se clavó a porta gayola. No acababa de arrodillarse cuando ya se había prendido la mecha de los cánticos al Perú. Libró la larga cambiada con bien, se prodigó por delantales, intercaló gaoneras y remató a una mano el alboroto huracanado. Cuando cesó la tempestad, como cuando se despeja el cielo de nubarrones, quedó a la vista un toro bajo como un zapato, coronado su hechurado y terciado cuerpo con una buena cara. Y de canonizable bondad por dentro. Un amigo, un hermano, no sé. Obedeció con el fuelle preciso a todo. Y de todo le hizo el astro peruano. Que brindó al viejo Rey Juan Carlos I a través de los micrófonos de televisión, según me soplaron desde redacción. En el «de todo» cabe el arranque de hinojos por cambiados, los intentos de arrucinas, las espaldinas logradas, un final entre los pitones -y la lengua de Pasota, así se llamaba el toro con cierta razón de ser- que acabó con un desplante a cuerpo limpio, lanzamiento de la espada simulada incluido Imaginen el incendio de la plaza ante el arrebato.
Todo eso lo puso Roca como salsa picante al toreo fundamental que tan poco decía con una embestida de gas reducido (o reduciéndose). Las series necesariamente breves buscaban siempre el efecto especial como conexión. La estocada hasta los gavilanes tuvo, sin embargo, un efecto retardado. Transformó el matador con listeza los pitos a la muerte lenta aplaudiendo al toro, lo que trajo un efecto contagio en un público que no sabe lo que pita ni lo que aplaude. Hubo una doble petición de oreja que el palco redujo a una. Fue el momento de recogerla y lanzarla al tendido el único en que sonrió, pues su gesto transmitió durante la faena entera una especie de enfado -o una teatralización que también juega en el espectáculo- con la ambición concentrada en la faz.
Otra vez se fue a la puerta de toriles con el quinto de Jandilla, un toro de tipo en las antípodas del anterior. De hondo cuajo el jabonero sucio pero con armonía desde su recogida cabeza. Un lío de otra larga en el tercio, chicuelinas, revolera. Apostó de nuevo por no darle apenas nada en el caballo. Y se echó el capote a la espalda e interpretó unas gaoneras ceñidas, haciendo casi el puente trágico. El toro respondió con buen aire -en la línea de justa raza de la corrida- a una faena desnuda de los efectismos habituales de Roca Rey. Es decir, más ajustada a la ortodoxia. Abierta por estatuarios, se deslizó por el sendero la largura del muletazo y la ligazón. Hubo un momento -creo que tras una brillante tanda de naturales- en que el jandilla quiso irse, y lo volvió a encelar cambiándole de terrenos para cuajar por abajo la tanda más redonda y apretada. Un cierre hacia tablas y una estocada impecable puso la guinda. Otra oreja. Volvió el palco a ajustarse a la realidad de una feria desbocada. San Andrés era ya el triunfador de San Fermín con esta corrida canonizable, como ya he escrito.
Pablo Aguado, que tras su borroso paso por Madrid sustituía a Morante, tampoco evitó del todo su nostalgia con el mansito tercero, amable desde todos los ángulos. El ideal para Aguado cuando se centró. El toro, digo. Había saltado huidizo, pero siempre había aflorado la templanza en las telas. Acompañaba el sevillano en la muleta a compás, más asomado (o asomándose) al muletazo que en él. Hasta que cogió la izquierda y dibujó, enfrontilado de sevillanías, el toreo al natural hasta allá atrás. Y se escucharon entonces los más sentidos y primeros oles -no los únicos, claro, aunque tampoco abundaron- de la tarde. Aquellas dos series postreras reconciliaban con el toreo y valían para recuperar la sensaciones de Pablo en su última tarde en Sevilla, en ese son sutil. Anduvo listo para perfilarse con la espada en la suerte contraria y con chiqueros a la espalda: el toro prácticamente se llevó puesta la estocada. Una oreja. Duró muy poco un recortado sexto, y Pablo dejó un principio de faena con su sello y su aquél. Las querencias marcaron un toro que junto al cuarto no fueron los más agradecidos.
De Cayetano me cuesta un mundo escribir algo. Pasó por allí transparente para el toreo. Le quedaba grande hasta la taleguilla.

FICHA DEL FESTEJO
Toros de JANDILLA; tres cinqueños (2º, 5º y 6º); hechurada, de diferentes remates y seriedades; justos de raza, de buen aire, y bondadosos; 4º y 6º se prestaron menos.
CAYETANO,
de blanco y oro. Estocada (petición y silencio); en el cuarto, tres pinchazos y
estocada y descabello. Aviso (silencio).
ROCA
REY, de tabaco y oro. Estocada. Aviso (oreja y petición); estocada
(oreja y petición). Salió a hombros por la puerta del encierro.
PABLO AGUADO, de sangre de toro. Estocada defectuosa (oreja); pinchazo y estocada (silencio).
MONUMENTAL
DE PAMPLONA. Viernes, 12 de julio de 2024. Octava de feria. Lleno de
«no hay billetes».