Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 03:00 am
Orlando Oberto Urbina
La poetisa Elena Vera era magíster en Literatura
Hispanoamericana graduada en el Instituto Pedagógico de Caracas, y en Literatura Venezolana por la Universidad
Central de Venezuela. Años antes, había egresado de la Escuela de Letras de la
Universidad de los Andes (ULA). Investigadora, ensayista y poeta, a ella le
debemos una incansable labor en su trabajo por la difusión de la literatura
venezolana y por la defensa del gremio de escritores. Fue presidenta de la
Asociación de Escritores de Venezuela, y llegó a ser parte del equipo de Caupolicán
Ovalles en aquella sede de la avenida Lecuna en Caracas, la misma que un día
apareció incendiada. Gran parte de la biblioteca de la Asociación, y muchos
textos originales, fueron consumidos por las llamas en un siniestro del que
poco se supo. Esa pérdida de patrimonio incluyó obras de incansable valor
intelectual.
Nuestra querida amiga y poeta Elena Vera nació en Caracas
el 8 de octubre de 1939, y falleció en la misma ciudad en 1996. Trabajó en el
Pedagógico, donde se desempeñó como jefe de la cátedra de Literatura en la que
hizo una excelente labor docente e
investigativa. Fue conferencista en distintas universidades, así como en
diferentes centros culturales de Venezuela. Fue asesora en el Taller Literario
Marco Antonio Martínez, del Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias
Andrés Bello.
Alberto
Hernández nos adentra en la obra de esta insigne escritora, a través del mapa
de sus andanzas. Comienza con su primer libro, Celacanto, ganador de la V Bienal Literaria “José Antonio Ramos
Sucre”. Decía el crítico: “Elena Vera se encontró un tema digno de Melville. La
historia de un pez que se escapó de la eternidad”.
El pez respira fuera del agua ante la primera impresión
de la superficie. Deja de sumergirse para encarar la luz, animal siempre
negador del sol. La voz de la poeta encarna el viaje desde los bajos marinos.
Los ojos del animal son portadores de la oscuridad.
“No tenías que emerger/ declinador del sol/ criatura
soledosa/ de profundidades/ abisales/ nadie/ te obligó a ver la luz…”.
Señala Hernández que, para la voz poética de este
libro, el haber descubierto los destellos
de las olas convierte al animal en la más solitaria de las bestias. Su soledad
abisal, las más solidaria, se hace ahora un “sí mismo” develador. La soledad
para que se revele en la misma soledad, no en presencia del “otro”.
La poesía desanuda esa propuesta: para estar solo es
necesario vivir con “otro”, estar con el otro desde su mirada. El Celacanto, en
su mar distante, jamás lo estuvo. Estaba sin el otro. Al ser descubierto por la
luz, conoció la soledad.
Su derrota consiste en haber salido del mar y haber
mostrado los ojos. Una vez mirado, dejó de ser leyenda.
La poeta, la dama de la palabra, la mujer encantada,
en Elena Vera “inventa” el ser. Lo deja sin mirada en la palabra. La poesía
eternamente ha servido para ocultar. Arte poética que llena el cuerpo hondo de
una figura dotada del misterio:
“Corales retorcidos/ putrefactas aguas/ mascarones
triunfantes al sol/ en otros días/ desafiantes quillas y masteleros/ chocando
con el aire/ desafiando la luz…”.
Esta escritora nos va sumando al final de sus textos,
y en cada palabra nos va a encantar con sus ritmos, como el poema que está en
su libro de poesía “Amantes”. De allí
que esa “magnífica pérdida” sea entrega al amante, al compañero de viaje, al
hombre de sus sueños. Mientras se va extraviando paulatinamente el control de
esa identidad, aún queda el “antojo”. Lo que doy, te lo doy al ritmo de mi
deseo. Es simple, como cualquier ridícula carta de amor que termine diciendo:
“persiste este antojo de seguir perdiendo contigo”.
Eres/ lo tornadizo/ lo inestable/ inútil es querer
cambiarte/ Más fácil/ sería/ guardar en un armario/ el viento de la primavera.
Esta poeta se da duro con la palabra en el despecho
del amor. Elena Vera, siempre fue amada por sus amigos, no así por sus compañeros
de sentimiento. Era una bella dama, muy parca en sus cosas; excelente amiga con
quien se contaba a la hora de cualquier situación. Siempre tuvimos un respeto
por esta gran poeta, porque cada conversación era una cátedra de enseñanza con
esa pedagogía particular al decir las cosas, y enseñar la literatura de una
manera grácil. Podía pasar horas hablando, y uno no se aburría por nada.
Su obra poética plasmada por sentires diversos
habitaba honduras, erotismo, soledad, y nos
adentra al corazón dolido o celebrado: “deme posada en el último cuarto/ allí
donde nadie sepa”. La poeta ahonda en la naturaleza humana, y lo va a suscribir
en sus textos poéticos como sello personal.
De ese libro De
Amantes (1984) logran destacarse esos poemas de (mal)amor, la condición de la
amante del hombre casado forma un tejido que va a retener la presa del deseo.
Es una relación establecida por el erotismo opuesto a la cotidianidad, y todo
se debate entre continuar y desistir de la ternura y la ironía, el reproche y el
amor:
Ella es/ la otra/aquí/ yo soy/la otra/allá/Simple
problema de distancias/ la que entre tus brazos/será/ única.
Yo soy la amante/Baraja/que salta de tu mano/y es
oro/sota/y reina/al mismo tiempo.
En toda su obra hay una fuerza interior que abraza al
testigo, indaga sobre su propia intimidad, la soledad, el silencio y el vacío, los
cuales van a estar presentes en su otro poemario Sombraduras (1987).
Como grito apagado/como desollada frase/ esta
soledumbre/ frente a un espejo interminable/una herida que me cruza el pecho/
como sola ando.
Cenizas/ Sombraduras/ Y esto que/aún respira/ en
silencio/como raíz anhelando en tierra yerma/como espacio vacío/ Así vamos.
El Auroch (1992) fue obra finalista en el II Concurso Internacional de Literatura
Taurina “José María de Cossio” convocado por la Editorial Espasa-Calpe y realizado
en Madrid (España) el 5 de Mayo de 1990. Allí regresa al recurso zoomórfico, en
la cual un toro, ese animal bravío, es motivo de una intensa reflexión humana.
“Rojo es el sol al amanecer
y es rojo el cielo cuando el sol
muere”.
Canto I. Así oró Agamede/ la gran sacerdotisa/ Clamo ante ti ¡Oh
Dios Sol! /tú/ el que da la vida/el que reina sobre la luz/el que luce
bellamente/ sobre todas las cosas.
Estos textos son esa necesidad del cuerpo, ¿o del
espíritu? ¿Voz interior acaso de sacerdocio antiguo que obliga al matador a
exponer su cuerpo ante los cuernos del toro?
De sus últimos trabajos, quedó pendiente la
publicación de “Oficio de Resolana”, un ensayo de sobre escritoras falconianas
entre el romanticismo, el realismo y las nuevas tendencias: Polita De Lima,
autora del libro Ladrón de sal (1910);
Virginia Gil de Hermoso, autora de la novela El Recluta (1907); y Reyna Rivas, poeta contemporánea.