Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 02:46 am
JESÚS BAYORT
@JesusBAYORT
Diario ABC
de Sevilla
A las seis y veinticinco de la tarde, al límite del clarinazo, subía Roca Rey por la calle Iris. Entre la marabunta, escoltado por su cuadrilla. Las caras lo decían todo. No estaba Hugo, su guardaespaldas, el Koldo del toreo. El caldero y plata resplandecía antes del gran gesto de su carrera. Dos minutos le esperaron los alguacilillos en el tercio, y diez más tardó Fernández Rey en lanzar el pañuelo blanco. Seguían colapsadas las escalerillas, los vomitorios. El público ocasional, como la gran estrella del momento, vive al límite. No dio tregua Manuel Escribano, como tampoco se la dio Disparate. De la herida a la heroicidad, en dos horas. Salió desentendido el primer victorino, que buscaba el burladero. Y Escribano tragando saliva, sobre el reclinatorio de la Maestranza. Hasta que lo vio el toro, que se tragó la larga y tres lances más, antes de tumbar a la leyenda. Estremecedora la voltereta, como la saña contra el ruedo.
La dureza del arranque avisaba de la tarde que se venía, sin tregua contra la gran figura peruana. Una Maestranza hostil, vengativa, inhumana. Se volvían en su contra los tendidos, irreconocibles tras la indulgente semana. Del arrope a Luque a las cuchilladas a Roca. De Villaconejos a Bilbao, en veinticuatro horas. Lo medían como máxima figura; lo señalaban como culpable del gran agravio de la temporada. Sevilla volcada con su paisano, criminal con su verdugo. Culpa de su mala gestión, o de quien le haya gestionado esta crisis. Ya lo dijimos este invierno; aunque, como es habitual en este mundo de mediocridad, quisieron matar al mensajero quienes no tendrán la honestidad de asumir la responsabilidad. Y le plantearon este envite avictorinado como remiendo. Un desagravio en forma de ruleta rusa. Y salió el balín, llamado Minueto.
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Pero vayamos antes a la épica final. Eran las nueve menos veinte de la noche, dos horas exactas después de haber entrado hecho jirones, salía aún más desvestido Manuel Escribano. En vaqueros, con chalequillo y montera. Poco torero, para qué nos vamos a engañar. Aunque aquello no restó méritos a la gran verdad del diestro, leyenda en la Maestranza, una plaza que rugía al grito de «¡torero, torero, torero!». Como rugía la gente de Tejera, en un gesto más de su sensibilidad. De esa sensibilidad que siempre tuvo Sevilla, esa ciudad y esa plaza a la que a veces, sólo a veces, cuesta reconocer. Sonaba Amparito Roca cuando el héroe fue camino, una vez más, de la puerta de chiqueros. ¡Qué agallas! Y seguía la música, que casi termina el pasodoble de lo que tardó en salir ese Fisgador, el más 'sevillano' de la corrida, que tampoco rompió.
Lanceaba Manuel Héroe Escribano hasta los medios. Destrozado su cuerpo, agigantada su alma. Con la plaza volcada. Bordadas sus verónicas, como la puesta en escena. Caían los sombreros desde el tendido, desde el callejón. Un manicomio. Y le pedían más: las banderillas. Que quiso aguantar hasta el momento final, con su cuadrilla ya frente al toro. Épico con los palos –sólo dos pares, imposible más–, como torero en el brindis. A José Luis Moreno, el apoderado que se partió la cara por él en los últimos años. Fue duro y violento este sexto, que debió haberse lidiado en cuarto lugar. Acrecentó la épica. Exigiendo un sobreesfuerzo al torero, que lo hizo. Inmenso y largo, como sus muletazos. Y rubricó con honores su gran gesta maestrante. El acero en la cima; como el torero, coronado en una tarde para la historia.
Mucho antes de aquello salió Minueto, el primero de Roca. Avacado –único cuatreño–, tan astifino como ofensivo. Alto, aunque fino. Que lanceó con mimo el del Perú, paciente en cada encuentro. Que le dieron en varas; como al torero, machacado por la plaza. Sin terminar de acomodarse, sin terminar de entregarse el de Las Tiesas. Medían al torero, como le medía el toro. Pitaban su colocación, pitaban su estampa. Todo caía mal. Y se hundía Roca, despacio aunque sin tomarle el pulso. No era fácil Minueto, sin ritmo aunque humillando. Lo consiguió al final, cuando aquello era ya una jaula de grillos. Le ganaba el tranco y le arrastraba las telas. «To pa ná».
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Como no parecía fiarse en la salida de Plantaviñas, después sonar la megafonía para anunciar el cambio de orden en la lidia. Y algunos que esperábamos el minuto y resultado de Caramelo, ese toro de Matilla que galopa por el reino de Castilla. Salía Roca con el capote cogido con las vueltas; guardando la ropa, novedad en él. Más que desconfiado, milimétrico. Pensando en el final. En la muleta. Soberbio en su colocación, en su planteamiento. Enterrado y profundo. Bonito el gesto con Campuzano, su gran valedor, el que lo sacó del anonimato. Apostó Roca por el toro, poderoso y sometido. Algunos tragaban aregañadientes; otros seguían en su hostilidad. Con Roca mordiendo su cuchillo, enorme en su esfuerzo. Más profundo en su final. Inteligente, con la muleta retrasada y el tranco al pitón contrario. Se fue más recto con la espada, que cayó baja. No fue justa la Maestranza, como sigue sin ser justo el veto. Los duelos y las rivalidades, en el ruedo. Ni en los despachos, ni en los tendidos.
«Ejeee», gritaba Borja con voz rota en el cite a
Disparate, el que hizo presa sobre el muslo de Escribano. Una faena bien
planteada y estructurada. Medida, sin sobreesfuerzos. Que no tardó en redondear
al natural, el pitón más potable. Más duro por el derecho, espabilado, que le
robó hasta una zapatilla. Una faena sin continuación, aunque con mérito. Como
mérito tuvo lo de Baratero, el tercero. Se guardaban los cuchillos y salían los
abanicos en los tendidos, como Jiménez, que sopló un ramillete de naturales.
Una faena larga y vibrante, como ligerita y sin pausa. Más bajo y hondo el
toro, que fluyó con ritmo y humillación a la mandona muleta del espartinero.
Con la plaza rendida; de la furia al cariño, en unos minutos. Otro trato al
torero, otro trato el del torero. Emocionante fue la serie con la diestra, con
Baratero rebañando en los vuelos. Y crujió la plaza en un cambio de mano
sensacional, larguísimo, como los que siguieron. No mató bien: de tener dos
orejas, a conformarse con una. Tardó en acoplarse a Cobardón, bruto y difícil,
que dos veces le partió la muleta.
FICHA DEL FESTEJO
Se lidiaron toros de Victorino Martín, cinqueños menos el segundo, exigentes en su conjunto. 1º, exigente; 2º, tardo y dormido; 3º, con empuje y emoción; 4º, rebañando; 5º, listo y duro; 6º, sin humillar y exigente.
Manuel
Escribano, de chocolate y oro.
Cogido en el primero. En el sexto, estocada (dos orejas).
Borja
Jiménez, de lila y oro: estocada
(fuerte ovación), estocada larga tendida y trasera (oreja); estocada (ovación).
Roca Rey, de caldero y plata: estocada casi entera (silencio); estocada caída (ovación).
Plaza de Toros de la Real Maestranza de
Sevilla. Sábado, 13 de abril de 2024. Séptima del abono. Lleno de 'no hay
billetes'. Presidió Gabriel Fernández Rey.
ENTREVISTAS │ Manuel Escribano, de la enfermería a cortar dos orejas: «El toreo merece la pena por estos momentos»
Emocionado y agradecido por el apoyo del público sevillano. Así se ha mostrado el torero Manuel Escribano después de la épica que ha rodeado su presencia esta tarde en la plaza de toros de la Maestranza. El de Gerena sufrió una cogida durante la faena del primer todo de la tarde, lo que obligó a su traslado a la enfermería para ser operado. Logró reponerse y, vestido con unos vaqueros y una camisa blanca que le prestó el futbolista del Betis, Chimy Ávila, salió de nuevo al ruedo para lidiar el último toro de la corrida de Victorino Martín, alzándose con dos orejas. Tras lo ocurrido, aseguró en declaraciones a OneToro TV que «el toreo merece la pena por momentos como éste».
Escribano quiso poner en valor el trabajo de los médicos «que me han recuperado, no me han dormido, me han operado y me han permitido volver a salir». Con los dos trofeos en sus manos, y exultante por lo que acababa de suceder en la Maestranza, el torero ha asegurado ser «el hombre más feliz del mundo», señalando que después de lo vivido «ya me puedo morir tranquilo». También ha insistido en que este tipo de situaciones son «lo grande del toreo», por lo que supone de «reponerse ante cualquier circunstancia, tirando siempre hacia adelante para darlo todo y ser mejor torero». Finalmente, ha dado las gracias a Dios «por permitirme aguantarme de pie, disfrutar, y sentir lo que es el toreo».
Por su parte, Borja Jiménez, que lidió el tercer y el quinto toro de la tarde, además de hacerse cargo de la faena del que había cogido minutos antes a Escribano, quiso mostrar su solidaridad con la situación que estaba viviendo el diestro de Gerena, al que brindó su primer toro. De hecho, nada más terminar lo primero que hizo fue preguntar por su estado: «¿Sabemos algo de Manuel», dijo. En cuando a su papel en esta tarde, ha explicado que «el toro ha tenido sus complicaciones y no era fácil», destacando que «por el lado izquierdo le he podido pegar muletazos que han llegado a la gente» y que hicieron que se encontrara «muy bien». Logró la ovación de la plaza. En el segundo que toreo, el primero de su tanda por el que logró una oreja, «la faena ha alcanzando unos niveles de toreo que me han permitido estar muy a gusto», ya que «con el capote lo vi que por el lado izquierda tenía una condición muy buena».
El tercer diestro del cartel fue Andrés Roca Rey, que tuvo menos suerte con sus dos faenas. Tras la primera, la segunda de la tarde, ha reconocido que «no ha sido fácil» porque el toro «no transmitía mucho». Luego, tras lidiar al cuarto y recibir las críticas de la Maestranza, ha asegurado ser «consciente» de la exigencia del público, advirtiendo de que «mentiría si te dijera que no sabía que era una tarde dura desde el primer momento en el que tomé la decisión de anunciarme con este cartel y esta ganadería». A pesar de que no tuvo suerte, insistió en que «esto me motiva mucho, me ayuda a ser mejor, y a demostrar dónde quiero llegar en el toreo». / MARIO DAZA - Diario ABC de Sevilla