Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 05:15 am
JESÚS BAYORT
@JesusBAYORT
Diario de
Sevilla
Había cambiado Morante el trono de la Maestranza por un diván, una especie de confesionario espiritual. Abría su mundo interior como si fuera un canal por medio del arrozal. Y salía por la brecha del alma toda su amargura, su quebranto. Como quebraba en forma de ocho al coqueto Mágico, que traía la magia suficiente como para hechizar su coraje torero, su gallardía. Osado Morante en dos soberbios trincherazos que parecían enterrarse en los bajos de la Maestranza, una plaza entregada al genio, comprometida con su situación. Como Tejera –¡bravo por José Manuel Tristán–, que sopló directo a la memoria del genio. Rubores, el pasodoble de Ligerito.
Tocaba la banda a la animosidad del maestro, cantaba Tejera a la sensibilidad torera. La de los grandes aficionados. Los que saben cuándo apretar, y también cuando hay que arropar. Arropaba Sevilla a Morante de la Puebla, que ponía toda la magia que le faltaba a este Mágico, primero de Juan Pedro, mucho más animoso que el resto. Como el torero, animado y desenvuelto, desprendido de aquel rostro entristecido. Y se quedaba en los terrenos del toro, seguro e insistente. Ligando en corto, ligerito. Como el nombre de aquel toro cimero. Más sorprendido al natural, aunque igualmente entregado. Monumentales fueron los últimos cambios de mano, como el cosquilleo por las orejas del toro. Se crecía Morante de la Puebla, puesto en pie sobre el diván de la Maestranza. Sevilla lo escuchaba, lo comprendía. Sacaban los pañuelos como el terapeuta que ofrece un informe favorable: «está usted estupendo, maestro».
La sensibilidad de Tejera le faltó al presidente, que, siendo justo, no atendió una petición insuficiente. Perdonable, como imperdonable fue el baile de corrales en el reconocimiento: cinco toros rechazados. La primera gran corrida del ciclo continuado, desmontada a unas horas de su comienzo. Me pica la curiosidad: ¿qué pasó? ¿Tanto habían cambiado los toros que inspeccionaron el pasado 1 de abril? De Pascuas a... jueves de farolillos. ¡Qué petardo! A Juan Pedro Domecq, que terminó lidiando una de las corridas más desfondadas de sus últimos tiempos, lo colocaron en el disparadero. Cinco toros rechazados, cinco balazos directos a la diana del despropósito.
A la seis de la tarde, el tráfico era horrible en el paseo de las Delicias y la bulla insoportable en la calle Circo. El cartel de 'no hay billetes' venía colgado desde los aledaños, era este jueves de preferia el Domingo de Resurrección que no vivimos. No se cabía en los tendidos. Tampoco en el callejón, completo de punta a punta. Por no haber no había ni sitio para Ramón Valencia Canorea, reubicado con los presidentes. Un poco más allá estaban Estanis y Ramón, hermano e hijo de Ramón Ybarra, que debió ocupar ese sitio junto a un ganadero que tuvo la categoría de ponerle divisas negras a la corrida.
Corrida que quebraron en el reconocimiento, como se terminó quebrando la tarde. Insufrible. Amenizada también por el faraónico recibo aguadista, que traía una mata de romero en la solapa de su corazón. Recortando longitud a su percal, caidito y despacio en su magno homenaje al Faraón. Cogido junto a la esclavina, sin agarrar los flecos, volando la bambita, meciendo verónicas de ensueño. Y Sevilla lo captaba, como captó su media. Eterna, sublime. Era ese Barroco un toro de maqueta. Bajísimo, más acodado y recortado. Tuvo lentitud en su salida, como las verónicas de Aguado, que llegaron hasta los medios. Y por fin se vio a un picador en plenitud. No sólo en la suerte, también en su ejecución. Mario Benítez, que no dejaba escapar al huidizo juampedro. Quitó por chicuelinas Aguado, que ya traían otro sello –como el toro–, dando brinquitos en sus lances de perfil. Del cante grande a los rústico. Ni cante ni grandeza hubo en su faena, silenciada por la falta de chispa del animal, menospreciadas las formas del sevillano. Tan poco cantado como su final de frente y a pies juntos. Perfecto, con toda la gracia que le faltó al toro.
No tomó vuelos esa tercera faena, como prácticamente no tomó más vuelos la tarde. También venido a menos lo de Aguado ante el sexto, Secuestrador. Que tuvo motor en su salida, como vibración volvió a tener el recibo del sevillano. Enganchando más adelante, sin abrir hacia afuera, sin levantar los brazos. Mucho mejor. Emoción tuvo el inicio, con el toro casi en la puerta de chiqueros y con El Tato, flamante director artístico, arreando desde tablas. Y Aguado, como apoyado sobre la barra de un café, lo bordó a pies juntos. Más despegado con la diestra, retrasada y al pitón de fuera la muleta. No conectó la faena, como no conectó la tarde. Pero hubo una base de perfección en lo Aguado. En sus lances a la verónica, en su pulcritud muletera. Sin enganchones, con compás.
Si hay algo que destacar de Manzanares fue el
recibo a Pendenciero, con mucha categoría en su hechura. El precioso colorado
subía dos peldaños al primero. Proporcionado en su talla, largo de pitones y
tronco. Que salió con brío, suelto. Y el de Alicante se fue a buscarlo, casi en
los medios, recogiendo y encelando a Pendenciero. Por bajo, entre vueltas.
Sedosas fueron sus chicuelinas, aunque desalmadas. No terminó de acoplarse el
de Alicante, como no terminó de fijarse este segundo. Por momentos, incierto,
desparramando la vista. El quinto hacía justicia a su nombre, más Vareado. Que
embestía con la forma de sus pitones, que hizo jirones con su genio el capote
de Manzanares. Eso fue todo, como lo brevísimo de Morante y Ajerezado, el
cuarto. ¿Lo mejor? La duración. Dos horas clavadas ¡Qué gusto!
FICHA DEL FESTEJO
Se lidiaron toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados, aunque sin chispa en la muleta. Se rechazaron cinco toros en el reconocimiento.
Morante
de la Puebla, de rosa chicle y
azabache. Estocada caída (ovación tras petición); estocada que hace guardia y
media (silencio).
José
María Manzanares, de sangre de
toro y oro. Estocada un poco caída y descabello (silencio); pinchazo, estocada
y dos descabellos (silencio).
Pablo Aguado, de grana y oro. Pinchazo, mete y saca y estocada (palmas); estocada larga (palmas).
Plaza de Toros de la Real Maestranza de
Sevilla. Jueves, 11 de abril de 2024. Quinta del abono. Lleno de 'no hay
billetes'. Presidió Fernando Fernández-Figueroa.
ENTREVISTAS │La decepción de Manzanares en una tarde aciaga: «Así es imposible; los toros no tenían nada dentro»
El alicantino ha mostrado su malestar: «No han tenido esa transmisión y profundidad para nosotros poder exigirle»
José María Manzanares, con amargura, ha reconocido que apenas pudo hacer nada con dos toros muy similares, sin fuerza y la bravura necesaria «para sacarles algo» en la tarde de este jueves en la Maestranza. Tras verse primero con Pendenciero, ha indicado a los compañeros de OneToro TV que «le faltó entrega al toro. En la primera tanda, sobre todo, tras el primer muletazo, él ya arrollaba. Al no temer entrega y raza siempre tiraba por el medio. No transmitía nada. Al tercer muletazo se me metía detrás de la cadera. He intentado sacarle lo máximo. Yo tenía esa ilusión. En vez de romper para bueno, ha roto para rajarse, para no querer embestir».
También tras el segundo toro se ha expresado con cierta amargura: «Es imposible. Su fondo no era de embestir tampoco. Ha sido muy parecido al primero, sin tener esa transmisión y esa profundidad para nosotros poder exigirle. Este tampoco tenía nada dentro. Así es muy complicado».
Por su parte, Morante de la Puebla, tras su primer toro, y después de dejar varias series de exquisito trazo y temple, se ha mostrado algo contrariado a pesar de que dejó una buena impresión. «La verdad es que yo no creía mucho en el toro, pero poco a poco fue creciendo. Ha sido un toro bravo, en definitiva. Tuvo un momento en el que yo pensé que se podía ir. Pero lo traje», ha manifestado. El diestro sevillano, toreando con empaque y personalidad, ha reconocido, eso sí, que pudo «disfrutar en la faena», una circunstancia que no pudo repetir en el segundo toro, sin hacer declaraciones a posteriori.
Por último, Pablo Aguado, que fue de más a menos
en su primer toro, ha indicado que no ha terminado de romper en lo que en un
principio esperaba: «En el capote sí ha habido esa movilidad... Pero al toro le
faltó aliento, vida, expresión, el decir algo con las embestidas». En su
último, el sevillano se ha vuelto a lamentar: «Es una pena. La primera tarde sí
embistió con ganas. Fue una pena que luego se haya rajado». / R. A. – Diario de
Sevilla