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Zavrotsky, científico errante en un mundo de desafecto por Ramón Sosa Pérez

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Ramón Sosa Pérez


Andrés Zavrotsky nació en Rusia en 1904. En un periplo empantanado de vicisitudes recorrió países ignotos hasta dar con la urbe andina, en los años 50 del siglo XX. Imaginar la travesía por Europa, Asia y América, huyendo de la cacería a conocimiento que fundaba el absolutismo, sólo es posible en un hombre de su estatura moral. De niño afrontó el rigor de la revuelta rusa; expropiación, separación familiar, muerte de parientes cercanos y las ejecuciones a la orden del día.

Supo que el talento era materia de Estado y, por tanto, forzado a desaparecer. Su formación familiar disentía con la hambruna que presenciaba. Próximo a doctorarse en matemáticas y encrespado el clima político que hostiga a la ciencia, emigra de Rusia desafiando el poder. Se alista en el Ejército Rojo y sirve como voluntario en Siberia y de allí huir con el plan de probar algún día lo que es ya desgracia en su patria: “Murder of science”, como tituló años más tarde su libro.  

Cruzar a pie el desierto, desafiar al Japón imperial entre crudezas naturales y azares de las ofensivas militares hasta llegar a América, aventado por el asedio que se conjugó desde la barbarie hecha gobierno, hizo protagonista al científico Andrés Zavrostky, que en ocasiones debió impartir clases en medio del estrépito de las balas y el sacrificio de tantos inocentes. A Mérida llegó en los años 50 pues tenía en el país ya 3 años como universitario de Algebra Superior.

De boca en boca corre el comentario y a poco se riega la noticia: “el quinto matemático del mundo” da clases en Mérida y sus discípulos se maravillan con la didáctica de la cátedra. Se cala de la historia en pláticas con José Rafael “Pepe” Febres Cordero y a poco confiesa maravillado el portento que legó don Tulio y se fija la meta de recorrer los espacios que atesoró desde sus páginas. Lee los boletines del Archivo Histórico que le cedía en préstamo don Pepe y de allí orientó sus pasos al sur merideño.  

En marzo de 1956 escribió para la Revista Universitas Emeritensis su experiencia en la travesía que a lomo de mula hizo por Acequias, El Morro, El Quinó y Aricagua. Describe el Valle de las Acequias y proyecta la fortaleza surandina en una apuesta por el explorador que incorpora su aporte científico a la subyugante tierra sureña. Un inventario al entorno antiguo de Juan de Mucuñó, cuenta 2 iglesias que contrasta y coteja con un peregrino morador de esos retiros, a quien indaga por su pasado.

En lenguaje premonitorio advirtió lo que luego pasaría en el lugar, asolado por la erosión. Zavrotsky cruza la ruta hacia Aricagua “perla escondida de los andes”, captando “no sólo por la fertilidad de su suelo y la belleza escénica de sus paisajes, sino también por el carácter laborioso y hospitalario de sus habitantes”. A pie recorría el trayecto y donde la bondad de un arriero lo permitió, montó en mula para describir las tierras del sur.

En cada caserío tuvo espacio para un cuadro costumbrista, un personaje o un hecho como los temblores en Aricagua. Nada escapó a su pluma y lente; reveló que esas tierras serían pronto presa de la erosión. Pidió al gobierno insertar al campesino en una campaña que parara el fenómeno. Exigió mejorar la vialidad “pero mientras no se contrarreste la erosión y no se resuelva, será prematuro pensar en carreteras, tanto más cuando la erosión misma se opone muchas veces directamente a obras semejantes”.  





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