Mérida, Junio Sábado 06, 2026, 04:10 am
A propósito del Día Internacional de la Mujer,
resulta interesante la reflexión de la Iglesia, en este camino sinodal, sobre
el rol de la mujer en la participación y comunión de su tarea evangelizadora y
su presencia en el mundo de hoy.
El Concilio Vaticano II nos recuerda que “es
común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo;
común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola
salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente,
en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la
nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque no hay judío ni griego,
no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos ustedes son ´uno´ en
Cristo Jesús”. (Lumen Gentium, 32).
Para la mujer, al igual que para cualquier
otro miembro de la Iglesia, el derecho inalienable a participar plenamente en
la vida de la Iglesia deriva del bautismo: por eso hablamos de “igualdad
bautismal”. De este derecho ha hablado explícitamente el Papa Francisco,
afirmando: “El papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, ¡es un derecho!
Es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu ha
dado. No hay que caer en el feminismo, porque esto reduciría la importancia de
una mujer”.
El ejemplo evangélico de María Magdalena,
elevada su fiesta litúrgica con el título de “Apóstala de la los apóstoles”,
incide fuertemente sobre la vida de la Iglesia, haciendo resaltar un nuevo
modelo de discipulado-mujer que es cualquier cosa menos sumisa y secundaria,
sino más bien decidida y activamente participativa, con una misión, dirigida a
los propios apóstoles por voluntad de Cristo. Es la mujer apasionada por llevar
la buena noticia y dar testimonio por encima de todo obstáculo.
En la carta apostólica Evangelii Gaudium
(103-104), el Papa Francisco menciona explícitamente la necesidad de “ampliar
los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia, en la que
también la mujer, tengan parte en los diversos ámbitos eclesiales y en la toma
de decisiones importantes”.
Vivimos en la Iglesia tiempos de sinodalidad
que significa pasar del “Yo” al “nosotros”, redescubriendo la primacía del
“nosotros” eclesial de la comunidad, una comunidad abierta e inclusiva que
capacita a los hombres y a las mujeres para caminar juntos con Cristo en el
centro.
Una de las protagonistas en este caminar juntos, es la religiosa
benedictina Madre Angelini, quien acompaña
la reflexión espiritual del Sínodo sobre la sinodalidad en curso en el Vaticano,
ella señala como la aportación de
las mujeres es la que “alimenta incesantemente el dinamismo espiritual de la
reforma”. La mujer es presencia la que intuye
el movimiento de la vida, teje relaciones nuevas, improbables, lleva
pacientemente y disuelve conflictos a lo largo de todo el Evangelio.
Las
mujeres no son solo extras, sino que abren espacios inéditos a la misión. La
Madre Angelini recuerda que cuando san Pablo desembarca en Europa encuentra “mujeres
reunidas en oración, a cielo abierto” y acoge su lenguaje. “El humilde
mercader de púrpura, Lidia es la primera creyente en la tierra de Europa.
Escucha la Palabra”, ofrece morada a los apóstoles. Hoy también son muchas las
mujeres que abren nuevos horizontes evangelizadores como catequistas, ministras
extraordinarias atentas a los ancianos y enfermos, muchas de ellas
profesionales que regalan su tiempo y talento en las caritas parroquiales,
mostrando el rostro de la ternura y la cercanía de Jesús.
Son muchas las
acciones e iniciativas desarrolladas por las mujeres hoy en la Iglesia, pero la
principal, a mi modo de ver es la de enfocar su tiempo y atención a una
auténtica fe en acción, viviendo las bienaventuranzas, como un llamado
apremiante a imitar a Jesús todos los días. Viviendo su vocación bautismal como
verdaderas discípulas misioneras en medio de nuestras comunidades cristianas,
cambiando el mundo no por el poder y la fuerza, sino por la vivencia de las
bienaventuranzas del Reino.
Como lo afirman las últimas propuestas
sinodales, la Iglesia sinodal debe estar dispuesta a sentarse junto con las
mujeres, especialmente las laicas, que viven la sinodalidad en el mundo, para
aprender a renovar la imaginación de la Iglesia orientada hacia el Espíritu
Santo. Asimismo, se ha señalado que la corresponsabilidad “es la base de la
sinodalidad: esto es lo que significa ser Iglesia misionera. Tanto hombres como
mujeres participamos en la toma de decisiones y aportamos lo mejor de nuestros
talentos en la construcción de una Iglesia casa y escuela de comunión, siendo la
sal y la luz que el mundo necesita para vivir en paz y unidad.
Mérida,
10 de marzo de 2024