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La mujer en la Iglesia por Padre Edduar Molina

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La mujer en la Iglesia por Padre Edduar Molina


A propósito del Día Internacional de la Mujer, resulta interesante la reflexión de la Iglesia, en este camino sinodal, sobre el rol de la mujer en la participación y comunión de su tarea evangelizadora y su presencia en el mundo de hoy.

 

El Concilio Vaticano II nos recuerda que “es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos ustedes son ´uno´ en Cristo Jesús”. (Lumen Gentium, 32).

 

Para la mujer, al igual que para cualquier otro miembro de la Iglesia, el derecho inalienable a participar plenamente en la vida de la Iglesia deriva del bautismo: por eso hablamos de “igualdad bautismal”. De este derecho ha hablado explícitamente el Papa Francisco, afirmando: “El papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, ¡es un derecho! Es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu ha dado. No hay que caer en el feminismo, porque esto reduciría la importancia de una mujer”.

 

El ejemplo evangélico de María Magdalena, elevada su fiesta litúrgica con el título de “Apóstala de la los apóstoles”, incide fuertemente sobre la vida de la Iglesia, haciendo resaltar un nuevo modelo de discipulado-mujer que es cualquier cosa menos sumisa y secundaria, sino más bien decidida y activamente participativa, con una misión, dirigida a los propios apóstoles por voluntad de Cristo. Es la mujer apasionada por llevar la buena noticia y dar testimonio por encima de todo obstáculo.

En la carta apostólica Evangelii Gaudium (103-104), el Papa Francisco menciona explícitamente la necesidad de “ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia, en la que también la mujer, tengan parte en los diversos ámbitos eclesiales y en la toma de decisiones importantes”.

 

Vivimos en la Iglesia tiempos de sinodalidad que significa pasar del “Yo” al “nosotros”, redescubriendo la primacía del “nosotros” eclesial de la comunidad, una comunidad abierta e inclusiva que capacita a los hombres y a las mujeres para caminar juntos con Cristo en el centro.

 

Una de las protagonistas en este caminar juntos, es la religiosa benedictina Madre Angelini, quien acompaña la reflexión espiritual del Sínodo sobre la sinodalidad en curso en el Vaticano, ella señala como la aportación de las mujeres es la que “alimenta incesantemente el dinamismo espiritual de la reforma”. La mujer es presencia la que intuye el movimiento de la vida, teje relaciones nuevas, improbables, lleva pacientemente y disuelve conflictos a lo largo de todo el Evangelio.

 

Las mujeres no son solo extras, sino que abren espacios inéditos a la misión. La Madre Angelini recuerda que cuando san Pablo desembarca en Europa encuentra “mujeres reunidas en oración, a cielo abierto” y acoge su lenguaje. “El humilde mercader de púrpura, Lidia es la primera creyente en la tierra de Europa. Escucha la Palabra”, ofrece morada a los apóstoles. Hoy también son muchas las mujeres que abren nuevos horizontes evangelizadores como catequistas, ministras extraordinarias atentas a los ancianos y enfermos, muchas de ellas profesionales que regalan su tiempo y talento en las caritas parroquiales, mostrando el rostro de la ternura y la cercanía de Jesús.

 

 Son muchas las acciones e iniciativas desarrolladas por las mujeres hoy en la Iglesia, pero la principal, a mi modo de ver es la de enfocar su tiempo y atención a una auténtica fe en acción, viviendo las bienaventuranzas, como un llamado apremiante a imitar a Jesús todos los días. Viviendo su vocación bautismal como verdaderas discípulas misioneras en medio de nuestras comunidades cristianas, cambiando el mundo no por el poder y la fuerza, sino por la vivencia de las bienaventuranzas del Reino.

 

Como lo afirman las últimas propuestas sinodales, la Iglesia sinodal debe estar dispuesta a sentarse junto con las mujeres, especialmente las laicas, que viven la sinodalidad en el mundo, para aprender a renovar la imaginación de la Iglesia orientada hacia el Espíritu Santo. Asimismo, se ha señalado que la corresponsabilidad “es la base de la sinodalidad: esto es lo que significa ser Iglesia misionera. Tanto hombres como mujeres participamos en la toma de decisiones y aportamos lo mejor de nuestros talentos en la construcción de una Iglesia casa y escuela de comunión, siendo la sal y la luz que el mundo necesita para vivir en paz y unidad.

 

Mérida, 10 de marzo de 2024





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