La Universidad de Los Andes y la primera propuesta
de conversión del Seminario en Universidad (1800-1806) por Alí Enrique López Bohórquez (*)
DEÁN LICENCIADO FRANCISCO JAVIER DE IRASTORZA PRIMER PROMOTOR DE UNA UNIVERSIDAD PARA MÉRIDA EN 1800
(*) Coordinador de la Cátedra Libre de la Universidad de Los Andes
Nuestra insistencia en demostrar el interesado
error histórico de que la
Universidad de Los Andes fue creada el 29 de marzo de 1785
por el Obispo Fray Juan Ramos de Lora, cuando en verdad lo hizo la Junta Superior
Gubernativa de Mérida el 21 de septiembre, sigue generando interés en la
comunidad universitaria porque se aclare definitivamente lo concerniente al
hecho fundacional de la institución y se restituya la celebración que
corresponde. Ello en concordancia con la conmemoración del primer Centenario en
1910, con el Decreto del Consejo Universitario de 1958 que ratificaba la fecha
del 21 de septiembre de 1810, con los actos realizados en su Sesquicentenario
en 1960, el dictamen de la Academia Nacional
de la Historia
de 1985 al respecto y la remembranza en
el 2010 del verdadero Bicentenario de su establecimiento inicial con el nombre
de Real Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros, denominada
Universidad de Mérida en 1832 y finalmente Universidad de Los Andes en 1883. En
esta Crónica vamos a exponer otro hecho demostrativo de que en 1785 no se creó
ninguna Universidad en esta ciudad. Nos referimos a la primera solicitud
realizada en 1800 por el Deán de la
Catedral de Mérida, el Licenciado Francisco Javier de
Irastorza, la cual generó diversas opiniones en Mérida, Maracaibo, Caracas y
Madrid que condujeron a la decisión del Rey Carlos IV en 1806 de no acceder a
la petición de conversión del Real Colegio Seminario en Universidad por razones
académicas y económicas. De manera que es a este sacerdote al que se le debe
rendir honores por tal propuesta, y no a Fray Juan Ramos de Lora, ya que la
decisión de aquella Junta Gubernativa reivindicó la idea de una Universidad de 1800,
puesta en práctica en1810.
Para comprender el significado de la solicitud de Irastorza es
necesario recordar al lector algunos antecedentes de la misma. El 29 de
marzo de 1785, el primer Obispo de la Diócesis de Mérida, Fray Juan Ramos de Lora
decidió establecer y dictar las Constituciones por las cuales habría de
regirse, sin autorización real, “...una Casa de Educación de los jóvenes
inclinados a seguir el estado eclesiástico, en donde se les imprima máximas de
Religión y se les enseñe la
Lengua Latina, e instruya en las materias morales, hasta
tanto que se practican las diligencias correspondientes a que se establezca y
funde un Seminario Colegio con todas las formalidades que dispone el Santo
Concilio de Trento...” El Rey Carlos III fue notificado de tal decisión el 9 de
mayo de 1785, solicitando el Obispo la fundación y erección de una especie de
Colegio a partir de aquella Casa de Educación, en el viejo Convento de los
Franciscanos, y el conferimiento de rentas y de las propiedades que habían
pertenecido a los padres Jesuitas, así como los ornamentos para el culto que
habían dejado los religiosos Dominicos. Las aspiraciones del fraile franciscano
fueron conferidas por Real Orden del 14 de septiembre de 1786, aprobándose la
erección del Seminario Conciliar, con el otorgamiento también de las tierras de
los misioneros de Santo Domingo, lo cual fue ratificado de manera más expresa
por Real Cédula del 9 de junio de 1787, en la cual se recriminaba al Obispo por
haber procedido “sin representarme lo que tuviese por conveniente, esperando mi
real deliberación” y manifestando que “el insinuado defecto” debía servir “de
gobierno en lo sucesivo”.
La decisión definitiva tuvo lugar el 20 de
marzo de1789, cuando el rey Carlos IV aprobó la institución eclesiástica con el
título de “Real Seminario Tridentino de San Buenaventura” y la construcción de
la casa que debía albergarlo para sus funciones de enseñanza de “...Teología,
Derecho Canónico, Real y de otras ciencias que en lo sucesivo se
erigiesen...conforme a la necesidad...” El 1 de noviembre de 1790, dada su
delicada situación de salud, el Obispo realizó en su propio aposento la
instalación definitiva del Seminario con la investidura de las becas a los
cinco niños escogidos para colegiales de San Buenaventura y el 8 de noviembre
su Secretario, Presbítero Mateo Mas y Rubí, formalizó la consagración solemne
del edificio que serviría a la causa de los estudios eclesiásticos que se
propuso desarrollar Ramos de Lora e instaló las clases. Al día siguiente
falleció el fraile fundador del Seminario Conciliar de San Buenaventura de
Mérida. Sobre estas noticias documentales cabe hacer algunas reflexiones. En
primer lugar, lo creado por el primero Obispo de Mérida en 1785 fue una Casa de
Educación para formar los curas que requería su Diócesis. En segundo lugar, la
idea y establecimiento de un Seminario surge entre 1787 y 1789, lo debía haber
sido realizado a su llegada a Mérida en aquel año, como lo establecía una
disposición del Concilio de Trento. En tercer lugar, ese instituto eclesiástico
no inició actividades hasta 1790 con “niños colegiales”. Y, en cuarto lugar, la
palabra Universidad no aparece referida en ningún documento relacionado con el
Real Colegio Seminario de San Buenaventura hasta el año de 1800. Así, son necesarias
estas reflexiones de valor epistémico para desmontar la interesada posición de la Iglesia Católica de Mérida de
que se siga conmemorando, obligatoriamente, la fecha de 1785, a fin de mantener ese
“cordón umbilical” que le genera a ciertas autoridades eclesiásticas una cierta
facultad de intervenir en asuntos que solo deben ser resueltos y decididos por
la comunidad universitaria.
No es nuestro propósito en esta
Crónica el estudio del desarrollo del Colegio Seminario desde su instalación. Lo
que si nos proponemos es analizar la supuesta relación que puede haber tenido
dicho Seminario con la
Universidad que se estableciera en Mérida el 21 de septiembre
de 1810. Para ello tomamos el hilo de la historia entre los años de 1800 y 1806, a partir de las
gestiones del Licenciado Francisco Javier de Irastorza para convertir el
Seminario en Universidad y la decisión que al respecto tomó el rey Carlos IV.
En efecto, el 9 de enero de 1800, Irastorza –Deán de la Santa Iglesia
Catedral de Mérida y Vicario General Gobernador del Obispado en Sede Vacante–
se propuso convertir el Real Colegio Seminario de San Buenaventura en Real y
Pontificia Universidad al plantear mediante un auto el Cabildo Eclesiástico de
Mérida que, aunque el Rey Carlos había ordenado por Real Cédula del 20 de marzo
de 1789 que el Colegio Seminario de esta ciudad que por vía de agregación o
filiación a la Universidad
de Caracas se admitieran los cursos para obtener los grados correspondientes
por parte de los estudiantes que serían destinados a los curatos del Obispado,
ello no era suficiente para conseguir los fines que se había propuesto Fray
Juan Ramos de Lora. Ello en razón del corto número de cursantes, las
dificultades para obtener los grados que incide en su búsqueda en otras
Universidades, los problemas de distancia y manutención que impedían la venida
de otros alumnos. Tales consideraciones le llevaron a proponer como remedio la
erección de una Universidad en Mérida con las facultades de Pontificia y Real,
a fin de que se representara al monarca para el conferimiento de la gracia de
que confiriera grados mayores y menores, con la consecuente confirmación papal.
El Deán Irastorza,
proponía de igual manera, que el Claustro de esa nueva institución debía
conformarse con los Doctores y Licenciados de la Santa Iglesia Catedral
y de los demás doctores que residían en la ciudad, así como la necesidad de que
entre tanto se formaran las Constituciones siguiendo las de Caracas, bajo la
responsabilidad del gobierno del Obispado. Para esa solicitud Irastorza
consideraba fundamental informar al Rey sobre el estado de los Estudios y
Cátedras en el Real Colegio Seminario Conciliar, de manera que todas esas
noticias apoyaran la necesidad y utilidad que surgiría de semejante
establecimiento educativo. Estas consideraciones fueron comunicadas el 25 de
enero al Cabildo Eclesiástico, por el secretario de la Curia Juan José
Mendoza, quien entonces era el Rector del Seminario de San Buenaventura. Llama
la atención que fuera el Gobernador de la Diócesis el que planteara la conversión del
Seminario en Universidad, sin la participación de las autoridades del
Seminario, lo cual pudiera entenderse por el poder que Irastorza tenía dentro
de la organización eclesiástica merideña, ya que además de los cargos indicados
era Juez Genera de Diezmos, Comisario de la Santa Cruzada, Juez
Exactor nato de Medias Anatas y Mesadas Eclesiásticas y Juez Provisor. En la
misma fecha, el secretario de la
Curia remitió el auto de Francisco Javier de Irastorza al
Gobernador de Maracaibo, Fernando Miyares, siguiendo instrucciones del Deán.
El Cabildo Eclesiástico
trató el referido auto de Irastorza el 28 de enero, insertándose en el Acta
correspondiente que había considerado el oficio del Provisor y Vicario General
en el que pedía se suplicara “...a Su Majestad el establecimiento de
Universidad en esta capital del Obispado, en atención de la necesidad,
beneficio y utilidad que resulta para su mayor ilustración...[informando al
monarca] sobre todos los particulares que comprende el citado auto...”, para lo
cual era indispensable extenderse en el informe en los términos más enérgicos
para lograr semejante proyecto. Dicho informe fue culminado dos días después,
bajo la redacción del Dr. Luis Dionisio Villamizar. El mismo lo remitían el
Deán de la Catedral
y el Cabildo Eclesiástico, repitiéndose los argumentos expuestos anteriormente
e insistiéndose en que Carlos IV dispensara la gracia de Universidad para que
“...tengan las ciencias el mayor incremento con que se logren los más sujetos
instruidos que necesita, no sólo para el ministerio de Curas, sino también para
oposición a las Canonjías de Oficio, Regencia de las Cátedras y recta
inteligencia de Vuestras Leyes en la administración de justicia, y que se verán
en todo cumplidas las Reales piadosas intenciones de Vuestra Majestad a favor
de vuestros leales vasallos en esta Diócesis.”
Con el referido informe
del Cabildo Eclesiástico merideño, el Licenciado Francisco Javier de Irastorza
se atrevió a dirigirse directamente a Carlos IV, el 31 de enero, exponiéndole
que los logros del Colegio Seminario no
habían sido suficientes para alcanzar los propósitos de Ramos de Lora, por lo
que consideraba que el único remedio a la situación existente era el
establecimiento de una Universidad en Mérida y que a tal efecto le remitía
el expediente en el que exponía las causas de necesidad y utilidad que así lo
exigen, apoyadas con los informes del Gobernador de esta Provincia, del Deán y
del Cabildo Eclesiástico, “...esperando que Vuestra Majestad se digne acceder
en cuanto en él se contiene, expidiendo Vuestra Real Cédula de Erección de
Universidad con todas las preeminencias, privilegios, prerrogativas y
exenciones que disfrutan todas las demás Universidades de estos vuestros Reinos
y Dominios.” Se engañaba Irastorza al pensar que recibiría apoyo del Gobernador
Fernando Miyares y González en la solicitud de creación de una Universidad para
Mérida. Buscando su ayuda, el Deán envió al Gobernador, el 9 de enero de 1800,
la propuesta que más tarde consideraría el Cabildo Eclesiástico. Miyares
respondió señalando que propendería, “...en cuanto penda de mis facultades, a
la útil erección de Universidad en esa ciudad, que V. S. se sirve
promover...Evacuando por mi parte el informe que…excita...”
Sin embargo, el
Gobernador de Maracaibo redactó un informe que debió influir en la futura
decisión del monarca español. En efecto, el 18 de marzo de 1800 se dirigió a
Carlos IV haciendo consideraciones diversas sobre la situación del Colegio Seminario
y de la Diócesis
en general para inclinarse “...a considerar como muy conveniente la erección de
Universidad en esta Provincia...”; pero planteaba la duda si esta debía
establecerse en Mérida o Maracaibo. Para apoyar la idea de que fuera en la ciudad
lacustre, el Gobernador decía que, aunque reconocía la labor del Seminario, su
mayor volumen de población y la necesidad “...de proporcionar estudios a un
crecido número de jóvenes de la mejor disposición, que no solo carecen de
facultades para subsistir en Mérida, sino que temen contraer la enfermedad de
Coto o Papera a que es muy propenso aquel clima y causa principal de que muchos
no se determinen a pasar a ella...”, razones que determinaban la solicitud de
conferimiento de tal gracia para Maracaibo. Así, el informe de Miyares se
convertiría inmediatamente en un obstáculo para la propuesta de Irastorza.
Correspondía ahora al Real y
Supremo Consejo de Indias tratar el asunto. El 21 de marzo de 1801, el secretario
del Rey silvestre Collar envió sendas notas al Gobernador de la Provincia de Venezuela,
Manuel de Guevara y Vasconcelos y al Gobernador de la Diócesis de Mérida,
Licenciado Hipólito Elías González, solicitándoles informes sobre las
peticiones de Mérida y de Maracaibo, en razón de no estar satisfechos los
consejeros con las noticias comunicadas por Irastorza y por Miyares. El 14 de
agosto de 1801, González remitió a Guevara y Vasconcelos el informe solicitado
por el Consejo de Indias, señalando el Gobernador de Venezuela que lo tendría
en cuenta para la elaboración del que él debía rendir acerca de la conveniencia
o no de establecer una Universidad en Mérida. Se desconocen los destinos de
ambos informes, pues historiadores que han tratado el asunto con anterioridad
no pudieron localizarlos, existiendo solamente referencia de ellos en otros
documentos. A lo que pueden haber informado González y Guevara debe agregarse
la opinión que emitió el Claustro Pleno de la Real y Pontificia Universidad de Caracas en contra
el proyecto de una Universidad para Mérida. Antes de esa fecha, el 4 de agosto,
el Gobernador Guevara y Vasconcelos se dirigió a estas autoridades
universitarias para que diera su parecer en lo relativo a al establecimiento de
una Universidad en Mérida. En la sesión del 17 de noviembre, el Claustro de
Caracas analizó las noticias que al respecto le había suministrado el
Gobernador, llegando a la conclusión de que no le era posible emitir entonces
una opinión definitiva.
Los argumentos para tal
determinación de los Doctores de Caracas eran: que no existían en el expediente
formado documentos que acreditaran “la necesidad de establecer Universidad” en
Mérida, dado que existía un Seminario afiliado a la Universidad de
Caracas; que faltaban los testimonios acerca de los fondos para la dotación de
Cátedras y pago de autoridades; que no se indicaban las becas conferidas en
beneficio de la juventud; que se hace saber si existe el necesario número de
estudiantes y libros suficientes para la enseñanza de las artes y ciencias; que
no se deja constancia en los documentos revisados sobre la disposición –vale
decir, cualidad– de los cuerpos eclesiásticos, religiosos y políticos de Mérida
para la creación de una Universidad en aquella ciudad, ya que estos influirían
“en el decoro y esplendor de la institución y en la emulación de la buena
literatura”; y, finalmente, que los señalamientos del Gobernador Miyares sobre
la “enfermedad de papera y calenturas pestilentes de los caminos” que conducían
a Mérida, no estaban suficientemente demostrados. El asunto fue tratado
nuevamente el 12 de marzo de 1802 y fue cuando el Claustro Pleno de la Universidad de Caracas
se opuso definitivamente a las aspiraciones del Deán Irastorza y del Cabildo
Eclesiástico merideño. Esta vez los argumentos fueron contundentes: la ausencia
en Mérida de una autoridad política con jurisdicción real de alto rango, Virrey
o Gobernador y Capitán General, a la cual el Rey había encargado la protección
de las Universidades en Indias; el Claustro se inclinaba más por el fomento del
Seminario y se aumentaran las becas a sus estudiantes, lo cual “traería afluencia
de cursantes, concurrencia de maestros hábiles y aumento de rentas; con
cuyas bases se establecería al fin una Universidad de acuerdo con las juiciosas
Leyes del Reino.” Estas consideraciones, y las actas de las anteriores
sesiones del Claustro de Caracas fueron remitidas inmediatamente al Gobernador
Guevara y Vasconcelos para su conocimiento y parecer.
Mientras tanto, en Mérida se tenía
conocimiento de las opiniones dadas por dicho Claustro el 17 de noviembre de
1801, en razón de que Guevara había informado al Cabildo Eclesiástico de Mérida
sobre lo acordado entonces por los catedráticos de Caracas. Por ello, el
Licenciado Francisco Javier de Irastorza, el 17 de marzo de 1802, se dirigió al
mencionado Gobernador para comunicarle que, debido a los reparos hechos por el
Claustro de la Universidad
de Caracas contra el establecimiento de una Universidad en Mérida, estaba
dispuesto a satisfacer cualquier otra información que favoreciera la gracia
real tan anhelada por él y por quienes respaldaban su propuesta de convertir el
Colegio Seminario en una institución con rango universitario, como era el caso
de su Rector, el Dr. Juan José Mendoza, quien viajaba a Caracas para tratar
otros asuntos, y que sería un informante de primera, pues era de su confianza,
“de bastante capacidad e instrucción e impuesto en todo lo concerniente al
caso.” Por su parte, el Ayuntamiento de Mérida dejó sentir también su opinión
sobre las apreciaciones que sobre la erección de una Universidad para la ciudad
se habían hecho en Maracaibo y Caracas. Así, el 15 de febrero de 1802, a solicitud del
entonces Provisor y Vicario General de la Diócesis de Mérida, Dr. Juan Marimón y Enriquez,
conoció de su súplica para que los cabildantes merideños representaran al Rey y
al Gobernador de la
Provincia de Venezuela “...para que se haga en esta ciudad el
establecimiento de la
Universidad que se ha solicitado por el Muy Venerable Señor
Deán y Cabildo [Eclesiástico]...” acordaron se hiciera las representaciones que
se solicitaban a favor de un instituto de tanta necesidad para ampliar los
estudios que se hacían en le Colegio Seminario. No fue hasta el 24 de abril de
1804 cuando el Gobernador Guevara y Vasconcelos enviara el informe solicitado
por el Secretario del Consejo de Indias en 1801, con los documentos que había
recogido desde que se le había exigido la formación del expediente
correspondiente.
Habían transcurrido cuatro años
desde que el Deán Francisco Javier de Irastorza hiciera la propuesta de la
creación de una Universidad para Mérida. La inconsistencia de sus
planteamientos y los de las de las autoridades eclesiásticas y civiles
merideñas, la interferencia del Gobernador de Maracaibo y, sobre todo, el
dictamen del Claustro Pleno de la Universidad de Caracas fueron determinantes para
la decisión final del asunto de la creación de una Universidad para Mérida, por
parte del Rey Carlos IV en 1806. Era el corolario de un proceso que ponía fin a
esta primera etapa de la historia de la Universidad de Los Andes, en lo que a proposición
inicial se refiere. Como veremos más adelante, la decisión del monarca español
fue muy clara; sin embargo, la misma ha sido utilizada parcialmente y tergiversándose
su contenido, interpretaciones apegadas a intereses claramente vinculados a la
idea de una continuidad directa del Colegio Seminario con respecto de la Universidad. Demostrar
la inconsistencia histórica de esas y otras interpretaciones ha sido parte de
nuestro trabajo de reconstrucción de la historia universitaria merideña.
Por Real Cédula del 18 de junio de
1806, Carlos IV decidió conferir al Seminario de San Buenaventura de Mérida la
prerrogativa de conferir Grados Mayores y Menores en Filosofía, Teología y
Cánones, afiliando esos estudios para los demás grados a la Real Pontificia
Universidad de Santa Fe, como ya lo estaban a la de Caracas. Después de hacer
señalamientos sobre el Colegio Seminario creado por Fray Juan Ramos de Lora en
1785, el monarca hizo referencia a la solicitud hecha por el Deán Francisco Javier
de Irastorza para la conversión del Seminario en Universidad, así como de la
propuesta del Gobernador Fernando Miyares para que se estableciera en Maracaibo
y no en Mérida y de las demás diligencias hechas por otras instituciones y funcionarios
al respecto. Visto el expediente formado al efecto en el Consejo de Indias y la
opinión de su Fiscal, Carlos IV determinó que no accedía “...al
establecimiento una Universidad en esa ciudad como solicitan en representación
de treinta uno de Mayo de 1803, ni en Maracaibo, como propuso el Gobernador
Intendente...”, por lo que resolvía que “...se fomente ese Seminario e
inviertan sus rentas en el aumento de Becas; se provean, y doten las Cátedras
con Profesores hábiles e idóneos para la enseñanza de sus ciencias, y se pongan
bajo el plan y gobierno conveniente para llenar los fines del Concilio y surtir
el Obispado de Curas, y Ministros Eclesiásticos instruidos, y virtuosos de que
carece...”. A ello agregaba el Rey que para que los colegiales y cursantes
del Seminario no tuvieran que pasar a recibir los grados en las Universidades
de Santa Fe, y Caracas se confirieran “...los grados mayores y menores en
Filosofía, Teología, y Cánones, y no en Derecho Civil, teniendo su valor como
si fueran recibidos en las referidas universidades...” La disposición real
era muy clara, el Seminario no sería Universidad, con un elemento no tomado en
cuenta hasta ahora: el conferimiento de grados mayores y menores se hacía en
los cursos particularmente referidos a lo eclesiástico y no a lo temporal
expresado en el Derecho Civil. El desconocimiento de las normativas sobre el
funcionamiento de las Universidades y los Seminarios, entre otros asuntos, ha
determinado la idea de que la decisión del monarca fue la creación de una Universidad,
que en efecto no ocurrió. Nada hubiera costado al Rey decidir sobre el
establecimiento de una institución universitaria en Mérida, pero los argumentos
expuestos por los solicitantes y la situación misma del Seminario fueron
insuficientes para que así lo determinara.
Antes de concluir esta primera etapa referida a
la propuesta de creación de una Universidad en Mérida, cabe señalar dos hechos
que en buena medida crearon confusión en su momento y serían utilizados con
posterioridad para afirmar que tal creación tuvo lugar, pero que son
ilustrativos de la tergiversación de la realidad histórica. Nos referimos en
primer lugar a la Carta
Pastoral del Obispo Santiago Hernández Milanés del 23 de mayo,
en la cual da noticia de haber recibido copia de la Real Cédula del 18 de
junio de 1806, en razón de que su original nunca llegó a Mérida. El Obispo
inicia su pastoral señalando que “...el Soberano siempre amoroso, siempre
atento al bien de sus Vasallos, ha concedido generosamente a nuestro Seminario
la gracia singular de poder grados mayores y menores [es decir, Bachiller,
Licenciado y Doctor] que tendrán el mismo valor que los que se confieren en las
Universidades de Santafé y Caracas.” Adviértase que la alta autoridad
eclesiástica dice Seminario y no Universidad. Después de ponderar ese hecho, en
cuanto a la importancia que tenía, solicitaba a los curas de su diócesis la
contribución “...dejando al fin de sus días sus pocos o muchos libros a la Biblioteca del
Seminario...pues sus herederos por lo común, o dejan perder los libros, o los
venden de modo que casi nada les valen...”, exhortándolos a colaborar en otros
aspectos para que el Seminario, con esa gracia real, esté al servicio de la Iglesia, y “...para que se
ponga esta Academia Real y Pública con toda la decencia, que corresponde...”
Este último aspecto se ha confundido con la idea de una Universidad, cuando en
realidad el Obispo se refería al carácter real y público que tenía el Colegio
seminario como parte integrante de la monarquía española.
El otro hecho está relacionado con la
comunicación que hace Santiago Hernández Milanés al Ayuntamiento de Mérida, el
8 de abril de 1808, acerca del recibimiento de la referida Real Cédula. Esta
corporación acordó realizar una celebración para expresar el gozo que producía
en la ciudad semejante decisión del Rey Carlos IV. Nuevamente la tergiversación
se hizo presente. En efecto, el 30 de abril de ese año, el Teniente Justicia
Mayor Antonio Ignacio Rodríguez Picón, importante personaje de la
administración colonial, la sociedad y la economía merideña, decretó la
festividad que debía hacerse “...con motivo de la Real concesión y
establecimiento de la
Universidad que se ha hecho en esta ciudad y le fue
participado por el Ilustrísimo Señor Doctor Don Santiago Hernández Milanés...”,
en tanto este dijo y mandó que “...antes todas cosas se publique por bando en
el día de mañana después de misa mayor para que se haga notorio al público en
forma solemne y que todos reconozcan el beneficio que se ha dignado conceder
nuestro católico Monarca...”, y que “...en la noche del referido día se ilumine
la ciudad desde la oración hasta las diez lo menos, esforzándose cada vecino lo
más que pueda en este particular, bajo la pena de que a los omisos se les
castigará según se tenga por conveniente...” Bien claro estaba Ignacio
Rodríguez Picón de la decisión del Rey Borbón y sin embargo decretaba una
celebración de algo incongruente con la realidad, pues sería dos años más tarde
el primer firmante del Acta de creación de la Real Universidad
de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros del 21 de septiembre de 1810.
El texto de esta Real Cédula era muy claro. El Rey decidía con
precisión sobre la ampliación y reconocimiento de ciertos estudios en el
Colegio Seminario, vinculados a su naturaleza eclesiástica, mas no al
establecimiento de una Universidad. Sin embargo, por conveniencia particular,
hecho explicable desde varios puntos de vista, tanto las autoridades
eclesiásticas como las civiles de la ciudad de Mérida mal interpretaron aquel
dictamen real y procedieron a proclamar y a celebrar que Carlos IV había
accedido a la idea de convertir el Seminario en Universidad. La élite de la
ciudad supo acomodar lo dispuesto a sus intereses y aspiraciones. De no ser
así, y ello es lo que históricamente se ha divulgado con falsedad intencionada,
no se podría explicar el hecho de que, al iniciarse el proceso emancipador en
Mérida, la Junta
integrada para defender los derechos de Fernando VII decidiera retomar el
asunto y decretar definitivamente la transformación del Seminario en
Universidad. El primer instituto de carácter eclesiástico, modelo de la
educación colonial. La segunda institución de carácter laico que surgía,
precisamente, en el momento en que se iniciaba el proceso emancipador venezolano
y el merideño en particular, tanto de Maracaibo como de España. A partir de
entonces esos dos centros educacionales funcionaron paralelamente, uno no
sustituyó al otro, ni tampoco hubo una continuidad del Seminario en forma de
Universidad. Autoridades, catedráticos y alumnos se confundieron en los mismos
claustros de clase, en un mismo espacio y una misma biblioteca hasta 1872,
cuando el presidente Antonio Guzmán Blando decretara la eliminación de los
Colegios Seminarios existentes en Mérida y Caracas. La historia que sigue es
otra, sin que la Iglesia
perdiera las esperanzas de seguir interviniendo y participando en asuntos de la Universidad, desde
entonces hasta nuestros días.
Para los que quieran ampliar conocimiento sobre
este hecho histórico remitimos a Alí Enrique López Bohórquez: “El Deán
Francisco Javier de Irastorza: Verdadero promotor del establecimiento de una
universidad en Mérida (1800-1806)”, Bolivarium.
Anuario de Estudios Bolivarianos, 17 (Caracas, 2010), pp. 107-141. Los
documentos referidos a la propuesta del Deán Irastorza en Eloi Chalbaud
Cardona: Historia de la Universidad de Los
Andes. Mérida, Ediciones del Rectorado, 1966, Tomo I, pp. 312-326.