Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 08:32 pm
Salgo a mediodía y luego de pasar por el centro de votación decido
comerme un mondongo con mi mujer. El restaurante es modesto pero la
sazón bastante buena. Por suerte encontramos mesa. La satisfacción de
sentir que cuando uno vota está eligiendo y que lo que uno decide será
respetado es de un valor que no tiene precio. Para bajar la comida,
salgo a caminar por las calles y callejones de una zona en donde mis
compatriotas han hecho vida y se han asimilado a una dinámica social que
les es propia. “Ese edificio nuevo es de venezolanos”, me dice una
simpática maracucha, al explicarme que compraron la totalidad de los
departamentos. Los fenómenos migratorios son increíbles. Un país que no
tenía gente foránea de repente se llena de extranjeros y cambia la
cosmovisión de su sociedad… para siempre. Los lugares más herméticos, se
han vuelto porosos con la gran ola migratoria de este siglo. Es una
dinámica viva que no se detiene. Mientras pienso en estos asuntos, leo
las diferentes ofertas de “platos navideños venezolanos” que se ofrecen
en los distintos restaurantes.
El techo
Es difícil
aceptar la idea de que existe un techo aspiracional del cual no se puede
pasar como sociedad. Lejos de ser una postura pesimista, creo que un
poco de realidad es necesaria para evitar que terminemos por volar, dado
que, en muchas ocasiones, se puede volar en pedazos. Eso es lo que
ocurre en conglomerados como el que vengo, en donde se trató de cambiar
un modelo de sociedad y se terminó por pulverizar lo que estaba de pie.
La necesidad de soñar es propia del ser humano. Lo que cuesta aceptar es
que se puede soñar con libertad y actuar con responsabilidad. Asunto
serio, la cosa.
Extremos contrapuestos
La
idea de construir a partir del extremismo no suele terminar bien. Salvo
contadas excepciones, las sociedades se construyen porque las personas
se ponen de acuerdo y son capaces de ceder en sus posiciones más
radicales. De ahí que todo acuerdo tiende a minimizar los radicalismos y
hacer que las personas aterricen al punto medio de la realidad,
principio aristotélico que se asomó hace mucho tiempo y sigue vivo y
campante como el deseo por el pan recién hecho. Los acuerdos se
desarrollan en el contexto de lo institucional y sin instituciones,
reina la anarquía y el caos porque es bien sabido que la naturaleza
humana propende a lo impensable si no se generan maneras de regular los
apetitos de las personas. La mejor de las apuestas que puede hacer un
conglomerado es la de fortalecer sus instituciones porque sin las mismas
no hay futuro alentador. Lo institucional es la estructura en la cual
una sociedad se sostiene y sin instituciones sólidas no construimos
sociedades sino entelequias en el aire. ¡Cómo nos gustan las ficciones!
Vota por A vota por B
Frente
a una opción radical, salvo excepciones, hay cierto olfato colectivo
que induce a los pueblos a creer que una opción es mejor que otra. La
sabiduría popular tiene un sentido común que en las sociedades sensatas
aflora y en los momentos de máxima incertidumbre, hacen que de manera
forzada o por invitación, se pise tierra. De alucinados y mesías estamos
hastiados. En lo personal, no puedo deshacerme de cierto nihilismo que
arropa mi pensamiento y que me induce a tener cable a tierra de manera
permanente. Soy de los que sueña despierto, pero con la calculadora en
la mano. Las ideas y la realidad no tienden a acoplarse. Esa premisa, la
de sostener que la realidad y las ideas tienden a estar disociadas, no
solo ha propendido a guiar mi vida, sino que lejos de cultivar la
alocada idea de querer cambiar al mundo, me invita de manera amable a
intentar comprenderlo. La fascinación que genera tratar de entender la
realidad es un desafío, pero también un fin en sí mismo, por lo tanto,
un logro.
El enemigo es “el otro”
Estamos cundidos
de recetas grandilocuentes en donde nuestros problemas son generados por
“el otro” y no como consecuencia de lo que hacemos. “El otro”, llámese
de esa manera por su origen cultural, étnico, religioso o por otras
características, tiende a ser el chivo expiatorio al cual le endosamos
nuestras miserias. Es una manera fácil y ramplona de asumir un asunto
que no queremos aceptar y forma parte de lo más básico del pensamiento
dicotómico humano. El “ustedes y nosotros” es de un primitivismo atroz
que afortunadamente tiende a coger mínimo en la medida que el tiempo va
colocando a las cosas en su lugar. El siglo XXI es un tiempo que promete
el retorno a primitivismos que considerábamos ya superados a la par de
las invenciones más ambiciosas que podamos imaginar. Esa es la chaqueta
de fuerza que nos condiciona. La fascinación por comprender nuestro
propio tiempo no sólo es un desafío, también es fuente de gratificación.
Filósofo, psiquiatra y escritor venezolano.
alirioperezlopresti@gmail.com
@perezlopresti