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FERIA DE SAN FERMÍN 2023 | PRIMERA CORRIDA

Dos toros notables de La Palmosilla en la apertura de la Feria del Toro

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Manuel Escribano, el más destacado a pesar de una corrida no del toda agradecida al esfuerzo de la terna. Foto: Federico Montes


Corrida desigual que venía de favorita tras su éxito de 2022. Leo Valadez firma los mejores momentos y la mejor faena. Discreto Rafaelillo. Escribano, mal con la espada, descentrado.

BARQUERITO 

Especial para VUELTA AL RUEDO

DOS HORAS Y PICO antes de la corrida cayó en Pamplona una tromba de agua que amenazó suspensión. A las cinco de la tarde dejó de llover, pero estaba muy nublado. El ruedo se había cubierto con una lona impermeable después del apartado. Se había retirado de noche parte de la arena adicional que demandan las corridas de rejones, como la de la víspera. A la hora del encierro estaba impecable el piso a pesar del diluvio que obligó a suspender los rejones después del arrastre del quinto toro. Un selecto grupo de operarios, apenas docena y media, entre ellos la brigada de areneros de Pamplona al completo, recogió la lona con una destreza fuera de lo común y la ayuda de una sencilla máquina rebobinadora. Luego, se barrió a conciencia el ruedo. Ni un charco. Como una alfombra. Como si no hubiera caído ni una gota de agua.

Veinte minutos antes del paseo la cosa estaba en perfecto estado de revista. Se suspendió por fuerza mayor el desfile de las mulillas y La Pamplonesa desde la plaza del Castillo a la de toros. Las peñas renunciaron a desfilar tras las pancartas y entraron en los toros sin cubos de meriendas. Lo nunca visto. No serían más de dos mil los peñistas que guarecidos en las andanadas cubiertas de sol habían ocupado su puesto en cuanto se abrieron las puertas a las cinco y media, una hora antes del paseíllo. Entonces dio una banda de metal y viento un auténtico concierto, que fue un regalo para la minoría recién llegada. Las maniobras de la brigada de areneros se celebraron debidamente.

Y, al fin, a las seis y media en punto, apareció la alcaldesa en el palco presidencial y tuvo lugar el plebiscito anual y, con él, la más ruidosa división de opiniones de toda la temporada. Al cabo, comenzó la primera de las ocho corridas de la Feria del Toro. A plaza llena. Dos toros tardó en salir el sol. Las peñas no pararon. Ensordecedoras, pruebas de sonido de su repertorio 2023, relativamente ajenas. La plaza volvió a ser lo que siempre ha sido: un lugar de encuentros y reencuentros. Un espacio urbano de personalidad incomparable.

La corrida de la Palmosilla, célere carrera matinal de apenas dos minutos y medio, venía con vitola de favorita en las apuestas. Tres cinqueños y tres cuatreños separados en lotes distintos. Fueron mucho mejores los cuatreños: un primero de anchísima corona -casi un metro de cuerda de pitón a pitón- de infinita nobleza pero mermado de fuerza y potencia; un quinto alto de agujas que fue toro pronto de muchos pies y mucha gasolina; y un sexto de gran viveza inicial y templadas embestidas por las dos manos. Dos de los tres cinqueños fueron problemáticos: un segundo incierto y protestón que pareció acusar una lesión sobrevenida de la mano izquierda, y un tercero que se escupió del caballo y, ágil de cuello, fue de aire muy agresivo y se revolvió en un palmo. El cuarto de sorteo, el de mayor alzada, fue lo que se entiende por un toro manejable o sin mayor secreto.

Tanto Rafaelillo como Manuel Escribano abusaron del toreo del repertorio popular. Rafaelillo, del toreo de rodillas. Escribano, de los muletazos mirando al tendido. Es un síndrome muy común en Pamplona: torear pensando en los sanfermines del año siguiente. Escribano se fue a porta gayola en las dos bazas, libró con largas cambiadas el viaje de salida, se soltó el segundo toro y quiso hacerlo el quinto, sujetado en buenos lances. A los dos los banderilleó con apuros y desigual acierto. Con los dos, lo mismo con el conflictivo que con el propicio, se empeñó en faenas amontonadas donde los registros buenos acabaron contando lo justo. Tuvo una tarde muy desafortunada con la espada y el descabello. Rafaelillo, muy fácil con el capote, se atropelló en el manejo del noble primero, que pedía pausa y tiento, y se peleó con el cuarto mientras reclamaba sin éxito la atención y el afecto de las peñas de sol. Al primero lo tumbó de una excelente estocada.

Sereno y asentado, muy seguro, el mexicano Leo Valadez fue el mejor librado. Vistoso y variado con el capote -un quite por navarras en el segundo, otro por los lances del Zapopán en el tercero, uno más por suerte legada del repertorio de Pepe Ortiz, el maestro creador de tantos lances de capa en los años veinte-, muy suelto, lo hizo todo fácil. Con el notable sexto se templó de verdad y toreó con son y cabeza. Fue la faena más jaleada y seguida de la tarde, pero, por fallos con el descabello, se quedó sin premio. Fue inteligente su manejo del difícil tercero, que lo buscó celoso más de una vez, y muy de celebrar su decisión de abreviar. La brevedad, cortesía del torero.

FICHA DEL FESTEJO

 

Rafael Rubio, Rafaelillo, silencio en los dos.

Manuel Escribano, silencio tras aviso en los dos.

Leo Valadez, silencio y silencio tras aviso.

 

Pamplona. 3ª de feria. Nublado de partida, soleado y templado luego. Lleno. 19.500 almas. Dos horas y diez minutos de función.

 

POSTDATA PARA LOS ÍNTIMOS.- De todas las historias leídas estos días en los dos periódicos de Pamplona hay una de terror. El crimen de Ermitagaña. Ermitagaña es un barrio me parece que moderno pegado a otro, el de San Juan, que es de los de toda la vida. En Ermitagaña abrieron hace un año un bar -un traspaso- dos socios que eran pareja entonces pero habían dejado de serlo en primavera. Ciudadanos chinos. Ella, madre de cuatro hijos con los que vivía en la Rochapea, el primero de los barrios periféricos obreros de la primera Pamplona industrial de los años 50. Él, sin parientes conocidos, convivía con la pareja y su prole.

 

El negocio estaba yendo de mal en peor. Riñeron. La mujer tomó la decisión de separarse

de su pareja. Lo echó de casa, pero no del negocio, porque eran dueños los dos. El hombre acudía a diario al bar-Y ella, también. A una vecina le contó que llevaba días muy nerviosa porque todo lo que hacía su ex pareja e n el bar era afilar cuchillos, y afilarlos de manera que empezó a sentir miedo, a sentirse víctima. El domingo pasado su pareja la degolló en el bar.

 

No recuerdo los nombres de la víctima ni del verdugo...





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