Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 11:05 pm
ALBERTO GARCÍA REYES
Diario ABC de Sevilla
El eco de Rafael de Paula desde
el callejón tenía un ansia de transposición, como de querer meterse en el
cuerpo de Morante y vendarse otra vez las muñecas. El gitano barruntó el lío en
cuanto vio la primera verónica pura de Juan Ortega: «Qué pedazo de torero, tiene
clasicismo y pureza, esto le va a venir bien a José Antonio». El de La
Puebla salió al quite en la boca de riego. «Ese es el único sitio donde se puede torear
bien», volvió a susurrar. Y es posible que todavía esté el capote
terminando el vuelo de esa media verónica. «Verás como el segundo le salga bueno».
Salió Ligerito y Rafael de Paula
dio un brinco. «Ay, Dios mío, qué toro más bonito». Y a partir de ahí dio un
recital de consejos desde el burladero: ¡Vete detrás de él!, ¡hasta donde te dé
el brazo!, ¡sácalo afuera!, ¡dale el pecho! Aquello era una seguiriya que
Morante parecía escuchar desde su soledad con el toro. Porque cada vez que
Rafael decía algo, el maestro lo cumplía. No porque lo escuchara, eso era
imposible a esas distancias, sino porque estaban coincidiendo en el concepto. Y
cuando Paula se dio cuenta de que el toro estaba en el canasto, después de
haberle dicho dos o tres veces que lo sacara de las tablas y se lo llevara a
los medios, comenzó el repertorio de piropos. Y de confesiones por lo bajini: «Así
se torea, así me gustaba torear a mí», se desahogó emocionado.
El aluvión de lances de capa fue
letal para Rafael, que con las gaoneras empezó a vaticinar la gloria: «Este
joío lo va a conseguir». El toro iba, «tiene mirada de buena persona el
animal», y otra vez iba. Morante se lo pasaba por la ribera de la
muerte, entre la ingle y el cielo, y Rafael le pedía más distancia para que
Ligerito mostrara su viaje: «Piérdele dos pasos, que la gente lo vea
venir y el muletazo sea infinito». Y ocurrió otra vez. Paula ya estaba
loco y se puso a decir versos: «¡Oleeeeeeeee, échale de comer, échale de
comer!». El toro arrimaba el hocico a la tela como quien busca yerba en
la mano de su dueño. «¡Échale de comer!», le repetía a
garganta pelada.
Luego, tras el estoque, le pidió
una cosa más: «Dale otro, que todavía le cabe». Dos se tragó el animal
exactamente antes de caer. A partir de ahí Rafael dejó de mirar al ruedo. Puso
los ojos en el presidente y siguió bisbiseando: «Se lo tiene que dar».
Con el tercer pañuelo se relajó: «Lo ha conseguido, gracias a Dios, lo ha
conseguido. Lleva mucho tiempo diciéndome que su sueño es cortar un rabo en
Sevilla y lo ha conseguido el joío por culo». Las pupilas se le iban a
romper.
Morante no le perdía la vista
durante la vuelta al ruedo. Y cuando llegó a su altura le lanzó el rabo: «Esto
es para usted, maestro Rafael». Paula le contestó sereno: «Lo
conseguiste, hijo mío».
Morante de la Puebla es el hijo
de la última edad de oro de la tauromaquia. En un balconcillo estaba también
Curro, que se puso en pie para el brindis de Juan Ortega y se destapó ante los
tendidos.
Este jueves, después de la
resaca, Romero ha llamado al de La Puebla: «Lo que has hecho no sólo es muy importante
para ti, José Antonio, sino para el toreo».
Morante se ha echado a llorar y
el Faraón ha seguido con el elogio: «Es la mejor faena que te he visto nunca,
con el capote has hecho verdaderas bellezas, me he emocionado mucho».
En la vuelta al ruedo a hombros
antes de salir por la Puerta del Príncipe, los capitalistas, que fueron
cientos, lo pararon ante Curro como quien para un Cristo delante de otro
Cristo. Morante aprovechó la conversación para devolverle el homenaje: «Maestro,
me inspiré con el capote en una faena suya en la Maestranza que tengo grabada
en la memoria».
Las leyendas se reconocen entre
ellas. Romero suele decir que los buenos no dejan pasar, sólo dejan pasar los
genios. A la vera de Rafael de Paula en el callejón estaba Carlos Urquijo,
deudo de aquel hierro que Curro encumbró en su encerrona del día de la
Ascensión de 1966. El ganadero le dio su puro al genio de Jerez en mitad de la
locura y mientras en la plaza se apaciguaba el manicomio —el que vende las
almendras le tiró a Morante dos cartuchos—, le dijo a Rafael: «Aquí
está usted, allí está Romero y en la plaza está Morante. Yo creo que ya no
vengo más».
El rabo se lo llevó en una bolsa
el mozo de espadas para disecarlo y dárselo enmarcado a Rafael. Pero los lances
son inasibles, siguen aún volando por el ruedo como mariposas que la memoria
irá sublimando. Y Paula sigue soñando detrás de ellas. La Maestranza se vaciaba
y él seguía allí sentado, calado con sombrero de ala ancha, reflexionando en la
niebla del cohíba: «Lo que hemos visto hoy aquí, amigo mío, es una cosa de los duendes».
Esos momentitos no se pueden explicar», le contaba Curro a Morante
horas después.
Dos maneras distintas de decir lo
mismo. «El toro merecía la vida», seguía Rafael repasando los pasajes
de la faena. Las tafalleras, las chicuelinas, los farolillos, la larga de
Lagartijo para llevarse el toro al caballo, el galleo, los inmensos
naturales... Carlos Urquijo le enseñó una foto de Joselito el Gallo con un
traje igual que el que llevaba Morante. «La faena ha sido un homenaje a todos los
toreros grandes de la historia», le contestó Rafael.
Cuando las calles estaban
cortadas para que la marabunta llevase al torero hasta el hotel, Paula y Curro
se encontraron. Se dieron un abrazo. Y suspiraron. La fiesta sigue. El Faraón
se lo dijo a Morante antes de colgar: «Te doy las gracias por lo que has hecho».
Gracias infinitas. La chaqueta del que cuenta todo esto está en el armario con
un trazo impresionista de sangre del rabo. Manchada de eternidad.