Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 09:54 pm
Twitter: @perezlopresti
Como muchos andinos venezolanos, conocí el mar a una
edad relativamente avanzada. La impresión de ver la infinitud de las aguas,
difícilmente pueda ser llevada a las palabras adecuadas. Sin embargo, mientras
el mar me deslumbraba, no menos impresión me causó la multitud de barcos que
pude ver a las anchas del Caribe. Recuerdo que cargaba una ya legendaria cámara
Pentax y no cesaba de fotografiar las naves. Desde entonces me he interesado en
el estudio de las embarcaciones marinas, su funcionamiento, su correcta manera
de desplazarse (navegar), pero particularmente por comprender las funciones que
realiza y ha realizado en el curso de la civilización cada uno de sus
tripulantes. Desde los textos sobre esclavismo y el rol de los barcos del
escritor cubano Lino Novás Calvo, hasta las historias de piratería, han formado
mi impresión de lo constituye el mundo de los marineros, derivando en una
admiración que me ha hecho conocer multiplicidad de barcas, textos y hasta
museos relacionados con la navegación.
Así como tantos andinos, no soy hombre de mar. Es simple curiosidad de quien se siente distante y atraído por una forma de percibir e interpretar la vida que se encuentra un tanto disociada de quien vive rodeado de montañas, que es mi caso.
El asunto es que una embarcación no sólo es un medio de comunicación; es también uno de los símbolos representativos del poder del hombre, de sus ambiciones de desafiar a la naturaleza, de conquistar espacios desconocidos, de aspirar a la gran aventura. Se trata de la incomparable hazaña de adentrarse en el corazón de las distancias marinas. Es una representación de lo temerario en lo humano y de cómo vence la dimensión relativa a los recelos que inundan su mundo interior. Igual que otros andinos venezolanos, tengo formación religiosa. Por el rumbo que nos estamos trazando, la marca de Caín seguirá condicionando nuestras vidas y nuestros destinos, a menos que en una acción elemental de humanidad, supervivencia y claridad, entendamos que no podemos generar sufrimiento entre quienes nos encontramos en el mismo barco. No se debe actuar con torpeza y agrandar nuevamente el sello que nos define como seres llenos de profundas miserias emocionales. No está bien vivir bajo la zozobra generada cuando un grupo intenta imponerse sobre otro sin medir las potenciales consecuencias trágicas que conduce este acto. Es momento para que se detenga una estéril lucha entre hermanos. De lo contrario el resultado es más que evidente. Volverá a derramarse la sangre de Abel y cuando el barco se hunda, no habrá sobrevivientes que puedan conducirnos por un mismo sendero.